Opinión

Déjà vu migratorio

Como vimos en la elección de Trump, el fenómeno se resalta en su negatividad, en lugar de construir un pilar programático en torno a sus beneficios.

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Académico de la Escuela de Gobierno UAI

La escena se siente como un déjà vu: un candidato presidencial de derecha las emprende contra la inmigración. En el plano siguiente, el mundo progresista y liberal se le echa encima acusando racismo y xenofobia. No es entera casualidad: consultado por Donald Trump y el uso electoral del asunto, el propio Manuel José Ossandón bromeó con sinceridad que a su símil estadounidense “no le había ido nada de mal” con la estrategia.

Al menos dentro de su sector, obligó a Sebastián Piñera a marcar una posición –de hecho, lo hizo en la misma línea “restrictiva”–. Y luego todos los presidenciables tomaron cartas en el asunto. En ese sentido, la cancha la marcó el senador por Santiago Oriente. Pero la película completa sugiere que Chile Vamos entró con el pie equivocado a la conversación.

Como en todas las discusiones públicas complejas, el diablo está en los detalles. Sin embargo, la retórica gruesa revela el tono del actor. El punto que quiso marcar Ossandón y luego comprometió a su coalición –con la honrosa excepción del Evópoli Felipe Kast y los muchachos de IdeaPaís– es claro: Chile estaría teniendo un problema por la entrada desordenada de extranjeros. Es decir, el fenómeno se resalta en su negatividad, en lugar de construir un pilar programático en torno a los beneficios culturales y económicos de la migración. Lo que se subraya es su dimensión disruptiva. La exquisita asociación con la delincuencia, por demás, conecta con la dinámica postfactual: se presentan los datos de tal manera que las verdades se hacen relativas. El viejo truco de hacer pasar anécdotas por evidencias. Los números, en todo caso, seguro usted ya los conoce: tenemos menos migrantes en promedio global y su aporte neto a la economía es positivo.

Si los datos son tan inequívocos, ¿son entonces Ossandón, Piñera y compañía unos viles xenófobos racistas –como fueron acusados en redes sociales y como fue sugerido por el subsecretario Aleuy? No necesariamente. Aplicando el viejo pero desusado principio de buscar la mejor versión del argumento, lo que hace la derecha es tratar de conectar con la sensación de intranquilidad de aquellos que sí perciben un problema y no le interesan los porcentajes. Esto es importante por dos razones. En primer lugar, porque –volvemos a las lecciones del caso Trump–no es buena idea tratar a los adversarios ideológicos en términos tales que hagan imposible la conversación como evidente nuestro desdén. En segundo lugar, porque en condiciones democráticas esas voces deben ser escuchadas.

Aquí vale quizás una distinción: la migración en Santiago no reviste las mismas características que en Arica o Antofagasta. En estas últimas, se articula una queja por el colapso de los servicios públicos. Es decir, se denuncia un impacto material sobre la calidad de vida –que fue lo que apareció promoviendo el candidato Guillier en unas cuñas perdidas–. Sobre el caso, en mi conocimiento, no hay cifras fidedignas. Cuestión distinta pareciera ser el alegato contra la influencia cultural, contra la vaga noción de un cambio en las costumbres. Este último argumento tiene visos perceptiblemente racistas y xenófobos. No creo que haya que gastar líneas explicando lo obvio. Pero es difícil ignorar el primero.

Hay incluso un tercer sentimiento. El fundamento de la idea de expulsar extranjeros que se encuentren en ciertas situaciones judiciales –las mismas por las cuales chilenos comunes y corrientes no tendrían por qué abandonar el país– reside en esa intuición tan nacionalista como comunitaria de que tenemos el deber moral de bancarnos a los propios que se portan mal, pero no a los ajenos. En una de sus versiones rústicas, sustenta la tesis de que necesitamos “buena inmigración”. En versiones más sofisticadas, la de que sencillamente existen responsabilidades intraestatales que reconocen un vínculo especial entre los habitantes de un territorio. Un respetable pilar de la tradición conservadora moderna. A ese principio se le oponen ciertos grados de cosmopolitismo. Muchos consideramos profundamente problemática la premisa de que personas que tuvieron la buena o mala fortuna de nacer en otro peñasco del planeta merezcan un tratamiento distinto, pues eso implica expresar –en casos significativos como la migración– un estatus moral distinto. Un Estado liberal –me parece– tiene entre sus principales funciones que aquello no ocurra. Si esta consideración kantiana coincide además con las estimaciones utilitarias de la productividad de la inmigración, mejor aún –dato que no ha sido indiferente para los empresarios que se han manifestado al respecto.

Como sea, es importante distinguir los discursos xenofóbicos de aquéllos que representan preocupaciones razonables en la aplicación de políticas públicas. La idea de tener una nueva regulación migratoria por obsolescencia de la anterior, en sí misma, no debiese ser rechazada a priori. Pero en política las agendas caminan al ritmo de los acentos. El acento que la derecha política le quiso dar al tema se conectó con ciertos elementos indeseables del repertorio ideológico que admite el pluralismo. Por eso la comparación con el proceso Trump es plausible. Por eso se siente como un déjà vu.

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