Opinión

Piñera en el umbral del estadismo

El lenguaje de gestión y crecimiento es completamente insuficiente para conducir al país. Falta articular un pensamiento político.

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Instituto de Humanidades, UDP

Sebastián Piñera ganará las próximas elecciones, salvo que algo extraño ocurra.
Su sector triunfó sorpresivamente en las municipales. El gobierno se ha paralizado. Lagos no logra desplegarse. Guillier es mediático, mas carece del aplomo de los viejos concertacionistas y lo ronda el caso Calvo. La opinión pública parece hastiada de la movilización social. La situación económica del país es débil.

El año 2014 adelanté este último escenario (con Bachelet en el gobierno no era improbable): si la economía decaía, entonces Sebastián Piñera aumentaría sus posibilidades de regresar al poder. Escribí que ese podría ser, sin embargo, un mal escenario para el país, la centroderecha y el propio Sebastián Piñera.

¿Por qué?

El ex presidente se ha animado a dar pistas sobre el camino que propondrá como candidato: crecimiento, alcanzar el desarrollo, revisar las reformas de Bachelet, mejorar la gestión, preocuparse de la clase media.

Es justamente aquí que está el problema: si Sebastián Piñera no está pensando en algo más, entonces estamos ante un embrollo de envergadura.

De su gobierno se pudo extraer una enseñanza fundamental: el lenguaje de desarrollo, gestión y clase media es completamente insuficiente para conducir políticamente al país. Gestión y economía tienen indudable importancia. Pero son las herramientas. ¿Para qué sirven si no tenemos en mente una visión de lo que queremos hacer? Aristóteles ya se había dado cuenta de esto: la economía es un medio, e insensato quien toma al medio como fin.

Pensar que la visión que pueda llegar a compartir una nación se deje reducir a economía importa ignorar la frase del vate: “Una nación no es una tienda ... De la mera comunión de vientres no resulta una patria, resulta una piara”. La existencia espiritual, estética y afectiva, la vida cultural, comunitaria y política, son el fin. Es al servicio de ellas que ha de estar la pedestre economía, y no al revés. Es hacia ellas a donde debe apuntar preponderantemente el estadista.

Frente a la “falta de discurso”, en la centroderecha se han ensayado nuevas fórmulas. Ahora es la economía unida a invocaciones a un extraño “sentido” de justicia (como si existiera algo así y, cual sentimos calor o frío pudiésemos sentir justicia); o a la libertad, sin repararse en que esa palabra, si no se la precisa con densidad de pensamiento y referencia a autores, también es defendida, a veces con más autenticidad, por el anarquista. Creer que estos destilados de intelectual amateur bastan para tener “discurso” es no entender qué es el pensamiento político, precisamente lo que se pide al estadista.

Durante su gobierno, la centroderecha perdió el apoyo ciudadano, con muy buena gestión y crecimiento económico. Lo perdió –y perdió además el siguiente gobierno– porque fue incapaz de articular una visión nacional, de Estado. Fue fulminada en el terreno del pensamiento político.

Porque al frente hubo quienes supieron articular una crítica sofisticada al “modelo”. Ciertamente eran versiones simplificadas de los pensamientos de grandes autores, pero esos pensamientos estaban. No se trataba de simples invocaciones a otro “sentido” de justicia o a una vaga igualdad. Y fueron capaces de plantear reformas en consecuencia con su cosmovisión.

Convencieron a las grandes mayorías. Y están hoy ahí (cual los economistas de Chicago tras la crisis del 82): esperando que las circunstancias les sean propicias para volver. Les faltan, por cierto, mejores gestores. Sus argumentos, en cambio, siguen intactos.

Por eso el escenario de debilidad económica es malo, para la centroderecha, el país y Sebastián Piñera. Porque no faltará en el entorno del ex presidente quien piense que basta con insistir en la consigna de crecimiento y clase media; quien crea que los chilenos “se aburrieron” de la ideología y quieren ahora “realidad” (como si la ideología no fuera parte de la realidad y el capitalismo no ideología). Ya las encuestas les revelan que el ex presidente es visto como el experto capaz de hacernos recuperar el crecimiento. Cual en el himno de Alessandri el 70: “Porque él ya sabe dónde está la llave para apretar a la inflación”. Tal era la formulación épica de los filisteos de entonces; seguro que los de hoy no podrían componer algo mucho mejor.

Pero quién sabe. Quizás no sea todo tan banal. Tal vez en la tranquilidad que se va asentando con la madurez de la vida; ante la conciencia más honda que produce en quienes se han abrochado la piocha de O’Higgins la reflexión sobre el juicio de la historia, se pueda adquirir plena lucidez respecto a que sin pensamiento político no surge una auténtica visión nacional; que sin visión nacional no hay posibilidad de convencer con persistencia ni darle al pueblo caminos plenos de sentido. Y entonces emerja el estadismo que comprenda que, o se les da un peso similar a la gestión y al pensamiento político, o no habrá gestión que detenga a la izquierda cuando ella, sus intelectuales y artistas, sus movimientos y organizaciones vuelvan a levantar sus banderas. •••

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