Opinión

Escucho a alguien cantando pero no hay nadie

La clase política, que lleva años llorando porque no es querida, ha tomado decisión tras decisión para mantener y profundizar los privilegios. En ese escenario, no sorprende la alta abstención, aunque es preocupante al comparase con países desarrollados.

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Doctor en Ciencia Política, académico de la Universidad de Chile

En años normales, los resultados de las elecciones les ofrecen a todos un pequeño premio: algunos se quedan con el voto popular, otros con la mayor cantidad de municipalidades; un sector logra más concejales y otro gana en ciudades emblemáticas.
Pero éste no es un año normal.

La desafección, la baja popularidad del gobierno, los cambios al sistema electoral que limitaron la publicidad y el desastroso manejo del padrón de votantes en los últimos días de la campaña, tuvieron un impacto en los resultados, tal vez más de lo esperado. Tomando en cuenta estas características nuevas de la campaña recién terminada, es curioso que el análisis se haga con parámetros antiguos.

En una primera instancia, todos volvieron al tradicional discurso de “escuchar el mensaje de la ciudadanía”. Para los críticos internos de la Nueva Mayoría, los “concerta-nostálgicos”, escuchar significa, como dijo el presidente Lagos, rectificar el camino. En otras palabras, reconocer que el diagnóstico del fin del modelo fue erróneo, así como lo fueron las políticas implementadas.

Para los fanáticos de La Reforma, los “reformabelievers”, escuchar implica seguir adelante, profundizar los cambios. Más y más rápido. Ven en estos resultados, en la baja participación electoral y en el triunfo de Sharp en Valparaíso, el rechazo al orden “neoliberal”. Como señala la economista Claudia Sanhueza, “la ciudadanía [está]demandando un sistema de pensiones dignas en la vejez y que no esté mediado por las AFP. Así vendrán otras demandas en salud, ciudad, trabajo, entre otras”.

Sea cual sea la interpretación, lo cierto es que ese análisis se basa en las preferencias de una  minoría. La gran mayoría de Chile, a la que realmente habría que escuchar, es la que no habló. Hace recordar la canción de los años 50 que empieza con la línea: “escucho a alguien cantando pero no hay nadie”. ¿Cómo interpretar la abstención?

La participación electoral de 34%, con una abstención que supera el 70% en ciudades como Antofagasta, Santiago, Puerto Montt y Concepción, es históricamente baja, no solamente para Chile, sino en el contexto comparado. Una conclusión inmediata que ya se escucha entre algunos políticos arrepentidos, es que será necesario volver al voto obligatorio. Sin embargo, en los EE.UU. la participación, también baja para estándares de las democracias occidentales, se ha mantenido en el rango de 50%-60% desde comienzos del siglo XX. En Canadá y Europa supera el 70%, y normalmente bordea el 85%. En ninguno de estos países es obligatorio votar.

Otro factor identificado en la literatura sobre este tema es la educación. A más alto nivel de educación, mayor la participación. Sin embargo, se podría sostener que, con niveles históricos de personas con estudios universitarios, Chile nunca ha tenido una población más educada. Una población que envejece también debiera participar más. Tampoco se ha observado en Chile.

El tercer factor que impacta en la participación es la combinación entre los posibles beneficios percibidos de votar, el impacto que tenga el voto individual, el compromiso con la democracia o el deber cívico, y los costos de votar en cuanto a tiempo, dinero y energía. No hay que ser experto para darse cuenta de que en Chile el votante promedio no cree ni que su voto haga mucha diferencia, ni que se beneficie personalmente, ni siente un especial compromiso republicano. En realidad, no debiera sorprender que una sociedad como la nuestra, con bajo apego democrático (54% según el último estudio de Latinobarómetro), que carece de educación cívica y donde ya dos generaciones han sido formadas con un discurso –reconocido o no– de sesgo antipolítico, exhiba bajos niveles de participación.

Agreguemos a esto el contexto actual, y no solamente los problemas del padrón, SQM, o la falta de publicidad electoral. Un aspecto de fondo es que la clase política, que lleva años llorando porque no es querida, ha tomado decisión tras decisión para mantener y profundizar la crisis de confianza. Ha reaccionado a problemas de financiamiento político con un nuevo sistema que premia a los partidos existentes, los que se vieron beneficiados de las malas prácticas del pasado. Ha arreglado las distorsiones del sistema binominal con un nuevo sistema que asegura que se mantengan los espacios para los incumbentes. Ha respondido a las demandas por fortalecer la educación pública con un plan que aumentará la segregación universitaria y garantizará el subfinanciamento de las universidades públicas.

Si la abstención es una protesta, lo sorprendente no es que el 66% del padrón se quedara en la casa, sino que un 34% saliera a votar. Mientras los políticos siguen su caudal de lamentos, eso sí que llama la atención. •••

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