Opinión

Sexo ideológicamente neutral

La polémica sobre el manual elaborado por la municipalidad de Santiago permite revisar uno de los debates más interesantes en torno a la filosofía política liberal.

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La discusión de fondo sobre la controversia del manual sexual fue bellamente articulada por Carlos Peña y Joaquín García-Huidobro en una edición reciente del Reportajes mercurial. Aunque son los políticos los que entregan cuñas sabrosas y con ellas dan fisonomía retórica a la polémica, son los intelectuales –de lado y lado– los que articulan las respectivas posiciones con cierta densidad. Veamos. Según Peña, el instructivo escolar tenía una función descriptiva –y no valorativa– de una amplia gama de prácticas sexuales posibles. De esta manera, entregaba a los niños y jóvenes una orientación técnica, con fines de salud pública y dominio de la genitalidad. Según García-Huidobro, en cambio, esa aparente tecnicidad no tiene nada de neutra, sino que está cargada de fétida ideología hedonista. Incluso le llamó “sexo socialista”.

Es uno de los debates más interesantes en torno a la filosofía política liberal contemporánea. La promesa de neutralidad del Estado liberal se ve desafiada conceptual, normativa y empíricamente todos los días. Nos obliga a reflexionar sobre ella una y otra vez. Por ejemplo, cuando Peña dice que las quejas de Ossandón, Kast y compañía reflejan “una mala comprensión acerca de la manera en que las sociedades modernas y democráticas conciben las relaciones sociales”, está describiendo las cualidades del liberalismo político –similares a las del segundo Rawls, como le llamaría el propio Peña–. Tampoco nos dice que la decisión de la autoridad sea neutral, al menos no literalmente. Pero la ubica en el campo de los datos duros, no de la moralina. Es otra predilección rawlsiana: distinguir las verdades científicas (o del sentido común) de las doctrinas particulares sobre la vida buena. Las primeras serían razones públicas, las segundas no. En ese sentido, concluye Peña, el poder político –encarnado en una municipalidad y a través de la educación pública– actuó correctamente. Actuó, de hecho, como un Estado políticamente liberal.

García-Huidobro tampoco lo llama liberalismo, sino “estatismo individualista” –una acusación parecida a la que hizo Daniel Mansuy respecto de los argumentos de la izquierda a propósito del aborto–. En efecto, García-Huidobro tiene cierta cercanía ideológica con Mansuy y el resto de la nueva talentosa camada de la derecha socialcristiana. El punto –condensadísimo– de García-Huidobro es que sexo sin afectividad no es sexo. Es mecánica. Y enseñarlo de esa manera obedece a una determinada manera de concebir el mundo. Una manera de concebir el mundo que cuando quiere pasar por neutral, está metiendo una doctrina de contrabando. Estas cosas no deberían resolverse apelando a la esterilidad ética de la ciencia, advierte García-Huidobro: deben ser definidas democráticamente. Acá tenemos una comunidad importante de padres que están en desacuerdo con que sus hijos ingresen al mundo de la sexualidad bajo indeseable adoctrinamiento, y hay que respetarlos, sentencia.

Por cierto, coincido con Peña. Creo que Joaquín García-Huidobro presenta un caso robusto. Identifica al liberalismo, como alguna vez lo llamó Charles Taylor, con un “credo combatiente”. Como toda la tradición comunitaria, trata de desnudar su pretensión de neutralidad. Sabiendo que el concepto es tan jabonoso como problemático, Peña lo evita. Tampoco le gustaba a Rawls, de hecho. Sin embargo, hay dos maneras de salvar la intuición que subyace a la noción de neutralidad.

La imparcialidad liberal en educación se traduce en proveer a todos los ciudadanos del futuro con una idea de la diversidad de opciones “valóricas” posibles –sin empujarlos a una de ellas–. A eso se reduce, en ese sentido, su neutralidad. Es una neutralidad no adjudicatoria, negativa. Por supuesto, muchos consideran –como García-Huidobro– que la mera presentación de alternativas cualitativamente distintas como si fuesen equivalentes morales ya constituye una toma de posición oficial. Los alumnos de liceos aprenderán, se lamenta el columnista, “que el sexo anal y el oral están al mismo nivel que aquél que nos trajo al mundo”. Eso lo decidirás tú, replicaría el repertorio liberal. A eso se refiere Peña con la “plasticidad” de los usos del sexo. He ahí la preferencia (mínima) proautonomía que es constitutiva de casi todo tipo de liberalismo. He ahí también la huella del igualitarismo propio de cualquier liberalismo post-rawlsiano: los niños no les pertenecen a sus padres ni deben necesariamente someterse a su cosmovisión, sino que tienen derecho a cierta igualdad de oportunidades formativas. Nada menos liberal que el propietarismo paternal. He ahí entonces el “estatismo individualista”: un Estado que se preocupa de que todos vivan su sexualidad con conocimiento y de acuerdo a sus afectividades particulares.

La segunda razón parte por reconocer que la dimensión científica-descriptiva no está tan desconectada de la valorativa, muy a pesar de Hume. La ciencia tampoco es enteramente neutral: le confía su depósito de verdades a una cierta epistemología. Pero el liberalismo se la juega por dicha epistemología porque tiene la capacidad de ser pública, común. García-Huidobro observa en la pura factualidad cualidades normativas. Pero la carta del liberalismo es justificar esa factualidad –en este caso, de la estricta descripción corporeosexual– como mínimo común cognitivo. Es neutral, esta vez, en sentido positivo: adjudica de acuerdo a ciertos criterios racionales compartidos. •••

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