Opinión

¿A cuál club perteneceremos?

Si bien en el país aún no surge un discurso xenófobo –como el de Trump en EE.UU.– se deben tomar medidas desde ya para evitarlo. Canadá es un modelo a seguir.

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Doctor en Ciencia Política, Director Ejecutivo de Plural

Aparte de los pueblos originarios, todos somos inmigrantes en Chile. Esta tierra lleva cinco siglos atrayendo personas que buscan su destino. A pesar de esa larga historia, en el último tiempo los medios han destacado el aumento en el arribo de extranjeros que desean quedarse, enfatizando sus posibles efectos negativos. Ya en el año 2012, el Consejo Nacional de Televisión multó a un canal por la forma en que vinculó la inmigración colombiana con el narcotráfico.

En un reciente ranking internacional, Chile aparece entre los países más difíciles para instalarse, debido al trato que les damos a los recién llegados (estamos en el número 57 de 67 países en cuanto a la amabilidad). La pregunta, por lo tanto, es si caeremos en la trampa del nacionalismo populista basado en xenofobia, o si nos sumaremos al club de los países que sitúa la inmigración al centro de su desarrollo. En esta materia hay dos ejemplos.

Por un lado, Europa parece estar dejando de lado uno de los principales valores de la postguerra, cuestionando su capacidad de absorber refugiados. En el Reino Unido, Alemania, Francia y España, más de la mitad de los encuestados piensa que los niveles de inmigración debieran ser reducidos. A la vez, vemos cómo en Francia, Hungría, Finlandia, el Reino Unido, Austria, Alemania y Grecia, partidos políticos ultranacionalistas han tenido algún nivel de éxito.

Según un estudio hecho por Ronald Inglehart y Pippa Norris, los populismos –de derecha e izquierda– han aumentado su apoyo sustancialmente desde la década del 60. En el caso de la derecha, pasaron del 6,7% al 13,4% y en de la izquierda, del 2,4% al 12,7%.
Por el otro lado, está el modelo de Canadá, que en 2016 recibirá 35.000 refugiados sirios, aparte de los 250.000 inmigrantes legales que acoge todos los años. Un 20% de la población canadiense no nació en el país, y según Gallup, el 67% desea que los niveles de inmigración se mantengan iguales o aumenten. ¿Por qué la diferencia con Europa y EEUU?

Canadá entendió que su territorio inmenso requería ser poblado. A fines de los 60 instituyó un sistema de puntajes para aceptar inmigrantes, donde cada potencial candidato a radicase en el país recibía puntos por su nivel de educación, su edad, su conocimiento de una de las lenguas oficiales, etc. En 1971 se adoptó el multiculturalismo, el que se convirtió en ley en 1988. Dicha opción conlleva políticas públicas destinadas a la integración, que no son baratas: alrededor de mil millones de dólares al año.

Como contraste, Europa ha mantenido una relación ambivalente hacia sus inmigrantes, aceptándolos por razones morales, pero negándose a integrarlos de verdad. El ejemplo emblemático es el de los trabajadores turcos que llegaron a Alemania en los años 50 y 60, cuyos hijos y nietos hoy son ciudadanos germanos, pero a los que la sociedad sigue refiriéndose como extranjeros. No es casualidad que muchos de los atentados terroristas realizados en Europa hayan sido cometidos por los inmigrantes de segunda generación que, a pesar del paso del tiempo, no se sienten integrados, y buscan su identidad en el radicalismo.

En la medida que Chile siga siendo un país atractivo para inmigrantes, se hace indispensable adoptar políticas al respecto. Actualmente pareciera que gran parte del trabajo lo hacen las municipalidades; en especial, son los colegios públicos y los consultorios los que están bajo mayor presión.

La Dirección de Extranjería premia a las comunas que adoptan soluciones innovadoras para recibir inmigrantes. Es algo, pero no basta. Chile necesita una política nacional, que incluya entre otras cosas mejorar las formas de seleccionar inmigrantes, revisar visas, optar por sectores donde más puedan aportar, etc. Se requieren redes de acción para ofrecer ayuda a los que han llegado y educar al resto respecto de cómo tratar al otro (empezando por dejar de hablar del “turco”, la “negra”, el “guatón”, etc.). En la medida que aprendamos a apreciar las distintas culturas, religiones e idiomas, tal vez sepamos, como en Canadá, valorar nuestra propia diversidad, sumándonos al verdadero club de los ricos. •••

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