Opinión

Tradiciones patrias

El rodeo, el Te Deum y la Parada Militar generaron un debate este dieciocho que no conviene simplificar ni pasar por alto.

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Académico de la Escuela de Gobierno UAI

Como pocas veces, este año los rituales tradicionales de fiestas patrias fueron cuestionados. Aunque el rodeo no es un deporte limitado a septiembre, su práctica y su narrativa se hacen más visibles en el mes del huaso chileno. El clásico Te Deum –acción de gracias– del 18 también fue objeto de articuladas críticas. Finalmente, algunas voces se alzaron para criticar la parada militar en el mismísimo día de las glorias del Ejército. Se trata de tres problemáticas distintas, pero que tienen un elemento común: ponen en tela de juicio la manera “oficial” en la cual celebramos nuestra fiesta nacional. Esta columna no pretende convencer al lector de la conveniencia de abolir estos rituales. Pretende, sin embargo, desplegar los argumentos que aconsejan revisar estas tradiciones patrias.

Partamos con el rodeo. Miles de personas en el centro sur del país lo consideran una auténtica cultura, un ejercicio ligado a la gran familia campestre criolla. Sus detractores apuntan al evidente maltrato que sufren los animales involucrados. No es una objeción ligera. Hubo un tiempo en el cual la especie humana creía que su lugar en el mundo era especial. Lo siguen creyendo ciertas confesiones religiosas. Pero la ciencia nos provee de buenas razones para pensar que somos sólo una especie más del reino animal. En consecuencia, nuestro parentesco con los animales no-humanos nos obliga a reconsiderar su estatus moral. No implica, necesariamente, conferirles a vacas y caballos nuestros mismos derechos. Sí implica –a lo menos– tomar en serio el sufrimiento de otros seres sintientes. Los defensores del rodeo tienen dos líneas de defensa. Por una parte, enfatizan la dimensión tradicional de la práctica. Por el otro, insisten que los animales que participan en este evento recreativo no experimentan grados de sufrimiento relevante. El primer argumento no se sostiene: ninguna tradición es autoexplicativa. De hecho, tenemos el deber de superarlas cuando entran en conflicto con nuestras (modernas) sensibilidades morales. El segundo es –aparentemente– más promisorio: asume que el sufrimiento animal no da lo mismo y trata de demostrar que el rodeo no es un juego sádico. Bueno, la carga de la prueba la tienen los rodeófilos. Si su respuesta es insatisfactoria –tan insatisfactoria como la respuesta de los amantes de la tauromaquia– entonces a nadie debería sorprender que aumente la resistencia a este tipo de actividades. Hoy, dicha resistencia se concentra en los grupos animalistas. Crece, sin embargo, en varios sectores ilustrados de la población.

Sigamos con el Te Deum. Después de cien años, es parte de nuestra historia. Pero también es creciente la resistencia a un evento en el cual las autoridades políticas reciben sermones por parte de los líderes religiosos, justamente en el día que celebramos nuestra independencia de poderes extranjeros. Que la mayoría de los chilenos sea –todavía– católica no es un argumento decisivo a favor del Te Deum. Se supone que estamos hablando de una instancia simbólica capaz de unir a nuestros representantes en una reflexión inclusiva. Pues, para mucha gente, ha dejado de serlo. Sus defensores señalan que los críticos confunden Estado laico con Estado ateo. Es un razonamiento extraviado. Un Estado ateo prohibiría las expresiones religiosas. Un Estado laico, en cambio, se cuida de no utilizar el poder político para favorecer o perjudicar una opción religiosa. El problema del Te Deum es que involucra en actitud de sometimiento a la capacidad expresiva del Estado –a través de la participación de las autoridades más importantes del país– en la fecha republicana más simbólica. El acto podría hacerse otro día o el mismo 18 sin autoridades, pero el mensaje combinado es susceptible de legítimo cuestionamiento.

Finalmente, resta el caso más complejo: la parada militar. Aquí se confunden dos tipos de las razones. Cierta porción de la población no quiere ver a las FF.AA. marchando con el pecho inflado porque tienen un trauma reciente enteramente válido al respecto. Sus detractores recuerdan que las Glorias del Ejército cubren muchos otros episodios –valga la redundancia– gloriosos. La contrarrespuesta es que no todos son tan gloriosos. Muy por el contrario. La otra porción tiene un problema filosófico más profundo con la idea de desplegar poderío bélico como expresión celebratoria. Expresan así una especie de pacifismo estructural. Aquí la crítica incluye aquellas militaristas alusiones que se hacen en himnos y escudos. En algún momento, la idea de seguir cantando una canción que festeja el derramamiento de sangre tiene que generarnos un cortocircuito cognitivo respecto de nuestros valores contemporáneos. “Por la razón o la fuerza” suena como my highway or the highway, entre autoritario y adolescente. Ciertamente poco democrático y deliberativo. En fin, son todas expresiones relativamente dispersas de una idea patriótica común: el recuerdo endorfínico de la subyugación de nuestros enemigos y la capacidad actual de mantenerlos a raya. Se le opone una sensibilidad crítica posmoderna y hippie, quizás, pero lejos de ser descabellada… ¿Acaso podría ser un carnaval en lugar de una parada? De cualquier forma, por ahora, el desfile militar pareciera ser el menos conflictivo de los tres casos.

No he querido ridiculizar la posición de quienes gustan del rodeo, el Te Deum y la parada militar. Creo que representan a la posición mayoritaria, de hecho. Es una minoría la que cuestiona estos ritos tradicionales. Mi humilde punto es que los cuestionamientos ético-políticos que se levantan no son necesariamente antipatrióticos ni absurdos, sino que están enraizados en discursos filosóficos legítimos que crecen progresivamente. •••

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