Opinión

¿Abolir la filosofía?

Lo que escondería la frustrada iniciativa del gobierno es cierta idea de que la política -y la asamblea- están por encima de todo.

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Instituto de Humanidades, UDP

En alerta quedó la comunidad filosófica nacional con la iniciativa ministerial de eliminar la asignatura de filosofía y reemplazarla por un ramo de educación ciudadana. Tras el conato, es menester preguntarse por la razón de la curiosa idea.

¿Qué habrá pasado por las mentes de la ministra, la subsecretaria, los asesores ministeriales?

Se sabe que el nivel en el que se enseña filosofía en la escuela no es bueno. Mas esa no es razón para eliminar la asignatura. Operar mentalmente según la premisa de la falta de calidad nos tendría que llevar, consecuentemente, a cerrar la escuela entera, cuyo nivel está lejos de la excelencia.

Se dijo, también, que educación ciudadana abordaría cuestiones filosóficas. Esa afirmación sí da luces sobre la razón más honda de la decisión. Por ella asoma una mentalidad que luce estar en la base del problema. No sería una ocurrencia peregrina esa, la de cambiar la filosofía por educación ciudadana, sino que se trataría de una idea asentada. Así como hay una derecha para la cual la economía y no la política (menos aún la filosofía) es lo fundamental, nos encontramos ahora con una izquierda que, cual Maquiavelo (aunque en un sentido distinto), piensa que todo es política, y que la filosofía está subordinada a ella.

Cuando uno conversa con los académicos e ideólogos de la izquierda, esos que abogan por la democratización de la universidad, siempre se aprecia una valoración de los procesos deliberativos ciudadanos. El viejo Aristóteles descubrió que cuando entramos en una discusión pública no tiene sentido esgrimir como argumento el propio interés, sino que el general. Que cuando los ciudadanos deliberan habitualmente van acostumbrándose, entonces, a tener a la vista el interés general, van siendo educados políticamente, se transforman en miembros de una comunidad.

Sin embargo, Aristóteles fue sutil y matizado. Reconoció los límites de la deliberación en la asamblea. Destacó, contra Platón, la importancia de la vida privada. Diferenció, nítidamente, la vida del filósofo (hoy diríamos, más en general, el científico) de la vida del político o ciudadano en asamblea.

Nuestros revolucionarios románticos, en cambio, ponen el asunto en términos mucho más simples: la forma plena de vida humana es la asamblea en deliberación. Ella debe sobreponerse a la vida privada y a la reflexión filosófica (modos de acción preñados de pervertidos gérmenes burgueses). La asamblea deliberativa sería algo así como una comunidad ideal; en su estado pleno, la forma de acción perfecta, de la que cabe esperar una felicidad parecida a la que se alcanza en la familia.

Dos insuficiencias fundamentales, sin embargo, afectan a esta exaltación asambleísta. Las dos fueron explicadas pacientemente por el mismo Aristóteles. Probablemente los ideólogos se quedaron sólo con la parte de la asamblea, en los pasajes donde el filósofo la elogiaba.

Primera insuficiencia: la asamblea política no es la familia. La polis no es una casa grande. El afecto entre los ciudadanos no alcanza el nivel de intensidad del afecto privado entre los miembros de la familia. Los intereses de grupo o personales, la ignorancia o debilidad de ciertas mentes, el exceso de pulsiones en otros espíritus, la espontánea conformación de facciones entre los afines, enturbian inevitablemente los procesos deliberativos. Buscar la plenitud en la deliberación política termina generando en los románticos revolucionarios irritación por una felicidad que nunca es alcanzada y, lo que es peor: la tentación de acallar como inaceptables, conspirativas, egoístas, burguesas, etc. –lo han dicho–, las opiniones de los porfiados disidentes, de esos escépticos que se niegan a creer en la infalibilidad de la asamblea; el parecer de quienes levantan sus voces para defender la importancia no sólo económica, sino existencial, de la vida privada, de aquel lugar donde experimentamos estética, afectiva e intelectualmente de las maneras más intensas esperables.

La segunda insuficiencia de la exaltación asambleísta, del politicismo revolucionario, radica en que desconoce que los espacios y tiempos de la reflexión, del pensamiento, de la creación artística, también los tiempos y espacios de la vida filosófica (y de la academia, en general), son muy distintos al fragor de los debates políticos.

El filósofo –también el científico y el artista– requieren de lo que pedía Descartes: “ocio tranquilo y retiro en soledad”. De las aisladas caminatas del paseante solitario, que ejemplifican bien Rousseau y, a su modo, Nietzsche. Más cerca de nosotros, Hannah Arendt llamaba la atención respecto a que pura deliberación, sin tiempos y espacios de silencio y calma para la reflexión, pura publicidad sin vida privada, termina significando superficialidad. Es, precisamente, lo que se aprecia en tanto joven insuflado de espíritu revolucionario y escaso de argumentos (salvo que por argumento se entienda reiteración de frases hechas) y en no pocos académicos que, haciendo collage de ideas de lo más diversas, construyen apresuradas líneas de argumentación y revelan sencillas evidencias con las cuales pretenden sobreponerse, sin necesidad de estudiarlos en profundidad, a pensadores más egregios –no digo del mundo, basta, quizás, occidente– que, pacientemente y con encomiable rigor, han ido descubriendo aspectos constitutivos de la existencia y la vida humana en sociedad.

Sólo bajo tales simplificaciones puede, entonces, surgir en la repartición ministerial, y asentadamente, la idea de que la filosofía es subsumible bajo una asignatura que con ella no tiene nada en común (cual si se reemplazara lenguaje o matemáticas por educación ciudadana).

Sólo cuando se desconoce la diferencia entre las destrezas y conocimientos requeridos para participar en la asamblea y lo que exige la reflexión detenida, el análisis paciente, la disciplina de la mente, la profundidad prospectiva, el asombro existencial; sólo cuando no se repara en que el avance políticamente interesado y la urgencia de los asuntos públicos son distintos del pensamiento que, saliéndose de lo urgente, pregunta y ensaya respuestas para clarificar el misterio que es nuestra vida; sólo cuando no se logra distinguir, porque se lo ignora, el abismo que separa el negocio público del ocio filosófico, sólo entonces, digo, pueden emerger ideas como aquella con la que nos sorprendió –una vez más– el ministerio.

Algo así, por lo demás, esa ausencia de matices, ese desconocimiento de lo diferente, esa exaltación de la dinámica política, es lo que está en la base del proyecto de reforma a la educación superior, en el cual se subordina la libertad y los tiempos, los espacios y los recursos requeridos por el pensamiento erudito, a funcionarios partidistas designados, en su abrumadora mayoría, por la Presidencia de la República. •••

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