Opinión

El retorno de la historia

El debate ideológico no será de derecha o izquierda, sino de liberales e iliberales. La democracia estará bajo presión.

-

A menos que uno sea meteorólogo, pronunciarse sobre lo que traerá el futuro es muy mal negocio. En 1939, el New York Times opinó que “la televisión nunca será un competidor serio para la radio, porque la gente debe sentarse y mantenerse pegada a una pantalla; la familia norteamericana promedio no tiene el tiempo para eso”. Unos años más tarde, el presidente de IBM dijo que “hay un mercado global para tal vez cinco computadores”.

Durante gran parte del siglo XX, el mundo estuvo dividido en dos bandos, que en términos generales se caracterizaban por ser democracias o dictaduras; libres o no libres. La ONG Freedom House sigue rankeando a los países del mundo en esos términos. Pero a fines de la década del 80, dicha dicotomía pareció debilitarse. Los grandes centros del mundo “no libre”, tanto en Europa del Este como en América Latina, dejaron atrás sus dictaduras. El capitalismo, desde Moscú a Pekín, se transformó en la única forma de gobernar las economías del mundo. Los pocos países que no lo adoptaron se quedaron enfrascados en la pobreza y la marginalidad. Con lo anterior, vino otra predicción: el profesor Francis Fukuyama anunció el “fin de la historia”, refiriéndose a que se había resuelto la gran lucha ideológica, y que se estaba viviendo el triunfo de “la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano”. La destrucción de las Torres Gemelas, una década más tarde, puso fin a esa ilusión. Para George W. Bush y los Estados Unidos, la nueva lucha ideológica sería entre las democracias occidentales y el islam radical. Pero ellos también se equivocaron.

Desde por lo menos el 9/11 se viene desarrollando lo que probablemente será el gran clivaje político del futuro: entre liberales e iliberales. La democracia liberal es una en que rige no solamente la voluntad de la mayoría, a través de elecciones regulares y transparentes, sino también la protección de las minorías, vía constituciones, leyes, Estado de derecho y una serie de libertades y derechos garantizados. Más allá de la democracia procedimental, la democracia liberal se define por el objetivo de proteger la libertad individual. A diferencia de lo que piensan los neoliberales, esto no implica menos Estado, sino uno controlado por las instituciones y con contrapesos.

En los próximos 20 años, este tipo de democracia estará cada vez bajo más presión.

Ya vemos las señales. En el Medio Oriente, los intentos de promover la democracia han resultado en el triunfo de partidos como Hamas o los Hermanos Musulmanes, que restringen libertades individuales. En Irán, un gobierno que convoca elecciones regulares y se autodeclara democrático mantiene a sus líderes de oposición por años bajo arresto domiciliario, oprime los derechos de las mujeres y ejecuta a aquéllos acusados de ser homosexuales. Realizan concursos internacionales para ver quién dibuja la mejor caricatura negando el Holocausto.

Los efectos de la doble crisis europea (económica y de refugiados) han desencadenado actitudes políticas que creíamos que habían desaparecido con la Segunda Guerra Mundial, poniendo en riesgo el proyecto de unidad continental. El populismo nacionalista juega con el racismo, la xenofobia, el antisemitismo y el proteccionismo económico. Vemos algo parecido en los Estados Unidos. En América Latina surge una moda por el asambleísmo, por gobiernos de turno que optan por rediseñar la institucionalidad a su pinta.

Dichos fenómenos, tanto en el mundo desarrollado como en países emergentes, son, por supuesto, reacciones a los grandes pasos que ha tomado la democracia liberal en la ampliación de derechos, la integración de minorías raciales, la no discriminación hacia personas LGTB y la apertura de fronteras para personas, productos y capital. La tecnología, el comercio y las telecomunicaciones achican distancias, uniendo pueblos pero también amenazando identidades nacionales y religiosas.

Los sistemas de partidos han sido incapaces de contener esta dicotomía. Los partidos tradicionales han sido construidos sobre la base del gran clivaje del pasado: las clases sociales. El mejor ejemplo reciente de la incapacidad de los partidos a reaccionar frente a la nueva dinámica es el referéndum sobre el Brexit, y la elección británica que lo precedió en 2015. Partidos formados en torno a un sector de la sociedad (Conservadores y Laboristas) no se la pudieron frente a partidos que representan identidad (nacionalistas escoceses o UKIP, los que abogaban por salirse de Europa).

La tendencia es hacia un retroceso, hacia una política postmaterial, de identidad y de nación. El debate ideológico no será de derecha o izquierda, sino de liberales e iliberales. El resultado ya está a la vista. Luego de décadas de avance, Freedom House observa en los últimos años un retroceso en el porcentaje de países categorizados como libres: aunque este grupo pasó de 34% en 1985 a 46% en 2005, bajó a un 44% el año pasado.

En el futuro regresará la historia.•••

Comparte este artículo:
  • Cargando

Síguenos en Facebook

x