Opinión

Crisis de Hombre

El país no es un tren descarrilado. Aún funciona. Pero se encuentra en una crisis grave y profunda.

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Instituto de Humanidades, UDP

De un lado la ciudadanía está crecientemente irritada, desafectada con el sistema político y pesimista en materia económica. Del otro lado, si en el gobierno predomina una combinación de fanatismo estrecho y desprolijidad, en la Cámara de Diputados rige la fronda y en la oposición, salvo excepciones, el desconcierto, el economicismo y la fragmentación; por muchas partes, la inquietante corrupción.

Todo esto conduce a lo que podría calificarse como un hondo desajuste entre las pulsiones y anhelos populares, y la institucionalidad. El sistema político no está siendo capaz de articular esas pulsiones y anhelos de maneras tales que ellas encuentren caminos ordenados de expresión y sentido. El resultado es que el sistema político pierde legitimidad, como lo han dicho, de diversas maneras, no sólo encuestas y especialistas, sino Burgos, Lagos y hasta el vocero del gobierno.

El hondo malestar ciudadano no se parece a un estallido revolucionario. Los estudiantes, quienes más persistentemente llevan adelante la voz del malestar, no están dispuestos –y menos mal– a una revolución armada, a matar y morir. Se trata, mucho más, de una posición de talante estético o romanticista: quieren experimentar más intensamente.

El romanticismo político es difícil de encauzar y satisfacer en la precisa medida en que su clamor es impreciso. Se busca intensidad vital, una plenitud más allá de las reglas, una comunidad allende los complejos entramados de las sociedades modernas. Su desdén por la forma y la organización pone a los liderazgos políticos bajo creciente cuestionamiento, los deja expuestos como banales, asunto de personas ávidas de poder y prebendas.

Frente a este cuestionamiento fundamental, la clase política tiende a reaccionar de dos maneras. La primera de ellas es el ensimismamiento. Se trataría de insistir en que no hay crisis, en el viejo discurso y las antiguas reglas, como no queriendo ver lo que ocurre. A economistas radicales, como el ex ministro de Pinochet que regresó sin regresar, se unen aquí voces demasiado simples como para ser llamadas humanistas.

La segunda manera de reaccionar al romanticismo político es sumarse a él. No es fácil hacer frente a la denuncia de filisteísmo y banalidad, menos aún cuando en verdad se ha caído –no todos, es cierto– en malas prácticas y la épica de antaño devenido pedestre negociada. Entonces, el llamado romántico evoca los dulces días del ayer, la comunidad perdida, las fiestas novatas, la poesía de la vida. Ya dejan de importar los artificiales modos de institucionalidad bajo los que nos encontramos. Si los muchachos piden “pública, laica y gratuita”, sigámoslos, ¡qué importan la división del poder universitario, el pluralismo, la autonomía, el financiamiento suficiente del sistema, la investigación estandarizada!

Algo de sensatez ha mostrado el gobierno frente al reclamo contra el actual sistema de pensiones. Pero parece ser tarde. En el intertanto se encuentran abiertos y sin esperanzas de cerrarse: un proceso constituyente de alcances y contornos indeterminados, colmado de expectativas maximalistas, y una reforma a la educación superior que somete de manera inusitada al control de funcionarios partidistas a las casas de estudio, comprometiendo así el pensamiento libre y la calidad del sistema. En ambos casos, Bachelet y sus cercanos prefirieron dar curso a la veta romántica.
Estamos, entonces, en una situación muy compleja. Con ebullición popular (no he hablado de las abandonadas provincias, la cuestión mapuche, la salud, la delincuencia, el desempleo, el Transantiago, Codelco, etc.) y, frente a ella, reaccionarios y románticos. Ninguno tiene la capacidad de conducir políticamente.

El país necesita con urgencia conductores, grupos capaces de asumir el malestar y transformarlo. Pero para eso se requiere de hombres y mujeres dotados de ciertas características. La nuestra es, como dijo el poeta, “crisis de Hombre”. Falta una profundidad republicana y humanista suficiente como para percatarse de que el sistema político y el económico requieren reformas. Además, el aplomo, la honestidad y el sentido de la responsabilidad necesarios como para aguantar las críticas y sobreponerse a nuestros exaltados románticos, mostrándoles a las grandes mayorías, con argumentos y acciones, que la mera búsqueda de intensidad vital no basta, sino que la vida social exige de organización y la república de división del poder, la materialidad impulsiva de forma y gesto.

El camino de salida es difícil. Requiere abrir horizontes de sentido, reformas ordenadas y prolijas que amplíen institucionalmente las posibilidades vitales de la ciudadanía. Pero sólo si se lo recorre podremos sustraernos a la dinámica sorda en la que nos van sumiendo el romanticismo y la reacción.

Preguntas abiertas son si habrá y, en tal evento, quiénes serán tales conductores. •••

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