Opinión

No quieren que pensemos en la muerte

Detrás de las terroríficas advertencias que leemos en un simple chocolate aparece el afán represivo del gobierno, tal como en otras áreas.

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Escritor

Tengo un absoluto desprecio por quienes intentan meterse en mi vida privada. No soporto a los delatores y me cuesta entender que, en nombre de la religión, la salud o el Estado, se prohíban o pongan advertencias sobre productos, placeres, comidas y prácticas que eventualmente me podrían hacer daño. El derecho a determinar qué me hace feliz y qué me gusta hacer me lo he ganado como el resto de los mayores de edad. Sin embargo, este derecho es cuestionado por quienes se autoproclaman dueños de la verdad en diversos ámbitos. En nombre de sus proclamas, no dejan de reprimirnos legal o ilegalmente, a través de extorsiones morales o en nombre de un futuro mejor. Han llegado a creerse rectores de mis decisiones más íntimas, incluso de mi muerte, que es quizá la única certeza que poseo. Cuándo morir y cómo es asunto mío.

Leo que el promedio de vida de los chilenos está cerca de los 85 años. ¿No será suficiente? ¿O lo que buscamos es vivir más de lo que el cuerpo resiste? ¿Será tanto el narcisismo que muchos buscan la inmortalidad en vida? Éstas y otras preguntas me saltan a la mente al comprar un chocolate y observar las prevenciones terroríficas impresas en los envases. Me acordé de inmediato que en mi caso el chocolate es un gusto heredado de mis abuelos y un ansiolítico infalible cada vez que me sentía angustiado. Además, es una satisfacción, una de las pocas fáciles de tener en días de tráfico imposible, de noticias pésimas a nivel político y económico y de malos augurios. Somos personas adultas que sabemos que en el devenir son las variables ocultas las que definen el final de los días, y no la vigilancia diseñada por los burócratas de turno.

La finalidad de las políticas prohibitivas es siempre la misma: modelar la sociedad a largo plazo según un esquema del bien y el mal de matriz católica. Detrás de esta intención se oculta otra, tal vez inconsciente: los gobiernos no quieren que pensemos en la muerte, en que la muerte es nuestra y nos corresponde acatarla y sufrirla. Si cada cual incorporara a la muerte dentro de sus posibilidades, la represión en nombre de la salud se vendría abajo. Y se convertiría en lo que en el fondo es: una manera de ejercer el poder con la vieja estrategia de incentivar el imaginario del miedo infantil. Ahí radica uno de los peores errores de este gobierno, un error gravitante y serio para los que abogan por la libertad. Nadie que cree en los demás trata a los adultos como si fueran niños, confusión imperdonable. Es más, ni a los niños se les puede registrar en la calle, ni quitarles los espacios públicos para pasear sin rumbo.

Es curioso que este gobierno se haya olvidado de lo que prometió. Dijo que iba a respetar los derechos humanos y promovió la detención preventiva pese a los alcances discriminatorios que tiene. Dijo que iba a despenalizar el aborto en tres causales y lleva demasiado tiempo sin cumplir. Dijo que iba a revisar la ley 20 mil, pero mantiene a la marihuana en calidad de droga dura, lo que es una aberración. En síntesis, el gobierno abandonó su agenda liberal. Quienes lo votaron, pensando en la expansión de algunas libertades básicas, se sienten con razón traicionados. Seguro que no volverán a las urnas ni a palos. Las mentiras indignan.

Gilles Deleuze decía que ser de izquierda era una actitud ante la vida, una aproximación a un horizonte político amplio en donde muchos son aceptados con sus limitaciones, vicios y talentos. La izquierda sería una red construida desde la diferencia y vulnerabilidad de sus miembros. Nada más ajeno a este gobierno y sus partidos aliados que esta noción de izquierda. La Nueva Mayoría cayó intelectualmente a un precipicio: creyó en la retórica DC según la cual las personas adultas han de ser cuidadas y dirigidas para que no se enfermen ni tropiecen ni se mueran. Esta premisa asume que la gente tiene escasa o nula conciencia de su acontecer y su muerte. Es un desprecio evidente a los hábitos, opciones y prioridades de los demás. Me atrevería a señalar que esta concepción de sociedad es fascista, este tutelaje moral es nefasto. Combatirlo es una obligación de los que saben que están muriendo minuto a minuto desde que nacieron. Michel de Montaigne tituló uno de sus ensayo De cómo el filosofar es aprender a morir. En él se lee: “La premeditación de la muerte es premeditación de la libertad. El que aprende a morir, aprende a no servir. El saber morir nos libera de toda atadura o coacción. No existe mal alguno en la vida para aquél que ha comprendido que no es un mal la pérdida de la vida”. •••

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  • Marco Fuentes

    De acuerdo con todo, exepto el ejemplo del chocolate, si bien es delicioso pierde esa facultad al esclavizar a 300 mil niños que trabajan para la obtención del cacao, busca otro ejemplo, hay muchos.