Opinión

Dejemos de sorprendernos

Suceden cosas a diario que nos llaman la atención. Eso pasa cuando miramos los acontecimientos desde el idealismo o el utilitarismo. Ninguno de los dos basta por sí solo: se necesita soñar, pero también realismo.

-

Doctor en Ciencia Política, Director Ejecutivo de Plural

Hace medio siglo, Robert Kennedy dijo: “Hay gente que ve las cosas como son, y preguntan, ¿por qué? Yo sueño con cosas que nunca fueron y pregunto, ¿por qué no?”. Políticamente, lo mejor sería una combinación de las dos visiones: soñar con un mundo mejor, pero trabajar sobre la realidad. Porque soñar sin realismo es pura ideología. A su vez, el realismo sin una visión superior puede caer en la inmoralidad.

Últimamente, en Chile pareciera que nos hemos sumado al “Idealismo sin Renuncia”, en el que se hace evidente un quiebre entre lo que deseamos y lo que realmente sucede. Por eso, tantas sorpresas. El oficialismo se sorprende cuando el gobierno llega a niveles históricos de desaprobación, a pesar de que todo el mundo advertía que se había hecho un mal diagnóstico. Los estudiantes se sorprenden porque la gratuidad no será universal e inmediata, cuando es obvio que dicha política se puede financiar cuando un país llega a un nivel de desarrollo para el cual aún nos faltan años. Los partidos políticos se sorprenden porque cuentan con bajísimos niveles de confianza ciudadana, cuando votan una y otra vez para mantener su cartel. A pesar de que los chilenos llevan años con jubilaciones miserables, nos pilla desprevenidos que la gente se organice para protestar en contra del sistema de pensiones. Una y otra vez, no vemos lo que está por delante de nuestras narices.

No ocurre solamente en Chile. Es así como los encuestadores y muchos votantes ingleses se sorprendieron cuando ganó la opción del Brexit; no hicieron el vínculo con el aumento en apoyo en las elecciones británicas de solamente un año antes hacia los partidos regionalistas, nacionalistas o xenófobos. Los franceses se sorprenden porque sus conciudadanos musulmanes se sienten marginados y se escandalizan cuando los jóvenes de dicha comunidad caen en manos de ideologías que les ofrecen una promesa, aunque sea falsa.

Mientras tanto, todo el mundo se sorprende con Donald Trump, cuya campaña ha sido un ejemplo de realismo inmoral. Se ha comentado que se estaría ad portas de una nueva forma de hacer política, donde ambos partidos dejan atrás el eje derecha-izquierda, y el racismo y el proteccionismo se vuelven políticamente transversales.

Así, el Partido Republicano, bajo la influencia de Trump, ha dejado atrás la ideología que lo ha guiado desde la década de los sesenta, que mezclaba un conservadurismo social con una economía abierta de mercado y una política exterior agresivamente realista. En su lugar, surge un discurso aislacionista en lo diplomático, antiglobalizador en lo económico y radical en lo social. Hillary Clinton, por su parte, ha adoptado discursos y símbolos que habían sido dominantes en la derecha –la bandera, la fe, la familia y cierto militarismo en defensa de los intereses nacionales.

El cálculo de Trump es que existe un importante sector de votantes que se sienten victimizados por el orden mundial construido después del fin de la Guerra Fría. La globalización ha causado desplazamientos en el empleo, las transformaciones sociales han cambiado las formas de hacer familia, y la inmigración ha alterado el carácter demográfico de los Estados Unidos. El público en la convención recién pasada pareciera confirmar su intuición. Las encuestas también: Trump tiene el apoyo de 69% de los hombres blancos y el 64% de las mujeres blancas que no cuentan con educación superior. Trump está apostando a que la lealtad de estos sectores será suficiente para impulsarlo hacia la Casa Blanca. En este contexto, da lo mismo lo que diga y haga. Su misoginia, insolencia e ignorancia no parecieran hacerle daño. De hecho, su jefe de campaña, Paul Manafort, tiene una larga trayectoria haciendo lobby para mejorar la imagen de personajes como Ferdinand Marcos, Mobutu Sese Seko y Viktor Yanukovych.

En 2012, ambos candidatos presidenciales gastaron más de $1,2 mil millones. Hasta la fecha, Trump ha gastado relativamente poco, tal vez unos $100 millones, porque su campaña se ha basado, principalmente, en su personaje: decir o tuitear cosas ofensivas o indignantes para que la prensa lo comente. Por lo tanto, no nos sorprendamos si Trump no modera su lenguaje. No puede. De eso depende su publicidad y la lealtad de su base política.

Y no nos sorprendamos, tampoco, si el idealismo sin renuncia se estrella contra la realidad. Basta de sorpresas. •••

Comparte este artículo:
  • Cargando

Síguenos en Facebook

x