Opinión

La ola antielitista

La tendencia de culpar a otros –los políticos, los bancos, los inmigrantes– cobra fuerza en el mundo. Y también en Chile. La paradoja es que termina perjudicando a los mismos que la apoyaron: un castigo con elástico.

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Doctor en Ciencia Política, director ejecutivo de Plural

antielitista

Es difícil predecir qué pasará en los próximos meses, tanto en el Reino Unido y Europa como en la economía global, gracias a la opción que ha tomado una pequeña mayoría de los británicos por salirse de la Unión Europea. A la vez, cuesta entender, mirando hacia atrás, qué fue precisamente lo que les llevó a tomar esa decisión que, según casi todos los expertos, tendrá tremendos costos para el país. Hay quienes lo ven como una reacción a la globalización, otros hablan del temor a la inmigración. Algunos sostienen que tiene que ver con una reivindicación regional, especialmente en Inglaterra, y otros que refleja un clivaje generacional y cultural dentro del electorado británico.

Sin duda que hay elementos de todo lo anterior. Pero también hay algo adicional, que se está observando en todo el mundo. Es una rebelión del pueblo en contra de las élites. Y tal como demuestra el voto el pasado 23 de junio, es un castigo con elástico. Los costos políticos son pagados por las élites, pero los costos económicos los pagan todos.

Uno de los problemas principales de la democracia, que han abordado desde Aristóteles hasta James Madison, es el de la información. Para ser ciudadano pleno es necesario estar informado. El antielitismo explota y glorifica la antiinformación. El conservador Michael Gove, que apoyaba el voto en contra de la Unión Europea, dijo que los británicos ya habían oído suficiente de los expertos. En otras palabras, el referéndum era una especie de lucha entre una masa poco informada, pero que sabe lo que quiere, y una élite informada pero con intereses creados, los expertos. Estos últimos, casi sin excepción, desde el sector industrial y financiero, la academia, y el mundo político doméstico e internacional, estaban advirtiendo sobre las consecuencias del Brexit.

El discurso antielitista es igual de falso en el Reino Unido como en los EE.UU. Los líderes que arremeten en contra de las élites son casi siempre productos del sistema que rechazan: desde los líderes estudiantiles en Chile hasta Donald Trump. Gove estudió en Oxford. Boris Johnson también, y antes de eso en Eton, fundado en 1440 por el rey Enrique VI. Donald Trump se graduó de Wharton. Antes de ser líder de Podemos, Pablo Iglesias fue profesor en la Complutense de Madrid y estudió en las mejores universidades de Europa. Lo que comparten es la ambición política, y pensar que el discurso los acercará al votante común y corriente y los llevará al poder.

Comparten, además, el uso indiscriminado de la mentira. Según Trump, la tasa de desempleo en los EE.UU. es de 42%, y México envió un avión a matarlo. Nigel Farage, el líder del partido antieuropeo y antiinmigrante UKIP, tuvo que reconocer que los 350 millones de libras semanales que el Reino Unido le entrega a la UE no iban a poder usarse para financiar mejoras en el sistema de salud, como había prometido durante la campaña, en gran medida porque la cifra fue una mentira. Cuando Boris Johnson les restó importancia a los efectos negativos de salirse de la UE, estaba consciente de que esos riesgos existían. Pero eso no lo detuvo de embestir en contra de “las élites”, que habían removido a los gobiernos democráticos de Italia y Grecia para “instalar tecnócratas aprobados por Bruselas”. Las mentiras de Johnson le cobraron la cuenta, pues habiendo triunfado la opción por salirse, el ex alcalde de Londres negó postularse al cargo de primer ministro; sabiendo que le tocaría a él negociar la dolorosa separación. Con cifras. Reales.

Los antielitistas tienen, como definición, una política de antagonismo. Su ideología es una oposición a algo. Normalmente, el enemigo se extiende más allá de una élite, pues esta última es una noción tan efímera que puede incluir casi todo. Es así como los candidatos antielitistas pueden hacer campaña contra los bancos y contra los inmigrantes, contra las empresas y contra los musulmanes. El enemigo da lo mismo, ya que la ideología es una de desprecio. Esto es importante, porque contribuye a la construcción de una identidad de grupo, fortaleciendo los lazos entre el candidato y los que lo apoyan.

Por cierto que la crisis financiera y sus efectos duraderos han hecho que Europa sea tierra fértil para grupos antielitistas. La globalización ha construido un mundo menos desigual, sin embargo, en los países desarrollados la desigualdad ha aumentado. Desde Michigan hasta Málaga, la gente piensa que alguien debe tener la culpa. En Italia, el Movimiento Cinco Estrellas, fundado hace pocos años por el comediante Beppe Grillo, ha ganado importantes elecciones municipales. En Austria, la Corte Suprema acaba de ordenar nuevas elecciones, y es muy posible que las gane un partido antiinmigrante. Hoy Marine LePen, cuyo padre fundó un partido xenófobo y antielitista, ha llevado al Frente Popular desde la marginalidad hacia el centro del debate francés sobre la Unión Europea. Partidos antielite se posicionan en el Reino Unido, España, Holanda y Alemania. En EE.UU., el uso del antielitismo por parte de Trump y Bernie Sanders demuestra el atractivo de la estrategia tanto para la izquierda como la derecha.

En Chile no estamos exentos de la tentación antielitista. No es casualidad que las manifestaciones estudiantiles terminen atacando iglesias y bancos. No sería difícil convertir los bajísimos niveles de confianza en las principales instituciones del país en un movimiento contra las élites. Sin embargo, la lógica del “otro” siempre viene con elástico. Es la Casa Central de la Universidad de Chile, no una universidad privada, la que más sufre de ocupaciones y destrozos. Lo mismo con las escuelas emblemáticas del sistema público, como el Instituto Nacional Barros Arrana.
Los antielitistas empiezan y terminan en su propio jardín. •••

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