Opinión

En el comienzo era la tierra

Nuestra época es presa del principio etéreo-masculino, tecnológico y racionalista, y nos hallamos en una dinámica en la cual se le pierde atención al acercamiento femenino.

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Instituto de Humanidades, UDP

En pensamiento de Gabriela Mistral, la tierra es un principio que alcanza dimensiones políticas, geográficas y hasta cósmicas.

“En el comienzo era la tierra”, dice. Trata de volvernos conscientes de otra lógica, una más concreta y corporal que la del masculino logos. El “Verbo” viene de otra parte, del cielo. Lo humano es tierra y con eso mujer desde el barro de la creación. Y también un misterio, un arcano pleno de sentido. La tierra no es pura dispersión, no algo así como la materia prima a la que se le pueda imponer la forma desde el exterior. Ella misma es orden, espeso, resistente y maternal, un principio de cobijo, fundación y fecundidad.

“Las gentes superficiales que suelen tener pujos espirituales creen que las cosas humanas y divinas se hallan contenidas exclusivamente en el hombre y basta él solo para sostenerlas”. No reparan en que, en verdad, la tierra es el “sostén de todas las cosas”. Con más de un siglo sin guerras, los terremotos nos sacan de la ilusión etérea de nuestros viriles planes y programas idealmente formulados, para volvernos a conectar con el fundamento. Somos, dice la Mistral, “alma, cuerpo y suelo”, y nuestra relación con la tierra es expresión y causa de nuestra relación con nosotros mismos.

Entonces ocurre que nos damos cuenta –o podemos darnos cuenta– de que el vínculo telúrico no es simplemente una pura exterioridad, sino que nos constituye. No hay lo humano sin la tierra. La tierra, como el cuerpo, es parte de nosotros, y del modo en el que la configuremos depende la manera plena o frustrante en la que vivamos nuestra existencia. Ella “contiene nuestros ademanes y nuestros gestos en la ordenación que le imponemos”, es “una especie de cuerpo mayor”, que da cuenta del alma, “los gustos y las maneras”.

La tierra es, en consecuencia, algo existencial en el más grave sentido de la expresión. Corto se queda aquí quien acota el asunto a los límites de la biología. Sus alcances son más vastos. Los humanos somos la tierra. Ella se deja configurar, pero nos determina, no sólo material, sino espiritualmente, con su estética, sus fluidos y vibraciones. El paisaje de Chile es paisaje psíquico y moral. Hay una verdad de la tierra, un descubrimiento inicial de la tierra, como escribía Knut Hamsun, unas “bendiciones de la tierra”: la tierra es afectiva y es justa. Nos da lo que nunca el mar: un sustento firme para asentar nuestras vidas; un piso para deslindar el hogar y la ciudad; y retribuye establemente nuestro esfuerzo con los frutos de la cosecha. Además, y en esto se une a los otros elementos, la tierra es también la belleza y la hondura del paisaje.

Desde el orden bueno que nos sugiere la tierra se despliega la vida humana. Pero la sugerencia amable es dramáticamente desoída. Ocurre que los arrebatos masculinos del “nomadismo y fuego fatuo de aventura”, del “positivismo”, de la “especulación pedante” y la “técnica”, de la búsqueda de la “riqueza mueble”, terminan dando lugar a un dominio controlador, manipulativo de la tierra y de la vida que acaba dañándonos.

Nuestra época es presa del principio etéreo-masculino, tecnológico y racionalista, y nos hallamos en una dinámica en la cual se le pierde atención y al final afecto a la tierra, a su vibrar, al sol sobre sus laderas, a las olas del mar que la acarician, a las estaciones, a los momentos del día. Entonces sucede que el refugio, el hogar firme, el paisaje armonioso y mágico se diluye en la pertinaz mente.

A la tierra se la formaliza. Se privilegia el latifundio, la extracción violenta, la distancia racionalizante del bosque introducido; el “industrialismo”. El logos masculino reduce, denigra a la calidad de material el orden de la naturaleza.

Se intensifica el centralismo, con sus dos caras. De un lado, la concentración sin límite que hace imposible en la gran capital un espaciamiento integrado y armónico, con vecindarios, lugares de encuentro y cultura esparcida proporcionadamente. “En su ajetreo inútil”, las gentes en la gran urbe “parecen ardillas locas, cogidas de fuego”. “Ya no se puede ser caballero” –le decía un joven a otro en el metro mientras una turba de víctimas era impulsada cual ganado a ingresar a uno de sus carros–. La advertencia de Alberto Mackenna, citado por la Mistral, adquiere una extraña y triste actualidad: “Ama a tu ciudad. Ella es sólo la prolongación de tu hogar, y su belleza te embellece y su fealdad te avergüenza”. Del otro lado, el centralismo importa el abandono de “las provincias olvidadas”. Se torna, de las dos maneras, imposible algo parecido a una “democracia de los pueblos”, cual la evoca Salazar, impensables la identificación del ciudadano con la política y una auténtica integración nacional.

Todo eso vuelve, vuelve sobre nuestras vidas, sobre nuestras almas, llenándolas de malestar. Porque la vida racionalizada y apresurada deviene superficial. Se aliena, desarraiga; se busca arrancar de ella, ¿hacia dónde? ¿A la impotente dimensión de lo virtual?

Nuestro gran cuerpo expresa un mal de alma, un desequilibrio de fuerzas.
¿Podemos abrigar, todavía, esperanzas? “Mientras la tierra es nuestra”, escribe la Mistral, “existen todas las posibilidades”. •••

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