Opinión

El antiguo aburrimiento

Me inquieta que se prive a los niños de la experiencia de no hacer nada. Estamos sumergidos en una sociedad que pretende impedirles a los menores que conozcan la sensación de soledad, de vacío, inherente a la condición humana.

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Escritor

Está prohibido aburrirse. Los niños actuales no se aburren. No lo tienen permitido. Es más: deben tener jornadas organizadas de manera tal que el tedio no se filtre en sus vidas. Es tan mala la expectativa de un eventual momento sin estímulos. Para combatir las horas latigudas existe el concepto de panorama. Esto sin considerar que los hogares tienen que estar parapetados con televisores, juegos, computadores, tablets y otras menudencias electrónicas para evitar no tener nada que hacer. Y, obviamente, cada persona o niño debe estar orgulloso de su moderno teléfono celular hiperconectado. Así es como el común y educativo aburrimiento del que gozamos décadas atrás hoy es considerado una calamidad antigua. Hay que prevenir caer en cavilaciones o pensamientos ambiguos, que confundan.

Los que tenemos más de 40 años, cuando éramos niños y luego jóvenes, estábamos obligados a ir al cine para entretenernos y socializar. Para hacer algo más que mirarse las caras con espinillas y quejarse. Las primeras películas que veíamos eran para menores e intentábamos acceder de forma irregular a los cines donde daban cintas para mayores de 14 años y hacían vista gorda. Se trataba de películas en las que aparecía el deseo y que dejaban un arsenal de imágenes inolvidables en la mente, de ésas que se repiten antes de dormir.

Para qué decir la cantidad de tardes que estuve observando el techo sumergido en fantasías. Ya que aburrirse era parte de nuestra educación sentimental. Algunos caímos en la lectura con la finalidad de diluir el agotador paso del tiempo. Estuve cientos de horas sin estudiar, pero leyendo los libros que llamaban mi atención. Recuerdo cómo caía engatusado según las biografías de los autores en las solapas. Suponía que los escritores eran héroes en desgracia y creía que por eso tenían historias que contar.

Temprano en mi vida, mi padre me convenció de que la siesta era el yoga latino y que los tontos se aburrían. La sagrada siesta era una práctica de adultos y, por lo tanto, había que guardar silencio cada vez que se practicaba. Interrumpir el sueño de los mayores era una falta de respeto grave. Durante esas horas de espera cabían pocas posibilidades, salvo “pensar en la inmortalidad del cangrejo”, o dedicarse a ciertos ejercicios silenciosos como dibujar, escuchar música muy pero muy despacio con la oreja pegada al parlante, o simplemente leer lo que se tuviera a mano. En esas horas percibíamos el transcurso del tiempo en el cuerpo. Eran horas lentas cuyos minutos nos hacían investigar las inquietudes que eludíamos en momentos de acción.

Después de determinada edad, cabía otra posibilidad: huir a la calle a juntarse con los amigos, vagar por el barrio, andar en bicicleta, jugar fútbol o el deporte que fuera, intercambiar objetos. Sin embargo, crecer y aumentar la independencia no disminuían el aburrimiento del todo. Lo trasladaba en el espacio y lo modificaba. Aquello que era aburrido en las tardes infantiles pasaba a ser angustioso en las noches adolescentes. Eran jornadas en las que el latigazo existencial de identidad asomaba como un fantasma incómodo.

Han pasado décadas del niño que fui y sospecho que fueron en esos lapsos de hastío cuando desarrollé parte esencial de mi imaginación y de mi voluntad de escudriñarme sin piedad, para limpiar mi propia mugre. Tal vez por eso me inquieta que se prive a los niños de la experiencia de no hacer nada. Estamos sumergidos en una sociedad que pretende impedirles a los menores que conozcan la sensación de soledad, de vacío, inherente a la condición humana. Es abismante observar cómo algunos padres se transforman en niños de la misma edad que sus hijos para jugar con ellos y evitarles mediante imposturas que sientan la monotonía de los minutos, la incomodidad existencial.

Más que recetas, tengo preguntas incómodas. La perplejidad me acomoda más que las convicciones. Es probable que mi afinidad con la acidia sea extraña e inconducente, una afectación literaria. Ante esta eventualidad me apoyo en el libro Puntos de referencia, donde Henri Michaux escribe: “Las horas importantes son las horas inmóviles. Esas fracciones de tiempo detenidas, minutos casi muertos, son lo más auténtico que tienes, lo más auténtico que eres, pues ni las posees ni estás poseído por ellas, sin atributos, y no las podrías representar, extensión horizontal por encima de los pozos sin fondo”. •••

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  • Juan Carlos

    No acostumbro a postear nada de lo que leo en la web, y leo bastante. Pero me ha identificado tanto esta columna que no resisto la tentación de hacerlo. Siento, al igual que el autor según creo, que los niños y jóvenes de hoy han perdido la capacidad de contemplar el lento extinguir de una tarde: ese lento crepúsculo en que el ruido lejano de pasos anónimos de transeúntes anónimos y el deambular de vehículos anónimos actuaban como un omnipresente telón de fondo que solo venía a acrecentar la sensación de silencio existencial en aquellos momentos de obligado aburrimiento; un silencio en que uno mismo, niño y ser humano con aun capacidad de asombro, podía preguntarse si acaso ese silencio era palpar la realidad misma. Hoy por hoy en que todo es estímulo, entretención e inmediatez, me pregunto cuando los niños podrán atisbar esa extraña combinación de angustia y al mismo tiempo goce existencial. “Angustia y Goce” que son las fuentes más fecundas de la inquietud intelectual que nos caracteriza como especie.