Mujer y progreso - Revista Capital

Opinión

Mujer y progreso

La conquista de espacios de la mujer es un proceso inevitable y necesario y respecto del cual las políticas que instruyen el uso de un lenguaje “no sexista” son, al final del día, anecdóticas.

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Director Revista Capital

Fue objeto de debate nuevamente hace pocos días. El Ministerio Secretaría General de la Presidencia (Segpres) remitió recientemente a 61 reparticiones del Estado un oficio (el 934) sobre consideraciones de género que se deben tener a la vista en la formulación de proyectos. En lo sustancial, la autoridad política insiste en promover lo que llama “lenguaje no sexista”, de modo que donde dice, por ejemplo, “candidatos”, se diga de ahora en más “candidatos y candidatas”; y donde dice “todos”, se diga “todos y todas”.

La discusión, pequeña, y que tangencialmente ya abordamos en estas páginas hace un año en la columna “Miembros y miembras”, aparte de pintoresca (¿pintoresco?) tiene un mortal parecido con un volador de luces que atrae miradas y que busca aplausos, haciéndose cargo de un tema relevante en una dimensión más bien básica.

Con todo, hay que convenir que no deja de ser un síntoma (como también lo fue por esos mismos días el reclamo en redes sociales de varias mujeres líderes por la composición de un panel en un foro de Icare), de una pulsión que tiene a la mujer en el centro del proceso de transformación que inevitablemente terminará con ellas ocupando más y más relevantes espacios en el funcionamiento diario de la sociedad.

Un proceso inevitable, necesario y conveniente, y a favor del cual el filósofo, político y economista inglés de origen escoces John Stuart Mill escribió con vehemencia en la etapa final de su vida, por ahí por 1869, en su ensayo La esclavitud de la mujer. Se trata de un texto breve y robusto, del cual hemos seleccionado un párrafo de su capítulo V para ilustrar cómo este pensador anticipaba lo que hoy vivimos y a lo cual no podemos sino adherir:

“Nada puede prejuzgar a favor de instituciones que colocan a la mujer, con respecto al hombre, en un estado de sumisión política y social. Pero aún voy más lejos, y afirmo que el curso de la historia y las tendencias de una sociedad en progreso, no sólo no suministran argumento alguno en favor de este sistema de desigualdad en los derechos, sino que ofrecen uno muy fuerte en contra: sostengo que si la marcha del perfeccionamiento de las instituciones humanas y la corriente de las tendencias modernas permiten deducir algo respecto al asunto, es que se impone la necesaria desaparición de este vestigio del pasado, que está en abierta lucha con el progreso del porvenir”. •••

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