Opinión

Canibalismo político

Los planteamientos de Trump –y algunos políticos chilenos– se basan en el miedo. Y eso puede ser electoralmente exitoso, pero un desastre a largo plazo.

-

Hernán Büchi, director de empresas y ex candidato presidencial, dice que se va de Chile porque no le gusta el rumbo político que ha tomado el país. Pepe Auth anuncia que dejará el PPD, partido que ayudó a fundar. El diputado Rivas se esfuerza por llegar a las alturas retóricas de Hugo Chávez, atacando al principal empresario del país desde el hemiciclo. Y Andrónico Luksic toma medidas comunicacionales excepcionales para defenderse ante la opinión pública.

Los tres casos se conectan en un lugar oscuro: el miedo. Si Büchi dice que no confía en el régimen jurídico, reconoce implícitamente que está asustado. Si Auth dice que su partido está dominado por un socio controlador, teme por la futura dirección del PPD. Si Luksic siente la necesidad de hablarle directamente a la gente, es porque reconoce que el equilibrio de poder está cambiando en Chile, causándole, si no susto, por lo menos suficiente consternación como para acudir a YouTube.

Gaspar Rivas es un caso distinto. No tiene miedo, sino que lo utiliza, basando su discurso en la indignación que siente mucha gente por los niveles de desigualdad que cruzan la sociedad chilena. ¿Pero cómo se relacionan el temor y la indignación?

Hoy el que mejor entiende dicha relación, y el que mejor la ha utilizado, es Donald Trump. Su éxito en las primarias del Partido Republicano se ha planteado como una sorpresa o un misterio. ¿Cómo pudo pasar que un personaje sin experiencia política, que es menos conservador que el público cuyo apoyo quiso ganarse, y cuyo discurso político logró ofender a buena parte de la ciudadanía, haya logrado dominar el reciente proceso eleccionario?

El magnate norteamericano entiende lo que algunos políticos chilenos saben: que a pesar de que los ciudadanos hoy viven mejor que en el pasado (entendiendo vivir bien como vivir más largo y más sano, tener más acceso a productos, servicios, educación, etc.), están más pesimistas y más temerosos. Estudios de la Universidad de Texas sugieren que el constante acceso a la información, junto a la obsesión de los medios por informar tragedias, producen mayor negatividad y pesimismo, e incluso llevan a la gente a votar más por partidos de derecha.

En este sentido, el mal humor del electorado no se debe solamente a las condiciones económicas. Un punto de partida podría ser el ataque del 11 de septiembre de 2001, lo que trajo una seguidilla de malas noticias en el marco de la lucha contra el terrorismo islámico, un escenario del cual aún no salimos.

A nivel local, la forma que se informa de la delincuencia –con hechos locales transformados en noticias nacionales– cumple un rol similar: ¿debiera ser un portonazo en Las Condes o un asalto de una joyería en La Dehesa un titular de una edición principal para todo el país?

Junto con la inseguridad física que implica la amenaza del terrorismo y la delincuencia, la globalización, con sus intermitentes crisis, ha creado inseguridad económica. La velocidad con que el dinero se transfiere en el mundo, el estancamiento de sueldos, el fin de la burbuja inmobiliaria en muchos lugares, combinado con el debilitamiento de las redes de apoyo que tradicionalmente brindaba el Estado de bienestar, han creado temor.

Un 75% de los que votaron por Trump dice que para ellos, la vida ha empeorado en los últimos años. Sabemos que los que apoyan al candidato republicano ganan más que el sueldo promedio en EE.UU., sin embargo, la mitad de sus votantes dice que la economía está en mal estado, y un numero similar señala que su situación personal no es satisfactoria. Casi un tercio de los norteamericanos no tiene suficientes ahorros para garantizar una jubilación digna. Todas estas personas viven con miedo, y tienen que culpar a alguien.

La mitad de los votantes de Trump le echa la culpa al gobierno por el estado de las cosas (comparado con un 6% entre los que apoyan a Hillary Clinton). Dos tercios creen que el libre comercio es algo negativo, que sólo beneficia a los ricos.

Finalmente, existe un miedo proveniente del cambio social. Para muchos de los que apoyan al empresario y ex figura televisiva, la elección de un presidente afroamericano en 2008 fue una señal de que el país se transformaba en algo irreconocible. La legalización de la marihuana, el matrimonio igualitario, la inmigración y otros cambios sociales inspiraban rechazo y preocupación entre muchos, particularmente hombres, blancos y personas mayores de edad –precisamente aquéllos que forman la base de apoyo para Trump.

Los políticos como él pueden haber encontrado la píldora mágica para lograr el apoyo incondicional de un cierto sector, pero a la vez han destruido el sistema de partidos. Ahí radica el peligro. En algún momento, los Trump del mundo (en el Congreso chileno hay varios) decidieron que la solución para la falta de representación política se encontraba en representar una sola demanda: la ira. Sus propuestas, si es que existen, no son políticas públicas sino que reacciones simplistas a frustraciones particulares, que muchas veces ni siquiera hacen sentido.

¿No les gusta la inmigración? Construyamos un muro de 3.200 kilómetros. ¿No les agrada que salgan tantos refugiados escapándose de los bombardeos sirios? La solución es bombardear más. ¿Temen que la familia como unidad social esté en peligro? Prohibamos el matrimonio igualitario y la adopción para parejas homosexuales. ¿Están indignados por el desborde del río Mapocho? Culpen a un millonario.

Tal como Rivas probablemente ganó la batalla comunicacional, Trump ganó la batalla de las primarias. Pero en el proceso han ido socavando instituciones o prácticas esenciales para el juego democrático. Ése es el problema. Al limitarse a representar la frustración y el miedo, el populismo es como el canibalismo: alimenta en el corto plazo, pero se va consumiendo a sí mismo, hasta que al final, no queda nadie. •••

Comparte este artículo:
  • Cargando