Opinión

¿Terminó la obra gruesa?

El gobierno levanta una casa en que nada cuadra y por lo tanto habrá que reconstruirla o, de lo contrario, se derrumbará.

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Economista

El gobierno ha declarado que la obra gruesa de su mandato ya se terminó y que ahora vienen las terminaciones. Es posible que la obra gruesa ya se haya terminado, pero eso no significa que esté bien construida, o que ésta sea positiva para el país. En mi opinión, los cimientos son inadecuados y la obra colapsará o, alternativamente, lo hará el país entero.

Los pilares de esta obra gruesa son básicamente ocho (el número del poder, el dinero y la política): (1) la reforma tributaria, (2) el cambio del binominal, (3) la unión civil, (4) la eliminación del copago en educación básica y media, (5) la gratuidad de educación superior, (6) el aborto bajo algunas causales, (7) la ley laboral, (8) inicio de un proceso constituyente.

Dejando afuera el tema de la unión civil, lo que tienen en común estos pilares son básicamente dos cosas: primero, su carácter ideologizado y segundo, su mala factura técnica. Desde el punto de vista del poder en la sociedad no cabe duda que la Nueva Mayoría ha sido exitosa. Le ha quitado una gran cantidad de poder a la sociedad, civil y se lo ha traspasado a la burocracia del Estado, que en los últimos dos años ha crecido en unos 150.000 funcionarios bajo estrictas normas de cuoteo político. Muchos son esencialmente operadores políticos. Nos movemos sistemáticamente al modelo argentino o incluso en algunos aspectos al chavismo, cuyos resultados han sido nefastos.

Siguiendo el estilo de Bachelet, estas reformas serán todas nuevos transantiagazos para el país. Son el resultado de eslóganes de buenas intenciones pero con la peor implementación imaginable. Todos queremos mejor transporte público, qué duda cabe, pero nadie quiere el Transantiago, que ofrece un servicio mediocre y a un costo inédito para el fisco que lo desangra año a año. En la práctica, hoy el Transantiago se paga con deuda pública, el peor de los escenarios. Dicho de otro modo, con las micros amarillas el Estado se endeudaría en U$1.000 millones menos cada año.

Lo mismo pasa con las otras reformas de los cimientos. En el tema tributario es tal la mediocridad de la normativa que debió ser rehecha dos veces, y aún es un mamarracho que nadie entiende bien. Terminamos con dos sistemas tributarios paralelos, algo inédito y al menos confuso. La razón fue la clara ideologización del tema, la improvisación e incompetencia de Arenas, y la mediocridad del Congreso en su tramitación, que se apoyó simplemente en la retroexcavadora más que en la razón.

El gobierno le ha quitado una gran cantidad de poder a la sociedad civil y se lo ha traspasado a la burocracia del Estado, que en los últimos dos años ha crecido en unos 150.000 funcionarios bajo estrictas normas de cuoteo.

El cambio del sistema electoral a uno proporcional cometió varios errores. El primero es que en la práctica no es tan proporcional, sino más bien un binominal “enchulado” hecho a la imagen y semejanza de la Nueva Mayoría. Segundo, el Congreso se defendió a sí mismo, es decir a los incumbentes, los que negociaron sus propios cupos aumentando el tamaño del Parlamento, algo absolutamente innecesario. Peor aún, reformaron el Poder Legislativo sin tomar en cuenta el sistema presidencial en su conjunto. De esta manera, más los nuevos cupos, y el sesgo en el distritaje, en los hechos para cualquier presidente la relación con el Congreso será caótica. Con unos 20 partidos políticos, la atomización será un juego de arbitraje de minorías que distorsionarán todas las leyes y políticas públicas.

En educación, las improvisaciones han sido de no creer. Pero la ideología y el poder han guiado dichas improvisaciones. En suma, hay un ataque claro y destemplado a la educación privada y, por ende, a la diversidad. El sueño político es un sistema único y estandarizado de educación pública gratuito. El primer golpe fue asestado a los colegios subvencionados de copago. El segundo, a las universidades privadas vía una gratuidad improvisada hecha por glosa y no por ley, con un proyecto de intervención paulatina de los estamentos universitarios. Incluso se propone volver al cogobierno, una idea añeja de los años 60 que no ocurre en ninguna universidad seria del mundo. El tercero será la recentralización de los liceos municipales. Todo esto acompañado de una nueva burocracia estatal enorme, que consumirá cuantiosos recursos que nunca llegarán a la sala de clases. De paso se hizo un ajuste de remuneraciones a los profesores, por cierto legítimo, pero sin que ello fuese acompañado por alguna garantía de mejoras de la calidad docente. En suma, si los recursos no alcanzan para la gratuidad ofrecida que se seguirá impulsando, jamás habrá recursos para la calidad. Vamos entonces decididamente a un sistema de educación estatizante, sin diversidad, posiblemente adoctrinante, altamente burocrático, y sin duda mediocre. Será muy difícil derrumbar varias universidades privadas que son de gran excelencia. Por ello, el resultado final será de aún mayor segregación, que es justamente lo que se quería evitar. Es decir, volvemos al síndrome transantiago en que terminamos incluso peor de lo que partimos.
La ley sindical es otro de los pilares del poder ideologizado. Simplemente no es una ley laboral, entre otras cosas porque generará más desempleo. Es una ley para el PC y la CUT, porque les otorga más poder. Todas las voces de expertos han alertado al gobierno de esta norma inadecuada. El gobierno no escucha por una ceguera ideológica increíble. Igual se le advirtió sobre la reforma tributaria y la educacional, y simplemente no escuchó. Se legisla para una realidad sindical del siglo pasado y no para los desafíos del siglo XXI. No es una ley que busque mejorar la productividad, que es lo que finalmente aúna los objetivos de empresarios y trabajadores. Es una ley de capacidad de confrontación y poder, un juego donde al final pierden todos. El pronóstico es otro Transantiago.

Finalmente el proceso constitucional no ha sido limpio, es decir, no tiene la pureza de intención necesaria para una tarea de esa envergadura. Partió por un consejo designado de observadores que no son representativos de nada, y poco a poco el gobierno ha ido tomando el control, siempre bajo el prisma de una ideología muy añeja y el trasfondo del poder. No es un tema que se logre concretar en este gobierno, pero por su mala factura técnica y alto grado de improvisación introduce enorme incertidumbre al futuro de la sociedad.

Si a todo lo anterior le sumamos el claro aumento de la delincuencia, la paralización de las concesiones y la crisis creciente de la infraestructura, los conflictos de La Araucanía, la aguda crisis política de credibilidad, la intervención política del Servicio de Impuestos Internos por parte del gobierno, el descontento estudiantil, el deterioro elocuente de la salud pública y el declive del cobre, tenemos el escenario de la tormenta perfecta. La enorme caída de la economía (inversión, productividad, empleo, consumo) es el resultado de todos estos transantiagazos que he señalado. Por cierto se agudiza con la situación externa, principalmente por el precio del metal rojo, pero el origen es sin duda alguna interno. No por nada se reemplazó al titular de Hacienda y del Interior en el proceso.

En suma, la obra gruesa terminó según el gobierno, pero está francamente muy mal hecha para las condiciones de vida del país. Los resultados serán como el Transantiago: peor de lo que se partió, pero en un país ahora empobrecido con pocas herramientas para salir de esa situación. Cuando quieran hacer las terminaciones se irán dando cuenta de que no pueden poner las puertas porque las paredes no cuadran, o que no pueden poner el techo porque los cimientos caerán.

La política es la encargada de dar gobernabilidad al país, por eso es fundamental y necesaria. Pero así como está, totalmente desprestigiada, el panorama es sombrío. Es el tiempo de nuevos líderes, menos ideologizados, más generosos, más transparentes y que miren directo al futuro, no por el retrovisor. •••

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