Opinión

La derecha trágica

El último relato de este sector fue escrito por Jaime Guzmán bajo las circunstancias extremas de la Guerra Fría. Pero hoy está obsoleto.

-

Son muchos en la derecha los que abrazaron ciertas convicciones en su juventud, se conmovieron con ellas, incluso sacrificaron oportunidades –en el extremo, sus vidas– a cambio de seguir una vocación. Se diferenciaban, así, de lo que ha venido a llamarse el operador político, ése que inundó al sector desde fines de los 90, personaje incapaz de asumir un compromiso existencial con una visión del mundo.

Varios de aquellos políticos vocacionales parecen, empero, hallarse hoy como a la deriva: cansados, desmotivados vitalmente, cuando no involucrados en alguno de los casos de vínculos ilegales con el dinero, vale decir, cayendo al nivel del operador.

Los más activos participan en disputas puntuales. Ciertamente, el Gobierno actual, con su torpe fanatismo, amenazando echar por tierra instituciones egregias del país (piénsese en la reforma a la educación superior), les ha renovado los ímpetus a muchos, incluso a algunos más reflexivos. Pero queda siempre la duda de si no se trata más que de estertores y en sus miradas no deja de haber un asomo de honda melancolía.

Esa desazón general podría admitir, creo, junto con explicaciones circunstanciales, una elucidación más fundamental.

Ocurre que la convicción política descansa, en último trámite, en la persuasión íntima de que se cuenta con herramientas de comprensión aptas para entender adecuadamente la situación y ofrecerle caminos de sentido. Se tiene una visión de la existencia, que incluye una idea de plenitud nacional y humana, y esa visión aparece suficientemente justificada, mejor que otras concurrentes. La justificación suficiente de la visión de mundo permite entrar en foros libres y discutir, no pocas veces con éxito, y convencer. Así se captan voluntades, se configuran mayorías, y se llega a estar en condiciones de hacer historia.

Aquí mismo es donde luce radicar el problema de la derecha chilena. Ella ha perdido la capacidad de desplegar esa actividad y conducir realmente al país profundo, porque su cosmovisión dominante es de otra época.

Su último relato justificatorio fue escrito por uno de sus políticos más destacados bajo las circunstancias extremas de la Guerra Fría. Ese relato logró convencer cohortes de jóvenes que rechazaban al marxismo. No es ésta la ocasión de hacer un juicio histórico de la participación de esa generación en la dictadura. Lo que me interesa aquí es reparar en que la mayor parte de los jóvenes de entonces no dejó de repetir, por más de 35 años, ese mismo discurso que aprendió en su minuto.

Hoy, cuando hace más de un cuarto de siglo del desplome del Muro en Berlín (y un cuarto del asesinato de Jaime Guzmán), cuando la sociedad, en el mundo y en Chile, ha cambiado fundamentalmente y las circunstancias son, en muchos aspectos, radicalmente distintas a las de entonces, el discurso que antaño motivara ha devenido obsoleto.

Si lo que estoy diciendo es pertinente, entonces no existe otra vía de recuperación para la derecha que renovar su comprensión de la realidad, adecuándola a la nueva situación.

Es menester, por ejemplo, reparar en la idea republicana de que la vida política –no la de mera batalla corta, sino la participación con argumentos de interés nacional en la discusión–, no es ociosidad estéril, sino una forma de plenitud específica, distinta a ganar dinero o al activismo. Es necesario, consecuentemente, recuperar los espacios de encuentro y diálogo, y abrirlos allí donde no los ha habido y la ciudadanía pulsa por tenerlos.

No existe otra vía de recuperación para la derecha que renovar su comprensión de la realidad, adecuándola a la nueva situación. Es menester, por ejemplo, reparar en la idea republicana de que la vida política no es ociosidad estéril, sino una forma de plenitud específica, distinta a ganar dinero o al activismo.

Se requiere rehabilitar, también, el significado más hondo de la vida privada, que no es sólo campo de lucro y alienación. En privado suceden parte importante de las vivencias más intensas de nuestra existencia –estéticas, amorosas, intelectuales–; allí tiene lugar la experiencia más radical, ésa que llamamos vida interior. Esa esfera de intimidad debe ser resguardada eficazmente, sustraída de los rigores del escrutinio público.

Asimismo, se han de considerar las reformas estructurales necesarias –v. gr. descentralización política; modernización del mercado y del Estado, incluyendo la división del poder entre y dentro de ellos; impulso a la innovación, a la ciencia y la tecnología– para que el poder se reparta, tanto la esfera pública cuanto la privada florezcan, las espontaneidades sociales se desplieguen y la ciudadanía vuelva a sentirse identificada con su institucionalidad.

En tanto que la derecha empieza a dar tímidamente los primeros pasos en este sentido, no sólo reconociendo el hecho de su crisis ideológica, sino dando curso a una actividad reflexiva que va, incipientemente, decantando en discusiones, en la consideración de su pasado intelectual y sus tradiciones más sofisticadas, en la elaboración y revisión de documentos, en que va, en definitiva, poco a poco decantando hacia una reconstitución de su dañado tejido discursivo, cabe abrigar la esperanza de que la crisis tenga salida. •••

Comparte este artículo:
  • Cargando

Síguenos en Facebook

x