Opinión

Ni verdad, ni mentira

Hay que sospechar tanto de los políticos que niegan lo evidente como de los que se llenan la boca con sus supuestas certezas.

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Sólo los mentirosos conocemos la verdad en su plenitud. Sabemos que la verdad y su anverso, la mentira, tienen demasiados puntos en común. Ambos son relatos realistas de hechos acontecidos. Y en ocasiones la verdad puede causar un daño que una mentira podría evitar. Tanto la verdad como la mentira tienen grietas y son frágiles. La observación detenida de cualquier afirmación muestra que en cada supuesta verdad se cuelan rastros de mentiras, y que en cada mentira hay trazas de la verdad que se oculta.

Los que dicen que de sus bocas sólo salen palabras ciertas, los dueños de la verdad, jamás reconocerían lo que describo, ya que sostienen que existe una pureza que ellos ven como única, que no se puede confundir ni relativizar. Estas personas que sólo dicen la verdad, poco saben de los otros, no los reconocen como semejantes, y olvidan que sus vidas están regidas por sus inconscientes. No aceptan –por desidia intelectual o superstición– que al igual que los demás reprimen los deseos, instintos y recuerdos que consideran inaceptables, no obstante, éstos guían sus pasos de forma subterránea. No es la razón la que dirige nuestras vidas; eso es una creencia ilusa y antigua que desconoce las variables ocultas que determinan el devenir. La razón, además, es indiferente ante los dilemas profundos. Funciona en la superficie de nuestro pensamiento, como la lógica y la ética de manual, pero está lejos de movernos y explicar nuestras conductas contradictorias y las pulsiones que nos apasionan. En síntesis, quiero decir que no les creo a los que andan con la verdad impecable en la boca. Me parecen intolerables y dañinos, y demasiado cínicos y retóricos.

Es importante advertir la diferencia entre verdad y mentira en la esfera privada, y las mismas cuando se comenten en público o afectando a muchos. En el radio del ámbito íntimo estos conceptos tienen un valor relativo o taxativo según un acuerdo establecido y practicado en el diario vivir. En lo que respecta al espacio público, lo que significa la verdad y la mentira está definido por la justicia, pero antes por la opinión que se forman los ciudadanos. Es posible que seamos menos tolerantes con las mentiras cuando son públicas que cuando están reducidas a las dimensiones de unos pocos.

El repaso de cualquier libro de historia vendría a confirmar el doble vínculo moral que manejamos con nuestros principios, según el contexto en que nos ubiquemos. Hay mentiras privadas y dolorosas que cuando se descubren y se hacen públicas son aplaudidas como triunfos morales, como los descalabros amorosos de algunas celebridades. Al revés, las mentiras tremendas y las piadosas cuando las comete un funcionario del Estado son trasgresiones graves, amplificadas hasta la saciedad.

Hoy, cuando sabemos que muchos políticos han caído en mentira desenfrenada por consejo de sus abogados, por miedo o estulticia, es preciso someter a escrutinio riguroso tanto a los que engañan y traicionan la fe depositada en ellos, como a los que dicen poseer la verdad y condenan, puesto que es posible que en sus denuncias estén cifradas otras mentiras que reprimen pese a sus intenciones. El dueño de la verdad suele ser un mitómano hábil. Por lo mismo, no es extraño que la UDI sea el partido más afectado por las mentiras, si pensamos en que se acreditó por décadas una parcela enorme de certezas que, en el fondo, ocultaban una cantidad no menor de farsas.

Quizá sería pertinente subrayar que las mentiras y las verdades reiteradas aburren, y que producen desconfianza quienes las profieren con placer. La irritación que genera el que miente con descaro se transforma en una comedia de mal gusto cuando se repite. Y la voz del amo de las convicciones y evidencias, al poco andar, es equivalente a la de un predicador delirante.

Nada más ajeno a mis intenciones que llegar a una conclusión en este tema. Me atengo a lo que leo y escucho. Michel de Montaigne, en sus Ensayos, indica: “Al realizarse nuestro entendimiento únicamente por medio de la palabra, aquél que la falsea traiciona la relación pública. Es el único instrumento mediante el cual se comunican nuestras voluntades y nuestros pensamientos, es el portavoz de nuestra alma: si llega a faltarnos dejamos de sostenernos, dejamos de conocernos entre nosotros. Si nos engaña, rompe todo nuestro trato disolviendo los lazos de nuestra sociedad”. •••

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