Opinión

Candidata Ex

Países muchos más tradicionalistas (Pakistán, India, Israel, Reino Unido, Chile) lo han hecho, pero los Estados Unidos todavía no. La elección de una mujer a la Casa Blanca será, si es que ocurre, un hito.

-

Aún pueden pasar muchas cosas. Puede haber un ataque terrorista en territorio estadounidense, una crisis financiera, o descubrir algún detalle en sus correos electrónicos que la podrían hundir.  Pero mirado desde hoy, ceteris paribus, Hillary Clinton se convertirá en la primera presidenta de los Estados Unidos. Será un momento revolucionario en la historia de la superpotencia. Una presidenta Clinton, sin embargo, será cualquier cosa menos revolucionaria.

No hay nadie en la historia de la república norteamericana con un currículum como el de ella, y pocos presidentes han llegado al poder con más experiencia en lo doméstico y lo internacional. Examinando la carrera de la ex primera dama, ex secretaria de Estado, ex senadora, ex candidata (podría seguir pero el punto está claro), da la impresión que Clinton quiere ser presidente porque, después de más de 50 años en la política, es el único desafío que le va quedando.

Claramente ésa no es razón suficiente para querer llegar al poder. Entonces, ¿por qué querrá llegar a la Casa Blanca? ¿En qué cree? Más que nada, en el pragmatismo y el incrementalismo. Cuando Bernie Sanders la acusa de ser moderada, tiene toda la razón. Sanders lo lanza como un insulto, pero Clinton lo considera un mérito.

No fue siempre así. Desde la década de los 70, las causas de Hillary eran causas progresistas, a veces radicales: la oposición a la guerra en Vietnam, el feminismo, el derecho al aborto, entre otros. Después de la elección de su marido hace más de 20 años , no quiso ser una primera dama tradicional. Era una profesional, con carrera y ambiciones propias, y no iba a ser el tipo de pareja presidencial que se dedicaba a fijar los menús para las cenas de Estado. Durante la campaña, Bill Clinton dijo que su elección significaría que el país conseguiría un “dos por uno” –él y su señora. Llamó la atención. Si House of Cards hubiera existido en 1992, la hubieran acusado de ser una Claire Underwood.

Pocos días después de su inauguración como presidente, su esposo le pidió a Hillary que se hiciera cargo de un Grupo de Trabajo para hacer propuestas y reformar el sistema de salud que era (y sigue siendo) el más caro del mundo, mientras que no lograba cubrir las necesidades de muchos ciudadanos. Desde el comienzo, la oposición rechazó la idea de un seguro público de salud, pero también de tener que tratar con la primera dama. Un 44% de los encuestados decía que había personas más preparadas para liderar el proceso. La constitucionalidad de la creación del Grupo de Trabajo fue cuestionada en tribunales, pero muchos decían que era el estilo personal de Hillary lo que dificultó el proceso, que finalmente fracasó. Clinton volvió a asumir un rol más de primera dama, abogando por temas tradicionales como los derechos de los niños. Fue solamente con su estoica reacción al escándalo de Mónica Lewinsky que ella logró el apoyo de una gran mayoría de sus conciudadanos.

La lección de esos años fue de un profundo realismo y pragmatismo. El energético idealismo del primer año en la Casa Blanca no hizo más que postergar su proyecto. Aprendió a tener paciencia y, más aún, a jugar el juego del poder para lograr, lentamente, sus objetivos. Aprendió que en la política, la ruta entre A y B no es siempre una línea recta.

Es así como, ya en el Senado representando al estado de Nueva York, apoyó las guerras en Irak y Afganistán, pero más tarde se opuso a los esfuerzos del presidente Bush para extender y ampliar el conflicto. Mientras que en el año 2000 declaró que consideraba que el matrimonio debiera ser entre un hombre y una mujer, en 2013 (una vez que el tema ya no fuera tan controversial) anunció que apoyaba el matrimonio igualitario. Siempre la ruta pragmática, del medio. Al mismo tiempo, se dedicó a fortalecer lazos dentro de su partido y entre republicanos. Profundizó su conocimiento del proceso legislativo. Tal como lo sería después en el Departamento de Estado, el foco de Clinton fue la política pública, los detalles, el trabajo en serio. Estadísticas más que eslóganes.

Su fuerte, sin embargo, podría terminar por ser su ruina, porque la diferencia de estilos entre Clinton y Trump no podría ser más marcada. Trump ya ha demostrado que no tiene límites en atacar a sus adversarios y que está dispuesto a mentir, inventar, exagerar e intimidar sin pudor. En los debates con los otros candidatos republicanos, el magnate los insulta o los ignora.

Clinton va a querer debatir, pero debatir de verdad. Va a defender su gestión como secretaria de Estado, abogar por mantener Obamacare, explicar lo complicado que sería terminar la guerra civil en Irak. Nada de eso le importa a Donald Trump ni a los que lo apoyan. Ellos buscan derrumbar la elite política tradicional. Quieren respuestas fáciles que los hagan sentir fuertes e importantes. ¿Siria? Bombardeemos. ¿México? Construyamos un muro. ¿La economía? Abandonemos los mercados internacionales. ¿Delincuencia? Encarcelemos a medio mundo. ¿Terrorismo? Expandamos Guantánamo. Por mucho currículo que tenga, le va a costar a Hillary responder a los eslóganes. Porque para enfrentarse a la violencia verbal y discurso irracional del empresario y de sus seguidores, no hay nada en el pasado de esta candidata tan experimentada que la pudo haber preparado para ello. Suena paradójico, pero ésa –ser una política profesional– es su principal debilidad. •••

Comparte este artículo:
  • Cargando

Síguenos en Facebook

x