Opinión

Rumbo de colisión

Al ritmo de la retroexcavadora del gobierno, el país vive una de las más graves crisis de liderazgo de su historia.

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Economista

Estamos en un proceso de cambio estructural basado en la idea de un “otro modelo” que no es un modelo propiamente tal, sino un decálogo de intenciones, quizás muy loables, pero técnicamente inviables y de un costo históricamente enorme para el país. Como siempre, la izquierda basa sus postulados no en el ser humano como es, sino en el que normativamente nos gustaría que fuese: el tan mentado hombre nuevo. La pregunta obvia es quién y cómo se engendra dicho ser humano. Las religiones han tratado lo mismo por milenios con pocos resultados. Difícilmente el “hombre viejo” y lleno de mal, podría educar a este hombre nuevotan virtuoso. Por eso, las ideologías de izquierda más fundamentalistas son en realidad nuevas formas de religiones, basadas en dogmas esenciales e intransables. De ahí viene el avanzar sin transar, que es un principio claramente religioso. La democracia es por excelencia el modelo del acuerdo, del ceder y desde ahí progresar. La culpa de los fracasos de esas ideologías llenas de buenas intenciones, siempre es por culpa de otros, del “mal” encarnado normalmente en el capitalismo. Jamás hacen una autocrítica efectiva, sólo superficial.

El capitalismo no es propiamente un modelo. Es básicamente la expresión natural de la propia naturaleza humana con sus luces y sus sombras. Para ejemplificar, la demanda tiene pendiente negativa no porque alguien la diseñara así, sino por el principio de la utilidad marginal decreciente. El quinto pedazo de pan o la quinta Coca-Cola ya no dan el mismo bienestar que el primero. Si la curva es distinta para cada ser humano, difícilmente podría definirse por decreto; es decir, definir cuánto pan es el adecuado para cada persona. Todas las personas son diferentes, y el ideal es que lo defina cada cual, no un burócrata ideologizado. La oferta tiene pendiente positiva independiente de si el productor es privado o estatal.

El Estado y las regulaciones son los que se encargan evolutivamente de tratar de mitigar las sombras, según van apareciendo, pero no las eliminan nunca. No hay sistemas sociales perfectos, porque el ser humano no lo es. Las regulaciones simplemente dificultan el fraude y en promedio lo disminuyen. Es el principio básico de los incentivos positivos y negativos. Nos guste o no, el ser humano tiene una parte animal. Nos guste o no, y aunque las han tratado de erradicar, el ser humano tiene preguntas existenciales, morales y espirituales. La izquierda, al confundir la idea de equidad con la igualdad, demuestra tener una base conceptual muy pobre de la sociedad, negando la esencia humana que busca siempre la diversidad y la identidad. Así fracasan los países.

Este “otro modelo” es, en esencia, el mismo que se intentó en los países comunistas liderados por la URRSS, Cuba, el chavismo en Venezuela, el peronismo en Argentina, la Revolución China, quizás hoy en Ecuador, el populismo de Brasil acompañado de grandes corrupciones. Todos esos países se caracterizan por que sus gobernantes se tratan siempre de eternizar en el poder, ajustando las constituciones para que ello pueda ocurrir. Cuba incluso instauró una dictadura hereditaria, algo parecido a una monarquía, que igualmente colapsó y hoy le debe pedir ayuda a su peor adversario de la historia. Todas esas experiencias fracasaron estrepitosamente y terminaron con sus poblaciones más pobres y más desiguales que cuando partieron. La inequidad se produjo en estos modelos con la casta dorada estatal, llena de privilegios y de oscuridad.

Hay otros modelos socialdemócratas de inspiración socialista, pero no marxista, que han tenido grados razonables de éxito, principalmente en Europa, en países como Noruega, Finlandia, Suecia, Holanda. Una cosa es el principio esencial de la colaboración propia del socialismo avanzado, cada vez más necesaria en el mundo global del siglo XXI, y otra muy distinta es la lucha de clases, exacerbar el conflicto y usar todos los medios para un fin. Cuando un modelo se instaura por la fuerza, es muy difícil erradicarlo de la forma de gobernar. Esto pasa así, independiente de si la fuerza la puso la derecha o la izquierda.

La base de este “otro modelo” es la idea de una sociedad de derechos sociales garantizados por el Estado. Una nueva nomenclatura para una vieja idea socialista, basada en el principio de que todos los problemas sociales son por culpa de los empresarios o los ricos. El capital es el mal que debe ser combatido y erradicado de la sociedad por el Estado (que cofunden con el gobierno), que es el bien. Todo aquello que huela a mercado, estaría preñado de ese mal. El Estado, en cambio, es para ellos una entidad virtuosa. Lo que olvidan es que el aparato burocrático y el gobierno se llevan a cabo con los mismos seres humanos que las empresas, con las mismas sombras estén donde estén, pero con sistemas de incentivos muy mal diseñados. Los grandes sistemas estatales terminan siempre en grandes corrupciones. Este “otro modelo” cree que la educación pública es de por sí mejor que la privada. La verdad histórica muestra, en general, absolutamente lo contrario. Lo mismo con la salud o las viviendas sociales. Para qué hablamos del transporte. Para lograr sus objetivos, van paulatinamente subiendo los tributos y las regulaciones, hasta finalmente ahogar al emprendimiento.

Tal es el grado de distorsión ideológica de este “otro modelo”, que se ha llegado a establecer un bono en efectivo como un derecho social permanente. Una decisión que no resiste ningún análisis de mediana seriedad y que una vez instalado es muy difícil de eliminar. El objetivo final es educación y salud gratuitas, y pensiones estatales por sistemas de reparto. Eso ya fracasó cuando la población crecía aceleradamente y había muchos jóvenes. En el caso chileno, es creer en la estafa piramidal del interés mensual del 10%, pero a través del Estado con las pensiones. A la vez, proponen más impuestos junto a un máximo poder sindical indistinto de la productividad. Se va acabando la inversión y el empleo privados. Esto por cierto va acompañado de un fuerte discurso antiempresarial (los poderosos de siempre), la promoción del financiamiento estatal a la política y un crecimiento desmedido del aparato gubernamental (150.000 nuevos operadores en los últimos dos años). De esa manera siempre termina colapsando el presupuesto, el déficit fiscal genera deuda pública, y se hipoteca el futuro del país.

Todo ello está ocurriendo en Chile en este momento. Se avanza en gratuidad, pero no alcanzan los recursos para lo prometido. La conclusión es obvia: si no alcanza para la gratuidad, ¿habrá alguna vez recursos para la calidad? El transporte público chupa un subsidio desmedido por mal diseño estatal. La salud pública hace agua por los cuatro costados. La delincuencia está desatada. El terrorismo en La Araucanía es vista como simple delincuencia. Se crean nuevos organismos de burocracia estatal de manera alarmante.

Se están plantando rabia y odio en la sociedad y ello tiene el peor pronóstico posible. La política se desprestigia (quizás a propósito), abriendo así paso a movimientos aún más radicales. El país va en un claro rumbo de colisión y no se vislumbra nada que pueda detenerlo. El poder del gobierno en el régimen presidencialista es demasiado desbalanceado y si quiere avanzar sin transar, con un Parlamento favorable lo hará a cualquier costo.

En mi opinión, la democracia es mucho más que las elecciones. De hecho, yo diría que es lo que ocurre entre las elecciones, y se mide por el uso racional del aparato público y la búsqueda de cohesión social, el respeto de los oponentes y de las minorías.

Nuestro país vive una de las más graves crisis transversales de liderazgo de su historia y de malos líderes sólo emergen peores soluciones. El camino del centro es el más difícil, pero es el que lleva finalmente a avanzar a la sociedad. El ex presidente Aylwin tenía razón: la política es en la medida de lo posible, no de las utopías. Es lo que diferencia la política de la religión. Ojalá el gobierno y la oposición despertaran al fin. •••

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