Opinión

La épica de Lagos

Mientras la derecha no articule un discurso más sofisticado y la izquierda radical no logre bloquear su candidatura, las posibilidades del ex presidente son altas.

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Instituto de Humanidades, UDP

La egregia conciencia histórica de Ricardo Lagos le lleva a reconocer que la época presente viene ofreciendo una oportunidad inigualable para su retorno. La situación actual es similar a la que se incoó desde el Centenario de la República, cuando el proletariado obrero, acompañado de lo que Alberto Edwards llamó el “proletariado intelectual”, irrumpió en la vida nacional desestabilizando un sistema político alicaído.

Ahora no es el proletariado, es la clase media la que irrumpe, poniendo demandas para las que nuestra política y economía no están aún preparadas, lo que redunda en su pérdida de legitimidad.

Los reclamos de hace un siglo eran más urgentes, más cercanos al hambre y la violencia que los de hoy. Pero, tal como entonces, se requiere avanzar hacia reformas importantes, que permitan ajustar al sistema político y económico a las pulsiones y anhelos populares.

Desde los años veinte y hasta entrados los treinta, el país se sumió en un período de crisis profunda, con golpes de Estado, matanzas, estancamiento y caos. Es recién con el regreso al gobierno de Arturo Alessandri, que se produce la estabilización de la situación. Lagos sabe bien de todo esto y lo ha dicho. Ha bromeado, señalando que no quiere ser como el León, que gobernó primero con la izquierda y después con la derecha. Más allá de su sofisticado humor, debe repararse en esto: no sólo grupos académicos (intelectuales de clase media, análogos al proletariado intelectual de ayer), sino los políticos más lúcidos vienen notando que, o se realizan ajustes al sistema político y económico, o el país amenaza –cual en entreguerras– con sumirse en una crisis política y económica.

En este escenario, Lagos vendría a ser como un Alessandri adelantado: uno que no quiere (porque además no puede) esperar a que decante todo el proceso de desorden, y se apronta a proyectar al país hacia un adelante más articulado y promisorio que el actual.
Por eso, creo que no se está ponderando bien la fortaleza de su candidatura ni desde la izquierda –ensimismada, muchas veces, en esquizoide efervescencia–, ni desde esa derecha que piensa que se trata de apretar clavijas menores para retomar el crecimiento y con dinero acallar las nuevas e inaprehensibles demandas.

Como están las cosas, Lagos es el candidato del que cabe esperar una síntesis de orden y progreso, cambio e institucionalidad, capaz de descomprimir, por caminos de sentido, las demandas profundas de la nación.

Los que menosprecian al “partido del orden” dejan de lado la competencia reformadora del anciano estadista. Los que minimizan la crisis con juegos infantiles de palabras (no se quiere, se dice, otro modelo, sino “más del modelo”, cual si el oligopolio y la oligarquía fuesen modelo alguno), soslayan la necesidad de reformar nuestro Estado y nuestro mercado, para volverlos viables y competentes.

Si todo sigue igual, bastará que Lagos se ponga en marcha para que la situación cuaje en su favor. Pues, probablemente, su programa será mucho más sensato y reflexionado que el atarantado modus operandi de Bachelet, y sus equipos exhibirán mayor competencia y responsabilidad que el ramillete de operadores y agitados entusiastas de los que se rodeó ella. Entonces, Lagos quedará a la expectativa de captar a los sectores más moderados, que le han ido resultando cada día más esquivos al Gobierno. Estará en una posición habilitada, así, para representar a una mayoría electoral sustantiva, algo imposible para las candidaturas que operen bajo el pathos dominante, aún hoy, en la alicaída Nueva Mayoría.

Si todo sigue igual, bastará que Lagos se ponga en marcha para que la situación cuaje en su favor.

Una vez que el movimiento del candidato Lagos se despliegue, y el reformismo usualmente inteligente que lo inspira vuelva patente la relevancia específica de su propuesta, el contraste entre él y la derecha le permitirá generar, en su sector, la mística que le venía faltando a la “vieja Concertación”. En ese momento, al contingente de antiguos concertacionistas (deambulando, actualmente, cual nobleza francesa en el exilio) que serán incorporados a la candidatura, se unirán, previsiblemente, grupos relevantes de profesionales calificados provenientes de generaciones jóvenes, hoy desperdigados y escépticos frente al modestísimo nivel de la dirigencia política en ejercicio.

Controlada, por su sensatez, la banda derecha; limitada, por su mística, la banda izquierda, todo luce conspirar en favor de un triunfo de Lagos. ¿Logrará la izquierda más radical bloquear la candidatura antes de que se movilice? ¿Conseguirá, la derecha, articular un discurso más sofisticado, capaz de despertar una épica ciudadana y un proyecto específicamente político y reformista, que se una a su reconocida, pero, por sí sola, insuficiente, competencia en la gestión? De la respuesta a estas preguntas, me parece, dependerá el resultado de la próxima elección.•••

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