Opinión

Sanders por la Nueva Mayoría

El candidato demócrata norteamericano comete los mismos errores del progresismo chileno: entregar soluciones simplistas a problemas complejos, sentirse moralmente superior a sus adversarios y apelar a los ya convencidos en vez de buscar apoyos más amplios.

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Doctor en Ciencia Política, Director Ejecutivo de Plural

sanders

A pesar del corto tiempo que lleva la actual campaña presidencial estadounidense, no han faltado las sorpresas. Por un lado Donald Trump, billonario, conocido por sus casinos y programas de reality, lidera las preferencias entre votantes republicanos. Si hace un año a la actual oposición le preocupaba la guerra civil entre el Tea Party y los sectores más tradicionales, hoy es el Trumpismo el que ha logrado combinar el racismo y xenofobia de los grupos extremos con la organización y (auto) financiamiento del establishment partidario.

Por el otro lado, los demócratas también se encuentran en una encrucijada. La maquinaria progresista esperaba que esta vez sí le tocara ganar a Hilary Clinton, quien en 2008 se vio desafiada por la superior creatividad y modernidad de la campaña de un hasta entonces poco conocido Barack Obama. Pero en su segundo intento le apareció en el camino Bernie Sanders, senador y autoproclamado socialista, produciendo un cuasi empate en Iowa y luego triunfando en New Hampshire.

Uno de los aspectos menos sorprendentes del éxito de Sanders ha sido observar su popularidad entre partidarios de la Nueva Mayoría chilena. Tal vez piensan que el aspirante demócrata es uno de ellos. Es la versión estadounidense de lo que ha sido Corbyn en el Reino Unido o Iglesias en España: es decir, un profeta de la indignación. Los tres ofrecen análisis simplistas de miedos compartidos y problemas complejos. Prometen soluciones fáciles en un mundo cada vez más difícil de comprender.

Al comienzo de su (largo) discurso en New Hampshire, Bernie Sanders incluyó una (larga) frase que resume lo que es la narrativa de su campaña:

“Esta noche le damos aviso a la clase dirigente económica y política de este país: el pueblo americano no continuará aceptando un sistema de financiamiento político corrupto, que socave la democracia americana, y no aceptaremos una economía manipulada para que los americanos comunes y corrientes trabajen más horas por menos sueldos, mientras casi toda la riqueza nueva le llegue al uno por ciento más rico”.

El candidato izquierdista articula un problema real, pero no se explaya respecto de soluciones ni propuestas (excepto aumentar los impuestos). Se autodenomina un socialista, pero no lo es. Es un socialdemócrata, estilo europeo. Sin embargo, para los estándares de los votantes norteamericanos, a quienes muchas veces les cuesta diferenciar entre Lenin y Lennon, es fácil caer en la confusión y pensar que lo que ofrece representa una “revolución política”.

Al igual que la Nueva Mayoría, Sanders y sus partidarios son los coludidos del progresismo, monopolizando el discurso contra la desigualdad y la pobreza, y pintando a cualquiera que no los sigue como conservadores o –peor aún– “moderados”.

Otra característica que comparte Sanders con los progresistas chilenos es la certeza moral. Para la Nueva Mayoría, haberse opuesto a la dictadura perdona cualquier otro pecado, por lo que la corrupción, el nepotismo y la ineficiencia son todos males excusables. Al final del día, “ellos” siempre son mejores que los del otro bando. Sanders, por su parte, ha dicho que él en la Casa Blanca sería un presidente “absolutamente” mejor para las relaciones raciales que el primer mandatario afroamericano, Barack Obama. Esto generó la burla del histórico líder de los derechos civiles, John Lewis, quien respondió que durante el movimiento de los años 60, “nunca lo vi, nunca lo conocí… Pero conocí a Hillary Clinton, conocí a Bill Clinton”.

Sanders se dice socialista, pero no lo es. Es un socialdemócrata, estilo europeo. Sin embargo, para los estándares de los votantes norteamericanos, a quienes les cuesta diferenciar entre Lenin y Lennon, su propuesta se disfraza de “revolución política”.

En política exterior ocurre algo parecido. Sanders no ofrece ideas o estrategias, sino que eslóganes, como los que se gritaban en las protestas de los años 60. Para Siria, propone un “ejército musulmán”, insinuando que Arabia Saudita e Irán debieran aliarse para combatir la amenaza que representa ISIS. El hecho de que el senador no entienda que esos dos países son adversarios, compitiendo por influencia regional, demuestra que su discurso en materia internacional está diseñada mucho más para calmar a los nerviosos y agotados votantes norteamericanos que para buscar soluciones realistas a problemas complejos.

Puede ser que a los progresistas les dé mucha satisfacción ser parte de un selecto grupo, pero como estrategia política es un camino equivocado. Como ha aprendido la Nueva Mayoría, Sanders se dará cuenta de los límites de la exclusividad y lo difícil que es construir, a partir de un discurso sectario, una amplia base política sobre la cual se pueda llevar a cabo su “revolución”.

En este sentido, las fuerzas del progresismo, tanto en Chile como en los EE.UU., están repitiendo los mismos errores de sus contrincantes de derecha, donde pequeños grupos intentan desterrar a aquellos sospechados de ser ideológicamente falsos. El genio de los Clinton en los años 90 fue precisamente lo contrario: armar una amplia base de trabajadores, inmigrantes, afroamericanos y empresas. Lo hicieron moderando el discurso, no hablando de retroexcavadoras.

Mirando hacia adelante, esa amplia base jugará a favor de la ex secretaria de Estado. Las encuestas muestran que a Sanders no le va bien con votantes de color; Clinton le lleva una ventaja de unos 40 puntos en esos sectores. Iowa y New Hampshire son estados mayoritariamente blancos, pero en los próximos días vienen primarias en Nevada y Carolina del Sur, donde los votantes demócratas son mucho más diversos.

Observándola desde Chile, la larga y carísima temporada de primarias estadounidense puede parecer un despilfarro. Pero en un país tan geográfica y demográficamente diverso como los Estados Unidos, los candidatos tienen que demostrar manejo de los grandes temas, habilidades organizacionales, capacidad de recaudar fondos, y más que todo, la seguridad de ser opción viable –y no meramente testimonial– en las elecciones nacionales. Eso implica lograr el apoyo de una porción importante del electorado, no sólo a los de su “rebaño”. Por el momento, más que apelar a esa población diversa, Sanders parece un candidato ideal para un grupo ideológicamente convencido, que ha identificado los problemas y tiene certeza de las soluciones. O sea, la Nueva Mayoría. •••

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  • Carlos Medina

    MUY ACERTADO el artículo de ROBERT FUNK, pero me lo sospecho demasiado joven para saber que detras de todos los socialismos marxistas siempre estuvo el Gran poder ruso para usarnos con fines hegemónicos y con nada de socialismo. Lo recuerdo muy bien desde Teatinos 460 donde teníamos la redacción de El Siglo, Vistazo y otras revistas. Se nos inculcaba que debíamos luchar por el socialismo, “como etapa anterior al comunismo”, agrego: donde no tendríamos ya más que trabajar. ¿Quiénes iban a trabajar por nosotros? Se suponía que las máquinas, como en mi teoría El comunismo en la constelación de Alfa Centauro, una novela política que nunca he tenido tiempo de terminar. Volviendo al socialismo. Gente como Sanders se tapa los oídos cuando se le recuerda que también fueron socialismo el alemán nazi, el socialismo fascista italiano, el socialismo del Chiang Kai Chek chino, el tiránico rojo-fascista de los Castro y hasta aquel del loco de Corea del Norte. ¿A qué socialismo se refiere Sanders? ¿Al socialismo de Suecia, donde el Estado “vela por los ciudadanos de la cuna a la tumba”? Y de paso se mete hasta en qué va a comer la gente, en que gethos va a vivir, en que Dios va a creer, (que no podrá ser otro que el de Lutero). Por el camino de acusar a los capitalistas de todos los males, Sander imitaría a sus amigos los sandinistas-neocapitalistas, que persiguiendo a los dueños de empresas se quedaron con todas ellas. Sander admira al depravado tirano Daniel Ortega y no sería raro que imite el sistema chavista en los Estados Unidos, si parte del pueblo americano fuera tan estúpido de creer que destruyendo a quienes creamos empresas y puestos de trabajo, los burócratas van a poder hacerlo mejor. La chachara socialista no tiene desperdicio como fuente de carcajadas.

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