Opinión

¿Qué pasó con el giro a la izquierda?

Los sectores populistas parecen en retirada, aunque la derecha no debería apurar lecturas alegres demasiado simplistas.

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Doctor en Ciencia Política, Director Ejecutivo de Plural

Cuando Francis Fukuyama proclamó el Fin de la Historia, la intención no fue señalar que la historia como tal, no continuaría, sino que el conflicto entre dos posiciones antagónicas, muy propia de la Guerra Fría, había cambiado. La democracia liberal, junto con alguna versión del capitalismo, serían, en palabras de Fukuyama, “la forma final del gobierno humano”.

Pocos años más tarde, el auge de la (¿nueva?) izquierda latinoamericana hizo cuestionar dicha teoría. Eventos recientes en Venezuela, Brasil y Argentina sugieren que lo que muchos soñaban que podría convertirse en un tsunami antihegemónico, no fue más que un discurso romántico financiado por el súper-ciclo de los commodities. Con el petróleo a 35 dólares, un tercio de su precio en la era de Hugo Chávez, está claro que ese boom está llegando a su fin.

En los tres casos, la bonanza proveniente de distintas materias primas (petróleo, soya, minerales y productos agrícolas) financió no solamente el gasto público, sino también un atávico discurso antiimperialista. La riqueza petrolera convenció a los bolivarianos que podrían construir un sistema financiero internacional paralelo, pasando por alto instituciones como el FMI, al cual el resto del mundo le tiene que hacer caso.

Sin embargo, la postura antiglobalización no avasalló el entusiasmo por exportar sus productos durante una década de alto crecimiento chino, la que ofreció ilusión de independencia frente a la tradicional hegemonía estadounidense y permitió un acercamiento a algunos archienemigos de Washington, como Irán.

Esto coincidió con un período en que Estados Unidos se distrajo con problemas mayores en el Medio Oriente, viéndose obligado a reconocer los límites de su poder en el mundo, especialmente la supremacía en nuestro hemisferio.

El fin del súper-ciclo coincidió, además, con cambios en liderazgos. Maduro no tiene ni la inteligencia ni el carisma de Chávez, y Dilma carece de los talentos políticos de los cuales disfrutaba Lula. Cristina Fernández sí era carismática, tanto así que terminó por agotar a sus conciudadanos. Incluso una población acostumbrada a los discursos populistas y personalistas llegaron a cansarse del histrionismo de la Señora K.

El fin del auge dejó en evidencia el gran vacío al centro de la nueva izquierda latinoamericana, es decir, la falta de ideas (¿o voluntad?) para lograr las reformas estructurales a economías dependientes de lo mismo de siempre. En vez de transformar sistemas basados en la explotación de recursos naturales y dar el gran paso hacia potencias modernas basadas en el conocimiento y la innovación, se profundizaron los modelos existentes.

En 2000, casi un 60% de las exportaciones brasileñas eran productos manufacturados. Hoy, esa cifra es menos de un 40%. El sector industrial argentino también ha sufrido una caída en los últimos años, mientras que México, más integrado a la economía estadounidense, ha potenciado ese ámbito, que agrega valor a la producción. La inflación en Brasil (10%), Argentina (30%) y Venezuela (entre 150% y 200%) también refleja los desequilibrios que implica la dependencia a las exportaciones, combinada con los fuertes controles en los tipos de cambio y otras condiciones del modelo. En México, como punto de comparación, la inflación en 2015 se mantuvo en 2,5%.

Cada caso, por supuesto, tiene sus particularidades. Los problemas políticos de Rousseff se deben más a los escándalos de corrupción vinculados a Petrobras que a las condiciones económicas; el éxito de Mauricio Macri no significa, necesariamente, que los votantes argentinos se hayan convertido de la noche a la mañana en grandes neoliberales.

De hecho, sería un error pensar que la eventual caída de la nueva izquierda latinoamericana significa un triunfo para la derecha promercado. No hay que mirar más allá de nuestro propio caso para darse cuenta de que la poca popularidad (en las encuestas) de opciones estatistas no necesariamente se convierte en apoyo para aquéllos que sólo ofrecen bienes de consumo. •••

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