Opinión

¿Se puede salir del atolladero?

Por más que el oficialismo lo quiera negar, estamos en una enorme crisis nacional, y el principal responsable es el propio gobierno.

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Economista

Sí, señor, estamos en crisis. La economía sigue a la baja (la madre de todas las batallas para el desarrollo). Las finanzas públicas se han destrozado, y volvemos a ser un país con déficit fiscal cercano al 4% y con un aumento de la deuda pública a razón de 10.000 millones por año, comprometiendo seriamente los presupuestos futuros. La inflación se acerca al 5%, el desempleo aumenta, el Banco Central empieza a subir la tasa, lo que agrava todo lo anterior. La inversión sigue cayendo sistemáticamente, y empieza a ocurrir lo mismo con el consumo.

La educación ha entrado en un marasmo inexplicable, sometida a reformas improvisadas, orientadas al desmelenamiento paulatino de la educación privada. Es tal el paroxismo ideologizado, que el Gobierno recurre a una glosa presupuestaria para impulsar una reforma estructural, mal pensada y peor ejecutada, absolutamente discriminatoria, entrando así en un túnel sin salida. Algunas universidades son paralizadas por meses por grupos estudiantiles radicalizados y no pasa absolutamente nada. Además, el Gobierno quiere crear dos nuevas universidades estatales y 15 centros técnicos, pero no otorga el financiamiento adecuado, lo que anuncia un gran despilfarro e instituciones mediocres. Y estas nuevas universidades antes de tener un solo alumno, menos egresados, son miembros del cartel del Cruch, al que no tienen acceso universidades muy prestigiadas del país.

La salud pública va en franco deterioro con una deuda enorme, y pocos hospitales podrán construirse simplemente porque por razones ideológicas se han suspendido las concesiones. Abundan las huelgas ilegales en el sector, y la mala gestión del ministerio es simplemente de no creer, al punto de que médicos de la regional Santiago amenazan con retirarse de la salud pública por la mala gestión.

La delincuencia está simplemente desatada, el terrorismo crece en La Araucanía y el Gobierno no lo quiere siquiera ver, el aparato público lleno de huelgas ilegales. La Moneda es incapaz de nombrar un contralor por meses de meses. La clase política, a su vez, y de manera transversal, está totalmente deslegitimada, el Gobierno apenas se empina sobre el 20% de apoyo, el gabinete desacreditado; el Parlamento tiene 85% de rechazo, igual que los partidos políticos. La presidenta declara que la misma Constitución que la eligió es ilegítima. En medio de ese escenario, vamos a un sistema con unos 25 partidos, donde las minorías van a arbitrar y harán imposible el funcionamiento de un sistema presidencialista.

Pero aún faltan pelos en la sopa

A lo anterior debemos sumarle las huelgas ilegales del sector público, como el RegistroCivil, la Junji, Gendarmería y otras. La congestión creciente de las ciudades, los problemas ambientales sin solución, los escándalos políticos del financiamiento de las campañas, la incertidumbre que abre el cambio ideologizado de la Constitución, y la crisis internacional que ahora es real. El escenario entonces es delicado. También hay que agregar la reforma sindical en curso, de muy mala factura técnica, que agravará aún más el tema económico, acoplada al permanente ataque del Gobierno a las isapres, a las AFP y a los empresarios. Las regiones siguen postergadas, la energía muy cara, y la polarización del país ya es elocuente y va en aumento, lo que anuncia tempestades. También acabamos de sufrir un fuerte golpe moral y legal con Bolivia en La Haya, en que perdimos 14 a 2, y el Gobierno trata de convencernos de que ganamos, lo que anticipa que seguirán haciendo básicamente más de lo mismo.

En fin, 30 años de progreso indiscutido y reconocido por el mundo entero, son lanzados por la borda por el “infantilismo progresista”, según lo definió un senador de la propia coalición oficialista.

¿Qué podemos hacer?

Un problema de esta magnitud requiere soluciones equivalentes. Un grupo muy radicalizado de la población, con una ideología transformada en dogma o religión, se ha tomado el gobierno. En un régimen tan presidencialista como el nuestro, eso es muy peligroso. Ya hemos visto cómo en 18 meses se pueden destruir 30 años de progreso. De persistir esta situación, el pronóstico se llama Venezuela o Argentina.

Moverse al centro y la tolerancia

La única salida posible, en mi opinión, es mover el eje político al centro, exactamente lo que Bachelet calificó como “wishful thinking”. Ella es quizás hoy el principal problema. No es tiempo de fundamentalismos, sino de diálogo, de tolerancia, de humildad, de respeto.

En términos prácticos significa buscar un nuevo tipo de acuerdo nacional, que aísle los extremos fundamentalistas que van a terminar por destruir al país. Eso hay que hacerlo antes de que la polarización lo haga imposible. Quizás ya es demasiado tarde, ojalá que no lo sea. Los principales partidos de centro en Chile son la DC y RN, y son éstos quienes deben tomar la iniciativa. A ellos debe sumarse una buena parte de la UDI, una parte pequeña del PS y del PPD, quizás el PR, y ciertamente Evópolis, Amplitud, Fuerza Pública (ahora ciudadanos), Red Liberal, el PRI, y la gran mayoría independiente del país. Sin duda se agregarían las diversas iglesias. No cuesta mucho darse cuenta de que toda esta suma es, de hecho, la gran mayoría política del país, pero curiosamente no es la que manda.

Lo que debemos buscar son cosas concretas. Primero, reparar urgentemente el motor del crecimiento, que es la madre de todas las batallas. Ya hemos visto lo que ocurre cuando el motor se apaga. Una mala reforma tributaria baja la recaudación en vez de aumentarla. Necesitamos impulsar la inversión y el emprendimiento con todo. En esa veta, debemos revisar completamente la reforma tributaria y estimular la inversión. Hay unos 150.000 millones de dólares en proyectos de concesiones para partir.

Segundo, es necesario parar la mala reforma sindical y escuchar a todos los sectores, no sólo a la CUT. Tercero, hay que detener de inmediato los estropicios que se están haciendo en educación y abrir el debate de la calidad en el siglo XXI, pero sin las ideologías adoctrinantes. Las dos nuevas universidades estatales pueden ser necesarias, pero faltan otras diez privadas idealmente internacionales. Debemos poder acomodar al menos 500.000 estudiantes adicionales en educación terciaria, lo que exige un cambio inmediato del absurdo sistema de títulos y grados que tiene nuestro sistema universitario.

Cuarto, debemos hacer la modernización del aparataje público que, salvo excepciones, es básicamente del siglo pasado y quizás del siglo XIX en algunos casos. Esto significa hacer un macro diseño institucional y luego ver la eficiencia de cada una de las instituciones. El Gobierno no es lo mismo que el Estado. Sobran ministerios de los actuales, y faltan otros propios de este siglo. Más instituciones deben ser desligadas del Poder Ejecutivo, como varias de las empresas, las superintendencias, el INE, quizás la dirección del trabajo y otras. Es urgente la descentralización regional real. Por cierto se requiere un gobierno digital completo, integrado. Quinto, es preciso hacer una reingeniería total de la salud pública. No hay que perder de vista que el único objetivo relevante es la vida de la población, y no si la prestación es privada o pública. Sexto, hay que reestablecer las confianzas, invertir en capital social. En eso la iniciativa la debe tomar el Gobierno y buscar las alianzas, escuchar a sus opositores, etc.

Epílogo

En fin, pareciera que el Gobierno camina al revés de la historia, con un voluntarismo de corte mesiánico, cuyos malos resultados son evidentes. Es tiempo de volver al centro y buscar un gran acuerdo nacional versión 2.0, capaz de recuperar nuestro camino al desarrollo. Aún es tiempo, pero se agota aceleradamente. •••

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