Opinión

Desfasados

El debate sobre educación superior parece haberse quedado atrapado en los tiempos en que Andrés Bello fundó la Universidad de Chile.

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Doctor en Ciencia Política, Director Ejecutivo de Plural

Cuando Michelle Bachelet aterrizó en Chile en marzo de 2013, le esperaban desafíos que eran predecibles y otros, no tanto. Sabíamos que era urgente abordar ciertos temas, desde la reforma constitucional hasta la educacional. Lamentablemente, al redactar el programa se pensó en cuadrar las distintas visiones políticas y presiones ideológicas, no en los problemas del futuro.

Por un lado, es un fenómeno bastante común. Examinando la propuesta de Hillary Clinton en materia de educación superior, queda claro que el tema del financiamiento está muy presente en muchas partes del mundo. En EE.UU., como en Chile, los jóvenes se gradúan con niveles exorbitantes de deuda, que no son capaces de financiar porque no encuentran empleos adecuados. Clinton ha propuesto un plan que costará unos 350 mil millones de dólares durante diez años. La iniciativa incluye transferencias desde el gobierno federal a instituciones públicas y privadas que acepten más estudiantes de bajos ingresos, bajar los intereses para préstamos estudiantiles, y facilidades para graduados que se encuentran en situaciones de renegociar sus deudas. Las cuotas de repago tendrán un tope de un 10% de los futuros ingresos de los graduados. Incluso se propone gastar más en salas cunas para padres que estudian.

Para acceder a las nuevas platas públicas, las instituciones tendrían que demostrar que los alumnos no terminarán con altísimos niveles de deuda. Es decir, el financiamiento debe ser dirigido a los costos que cubrirían los aranceles, no los altos sueldos de administradores, equipos de fútbol, lujosos edificios, etc. Eso puede existir, pero esos fondos deben ser recaudados de fuentes privadas u otras. Las instituciones de educación superior no son las únicas con exigencias. Los alumnos, para acceder a fondos bajo el nueva esquema, deberán comprometerse a buscar empleo y trabajar unas diez horas a la semana.

La propuesta de Clinton contiene varias ideas interesantes, algunas de las cuales ya se han debatido en Chile. Más allá de los detalles, deben considerarse los diferentes contextos. En EE.UU. se ha instalado, como en Chile, la idea de que acceder a la educación superior es, si no un derecho, un paso casi obligatorio para poder obtener un empleo más o menos decente. Pero eso no significa necesariamente ir a la universidad: una minoría, sólo un 48% de los que están en la educación superior van a la universidad (programas de college de cuatro años). El resto asiste a cursos profesionales de dos años, estudiando carreras especialmente focalizadas en áreas como enfermería y otros cuya demanda crecerá en el futuro.

Esta división entre lo que en Chile llamamos lo práctico y lo académico ayuda, en parte, a resolver un tema que aún no tocamos en el país: los dos propósitos de una universidad. Es probable que no haya universidad en Chile que no incluya en sus declaraciones de visión las tareas de investigación y docencia. En In Defense of a Liberal Education, Fareed Zakaria explica que la tensión entre una educación práctica y una más general ha estado presente desde el tiempo de Aristóteles. En los siglos siguientes, distintas culturas y países optaron por enfatizar uno por encima del otro, y viceversa. Alemania escogió algo más práctico; EE.UU., algo más general o liberal (el origen del concepto radica en la educación para personas libres, en el sentido griego; no es ni político ni ideológico). Es así como, a comienzos del siglo XVIII, Yale declaró que una educación liberal no debía “enseñar lo que es peculiar a ninguna de las profesiones, sino sentar las bases en común a todas”.

En las décadas siguientes, fue Harvard, no Yale, la que influenció el modelo norteamericano. Su presidente, Charles Eliot, impulsó un programa abierto, donde estudiantes podrían elegir una cantidad máxima de materias y temas. Se enseñaría a pensar, no a hacer. El sistema chileno, doblemente inspirado por Andrés Bello y Humboldt, se quedó en el quehacer del hacer. Hoy, el proceso de Bolonia, al que muchas universidades chilenas se han adherido, empuja la idea de las competencias, destinadas explícitamente a fomentar la empleabilidad. Según la educación boloñesa, si gobernar es educar, educar es emplear.

Pero, ¿cómo se verá el mundo del empleo en 20 años? Un estudio de New York University estima que solamente un 28% de graduados tendrán una sola carrera durante todas sus vidas. Lo que importará, entonces, no son competencias en un área, sino habilidades blandas: pensar críticamente, analizar, escribir, comunicar. El objetivo no es educar para la economía del conocimiento (eso es tan 2007), sino lo que Bruce Nussbaum ha llamado economía de la creatividad. En la medida que los computadores sean capaces de encargarse cada vez de más tareas, nuestros empleos estarán dedicados a maximizar una de las pocas habilidades que las máquinas (aún) no tienen, la creatividad. No es casualidad que las ciudades con más creatividad son las más exitosas.

En los últimos cuatro años, ¿cuánto se ha debatido estos temas? Pensamos hacer una inversión en educación superior, pero ¿cuál? Mientras otros piensan en cómo educar el futuro, seguimos pensando en cómo mejor financiar, con fondos públicos, la formación de profesionales que Andrés Bello reconocería. Pero, aunque suene duro, mejor sería que el gran intelectual venezolano, ante la renovación de nuestras universidades, no nos reconociera. •••

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