Opinión

Fin del diálogo y encuesta CEP

Pareciera que en el ámbito público todos buscan su propio provecho y ya no son posibles los acuerdos. Hay que superar esa desconfianza.

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Director Ejecutivo de Feedback

Nada había resultado durante el día, todos los intentos por desactivar la movilización de los camioneros habían resultado infructuosos.

Lo que el país estaba viendo en directo era un espectáculo de otra época. Algo fuera de lugar. La falta de interés en el diálogo superó todo lo conocido. A media tarde ya se hizo predecible que las murallas de decretos del Gobierno no lograrían impedir el paso de la caravana de camiones.

Pero todavía faltaba el final de la película: ver los restos de los vehículos quemados en La Araucanía transitando sobre plataformas frente a La Moneda. Fue una puesta en escena que la vanguardia de artistas visuales locales bien habría querido montar. Apareció como una verdadera performance sobre el fin del diálogo y una representación a escala nacional de la incapacidad del país para establecerlo.

Los estudios de opinión realizados por esos días señalaron que las personas sintieron que el país caminaba por una cornisa y que nadie nos sacaría de allí. La falta de confianza en nuestros dirigentes se cristalizó en esos camiones calcinados.

Fue una buena excusa para darles en forma definitiva la espalda –o un portazo– a quienes tenían el encargo de representar los intereses ciudadanos y de ampliar los límites de lo posible. El fin del diálogo adquiere así la lectura de una suma cero, una situación en la cual todos pierden, en la que aquello que puede ser decidido socialmente carece de representatividad; de que ya no son posibles los consensos para lograr bienes públicos, de que lo único que queda es que cada uno siga su propio camino. Nada se puede esperar del espacio común.

Es lo que nos muestra la última encuesta del CEP.

Por cierto, hay varios datos que nos evidencian un escenario bastante negativo: el 12% piensa que “la situación económica está buena o muy buena”, apenas el 16% “que va a mejorar en los próximos 12 meses”, el 5% señala que “la situación política es mejor que hace 12 meses atrás” y 12% que “mejorará”; mientras el 88% cree que “la actividad política inspira poca y ninguna confianza”. Y para colmo, “la disposición a escuchar y llegar a acuerdos con la oposición” por parte de la presidenta Bachelet, es de un 39%, habiendo sido de un 65% en julio de 2014.

En este sentido, el aspecto más develador de la encuesta CEP es la disímil percepción que tienen las personas respecto de su situación individual y la del resto del país. Por de pronto, un 69% considera tener niveles positivos de “satisfacción respecto a su vida en el momento actual”; esta percepción positiva incluso ha mejorado con respecto a noviembre de 2014, cuando un 52% estaba “satisfecho positivamente con su vida”.

Los entrevistados perciben que las personas de su entorno están menos satisfechas con su vida. En general, lo que se impone es la idea de que mientras más lejano es el vínculo, mayor es la insatisfacción que le atribuyen a las personas. Esto se confirma en otra pregunta de carácter comparativo: el 69% manifiesta una satisfacción positiva con sus vidas (en noviembre de 2014 era de 52%), pero sólo un 46% cree que las personas que realizan su misma actividad están satisfechas, y sólo un 25% piensa que el resto de los chilenos lo está.

Así, las personas perciben mayoritariamente –y a pesar de todo lo grave que pareciera ser la situación económica y política– que están más satisfechas con sus vidas que “los otros”. Esto da para pensar que la gente no vive particularmente la negatividad que se le atribuye a la política y a la economía; más bien suponen que son otros los que experimentan los problemas derivados de la mala gestión política y económica.

El ruido ambiente relativo a la política y a la economía es tan drástico, que la gente supone que “la mayoría” la debe estar pasando mal; algo así como que allá a lo lejos debe estar pasando algo dramático con los otros, esas pobres víctimas de los que conducen el país.
Se instala la desconfianza en el espacio de lo público: la confirmación de que al menos uno de los involucrados quiere perjudicar al otro, de que nada bueno saldrá de esta dinámica social. Todos buscan su propio provecho y ya no son posibles los acuerdos.

Esto pasa con los proyectos de inversión, en los que se ha instalado la cultura de que las mayorías o los consensos no importan, lo importante es la defensa a ultranza de un interés personal. Nadie confía de que sus intereses estén adecuadamente representados. Lo que queda es salvarse y desconfiar del otro. Es el fin del diálogo.

Lo prioritario es recuperar esa capacidad de conversar como fuente primaria para restablecer la confianza y entender que nuestra realidad quizás no es tan mala y puede ser mejorada. •••

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