Opinión

Te afecta, nos importa

El país se nos puede ir por los ojos. Como una ilusión. Es cosa de mirar nuestra televisión.

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Director Ejecutivo de Feedback

La parrilla programática de la televisión dio un vuelco con la misma radicalidad con que cambió la agenda política y social. La irrupción de un nuevo canal dominador ha sido tan sorpresivo como el cambio fulgurante en la correlación de fuerzas. Quizás la subida de Mega da cuenta de la baja de Bachelet. Veamos.

Ya no son tiempos de teleseries como Los 80, ni de El país en que vivimos, ni menos del Show de los libros. Y no creo que los tiempos estén para Los archivos del Cardenal.

La tarea de la televisión nunca ha sido la de la trascendencia. Pero en algún momento tuvimos el gesto por lo cultural, el ejercicio tímido por una televisión inteligente, y la apuesta por series que nos invitaban a reflexionar sobre un Chile complejo y oculto. Pero hoy, ni Tolerencia cero pareciera tener cabida, y su vuelco hacia el showbiz es inevitable si quiere permanecer en la parrilla programática. Es que hoy el rating se debe a otras emociones y experiencias.

En la televisión prima más que nunca la narración del conflicto y el instante. Puede ser cruda y tensa, pero también efímera, simple y comprensible. El ritmo y el relato están hechos para olvidar. Menos ideas y más opiniones verosímiles y entendibles. Aunque las frases no terminen, lo que vale es lo que se expresa: el efecto de proximidad y “humanidad”. En la pantalla no importa el Chile real, sino que se atienda la subjetividad de las audiencias.

Revisemos el ranking de los Top 10 con mayor sintonía en los hogares.

El número uno es Papá a la deriva, teleserie de barrio, del país de siempre, de la cultura de las redes sociales, de emociones “normales”, muy lejano al Chile institucional que está a la deriva.
Hay tres teleseries turcas: locaciones exóticas y comprensibles para un amplio espectro social y cultural. Síntoma de una televisión más “populista”.

Morandé tiene dos programas en los Top 10. Ahora se festina también la contingencia y se impone la insolencia banal de Belloni –Che Copete– disfrazado, por ejemplo, de la presidenta de la República.

También es Top 10 el reality Manos al fuego que confirma que todos somos moralmente vulnerables y que en situaciones límites, la infidelidad es inevitable. Y el reality Alerta máxima que nos sumerge tipo cámara GoPro en la periferia urbana para acariciar la delincuencia desde la cama, sin mucho drama, al cuidado de un amigo en el camino siempre.

De los Top 10, seis son de Mega. Su liderazgo llevaba varios años germinando. Fue el primero que apostó por conquistar la franja más amplia de espectadores posibles, con foco en los grupos C3 y D.
Históricamente ha sido un canal antielitista, sin complejidades semánticas ni atenuaciones lingüísticas. Simple y con máscaras, pero verosímil e identificable hasta para el más excluido social y culturalmente.

La captura de la actual subjetividad de la audiencia tiene su punto más alto en el noticiero, que con un golpe de identidad –y de autoridad– se presenta como la culminación de un lento proceso de cocción de una oferta programática “al servicio” de la gente. La narrativa no se construye desde el sensacionalismo ni de la denuncia, sino que desde un compromiso con los proyectos de vida de las personas. “Se necesita un noticiero que te interprete”. Es decir, un noticiero que hable por las personas, que las represente poniendo en palabras e imágenes lo que ellas no logran expresar. Un noticiero que invita a pasar de la ilusión a la realidad. Pero la publicidad lo hace de manera “inteligente”, apelando a las audiencias con una estética tecnológica y moderna a preguntas sobre la ciudad y la calidad de vida, asumiendo que los grupos C3 y D han crecido, que tienen más herramientas y derecho a “aspirar” a ser tratados “a la altura de sus nuevas capacidades”.

Esta nueva sensibilidad no fue un salto cuántico por parte de Mega. El cambio de oferta y de lenguaje fue sistemático y al ritmo de las personas, un acto de reconocimiento, de real interés y empatía con su vida diaria. Como dice el eslogan de Mega, si te afecta, nos importa. Lo que ha hecho es restituir un vínculo emocional con la ciudadanía que antes fue patrimonio de Bachelet.

La crisis reformista que vive el país es la crisis de una oferta demasiado lejana para la gente y finalmente amenazante para su cotidiano. Es una oferta desde un Estado ineficiente, sin calidad y que no considera “las nuevas capacidades” de las personas. Para los grupos medios, las reformas se develan hoy como impuestos a la venta de sus casas o pérdida de calidad y estatus en la educación escolar o discriminación a la educación universitaria privada.

Es el error de no ir al ritmo de las personas. De no hacer convivir en la agenda de gobierno lo importante (las reformas) con lo urgente. Así, es abandono del día a día de las personas. Las reformas se transformaron en una ilusión. Pero para paliar eso está la televisión. •••

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