Opinión

¿Y habrá una salida razonable?

El clima del país anuncia tempestades. La política de la retroexcavadora resultó nefasta incuso para el propio gobierno. Un gobierno que está, literalmente, paralizado.

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Economista

La presidenta está completamente superada por los acontecimientos cotidianos y sus malos resultados de gestión. Las encuestas muestran que dos tercios de la población desaprueban el actuar de su gobierno, y menos del 30% lo apoya, cuando hace doce meses era exactamente al revés. El gabinete, a pesar del cambio reciente, es aún desconocido por la población (salvo algunas excepciones) y cuenta con un magro apoyo del 25% y un rechazo mayor al 70%. La política está desprestigiada. Las dos principales coaliciones de partidos no llegan al 25% de apoyo, y dramáticamente el Parlamento no alcanza al 20%, con un rechazo apabullante de su gestión.

En ese cuadro, la oposición (Alianza) aparece muy golpeada y desarticulada, con una falta de liderazgo que no tiene visos de recuperación por un largo rato. En rigor, hasta ahora no hay real oposición al Gobierno y, por ende, el conflicto se forma desde la propia coalición gobernante.

La Nueva Mayoría la integran siete partidos con una diversidad ideológica tan grande, que las pugnas entre éstos salen a borbotones por la prensa. Las agendas de cada partido no coinciden y hasta se contraponen. El escenario se agrava, ya que la presidenta, agobiada por los problemas familiares y su desplome de popularidad, no ejerce ningún tipo de liderazgo, ni en el Gobierno ni en la coalición. La vicepresidencia del país ha sido ocupada por un miembro de la DC, principal partido de la NM, pero que tiene fuertemente cuestionado a su presidente.

En otro plano, las reformas reciben amplio rechazo; la gente se ha dado cuenta de que han sido improvisadas. A pesar de ello, La Moneda insiste en seguir con la retroexcavadora, no obstante el nuevo ministro del Interior dice no estar de acuerdo. La verdad es que a un mes de haber asumido no hay nada concreto, sólo discursos de buenas intenciones.

La economía, por su parte, languidece porque la incertidumbre que ha provocado el Gobierno en apenas 15 meses en el poder, es demasiado grande. La inversión se ha desplomado, también el consumo, la productividad ha caído en un 1,1% el primer año de gobierno, y el gasto público se ha desbocado. De manera muy irresponsable, la autoridad presentó un presupuesto con déficit de un 1% estructural y un 1,9% corriente. Se hizo esperando un crecimiento del 3.6% de la economía, una inflación del 3%, y un precio del cobre de U$3,14 la libra. Nada de ello ocurrirá y el déficit será probablemente el doble.
Todo esto, a pesar de la reforma tributaria, cuyos objetivos principales eran tener un presupuesto equilibrado y aportar a la educación... El Gobierno ya reconoce que no le alcanzan los recursos para sus promesas.

Una de las mayores dificultades que tiene La Moneda es la cantidad de frentes abiertos de manera simultánea, aparte de su clara incompetencia de gestión. La educación está en crisis, la salud igual –y con amenazas a las isapres–, las colas Ges aumentan junto a la deuda de los hospitales, las huelgas ilegales en el sector son impresionantes.

La delincuencia va en fuerte alza, el tema de la Araucanía es más que grave, el transporte público hace agua, las ciudades se ahogan en congestión y contaminación. La energía requiere cambios que no aparecen, hay serias dudas en las cifras del desempleo (que sube claramente, pero el Gobierno lo niega); Codelco tiene serios problemas de productividad que afectan directamente a las finanzas públicas, y requiere fuertes inversiones de recursos que no están disponibles.

La política se está haciendo en los tribunales, los empresarios han sido deslegitimados, hay una terrible sequía –de efectos devastadores–, ha habido desastres naturales cuyo manejo ha sido ineficaz, los escándalos del dinero y la política son amplios, transversales. La Iglesia es cuestionada, el Servicio de Impuestos Internos también (y su dirección continúa vacante, así como la de Contraloría). Se pone en entredicho a la policía por parte del mismo gobierno que la dirige. Los conflictos con Bolivia son de difícil pronóstico en el largo plazo y toman mucho espacio medial en la contingencia.
Lo anterior ha resultado en una abierta y creciente polarización del país que poco a poco se empieza a asemejar al pasado. Las heridas nunca se sanaron y empiezan a sangrar. El tono sube, las descalificaciones abundan y nadie escucha a nadie. En medio de ese ambiente, el Gobierno parece preocupado de los estacionamientos de los malls, y la autorización de bingos de barrio: de no creer.

Para salir de la crisis, todos los cargos de representación popular deben ser ratificados por los electores para adquirir legitimidad. Los grandes problemas requieren soluciones audaces.

La agenda en curso

La Moneda insiste en agregar aún más frentes a la sopa; por ejemplo, al impulsar una reforma sindical claramente ideologizada que agravará la economía y el empleo. Anuncia que cambiará el sistema de isapres y AFP. Insiste en atacar a las universidades privadas, que son las que acogen a la mayoría de los alumnos vulnerables. Propone el traspaso de los liceos municipales al control de la autoridad central (por cierto, sin detalles de cómo se haría ni cuánto costaría).

Prepara leyes improvisadas para el financiamiento de la política que no funcionarán. Para rematar el escenario, promete un proceso constitucional, que es otra gran improvisación, ya que no es capaz de decir cómo será aquello. Por si fuera poco apoya la creación de un canal cultural, mientras TVN arroja pérdidas enormes y nadie se hace responsable. También proyecta la creación de dos universidades estatales y centros técnicos sin que hayamos visto ningún estudio al respecto, ni sepamos cuánto costarán. Y el asunto sigue: se agregan ofertas de nuevos ministerios y entidades estatales.

Si sumamos: (a) el escenario base, (b) las iniciativas inciertas de la agenda oficial, (c) la poca credibilidad del Gobierno y su desplome en las encuestas, (d) la polarización creciente y (e) la debilidad de la economía; el resultado es realmente explosivo y eso lo empieza a observar la ciudadanía con mucho temor.

Vamos hacia una colisión nacional, y el tiempo se acaba para actuar de manera responsable.

Buscando una solución

Sin duda somos muchos los que queremos una salida a la crisis. Los pilares son básicamente tres: sanar el descrédito de la política y parar la polarización, lograr una mejor gestión del gobierno, y recuperar el dinamismo en la economía. Para ello, propongo lo siguiente:

1. Todos los cargos de representación popular deben ser ratificados por los electores para adquirir legitimidad. Se puede hacer rápido, ya que no hay que hacer campaña porque están en funcionamiento. Lo que se busca es evaluar su credibilidad. Este pronunciamiento popular debiera ocurrir de manera natural el 2017, pero creo que no tenemos tanto tiempo, el tema es urgente. Es un paso difícil, pero necesario. Los grandes problemas requieren grandes soluciones, a veces audaces. No hay posibilidad alguna de plantear un tema constitucional con la política desprestigiada. El camino del populismo y asambleísmo es de terror. Yo apoyo un proceso constituyente con la única condición de que, finalmente, sea aprobado por el 70% o más de la población en plebiscito. Es lo único que garantiza que se haga bien, que todas las minorías sean consideradas, y también las opiniones.

2. Enterrar la retroexcavadora (y no con puras declaraciones). Los más extremistas, que son una minoría, deben ser aislados por la mayoría razonable. Eso significa incorporar o escuchar a la oposición en el diseño de las reformas y transar, como corresponde en los sistemas democráticos. Es urgente el cambio de ministro de Educación, ya que sus reformas son deficientes y tendrán resultados nocivos.

3. Empoderar a las policías y enfrentar muy duramente a la delincuencia y el vandalismo, corrigiendo las leyes que haya que corregir para que puedan operar adecuadamente los tribunales.

4. Recuperar la salud de las finanzas públicas, lo que significa reducir el gasto fiscal y hacer más eficiente el funcionamiento del Estado. Esto tiene un impacto social, que debe ser compensado con crecimiento del sector privado. Este último sólo requiere reglas claras y menos incertidumbre.
El peso de la prueba la tiene el Gobierno, que es el que ha generado la crisis. •••

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