Opinión

Lo que no mata…

Debemos distinguir cuándo hay “crisis de hombres” y cuándo hay “crisis de leyes”. Si la institucionalidad chilena logra sortear este momento, constituirá la mejor muestra de su fortaleza.

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Abogado constitucionalista

Mucho se ha escrito y hablado respecto de la crisis actual: que si es una crisis institucional o no, que no se trata de una crisis económica, que es una crisis política; que es una crisis de las elites, etc. Imposible dar respuestas a estas teorías desde la mirada coyuntural: aún estamos en medio de la tormenta –probablemente en el ojo del huracán– para tener la capacidad de observar si ésta ha devastado todo, o bien, si la ciudad institucional ha resistido el embate. Es hora quizás de una evaluación de daños.

Primero, aun cuando el gabinete y la presidencia han sido un flanco de críticas –salvo uno que otro clamor de adelantamiento– el Ejecutivo sigue funcionando en términos globales bajo la institucionalidad. En lo político, ni siquiera ha habido cambio de gabinete o renuncias a carteras emblemáticas, lo que en todo caso sería completamente normal en un régimen presidencialista. Pueden existir cuestionamientos a la gestión respecto de determinadas autoridades, pero no hay un desmoronamiento de los ministerios ni las intendencias ni los órganos centralizados, desconcentrados o descentralizados de la administración, como tampoco un desfile de autoridades acusadas constitucionalmente en el Parlamento.

En cuanto al Poder Legislativo, probablemente el más golpeado, no existe parálisis legislativa, ni alteraciones a la labor fiscalizadora de la Cámara o del carácter consultor del Senado. Más bien lo contrario. Tampoco se ha alterado, vía dimisiones o desafueros, las mayorías elegidas sin perjuicio de lo que diga el Ministerio Público y la Justicia.

Estos últimos, lejos de mostrar señales de crisis, más bien han dado signos de fortaleza –a veces superlativa–, con un rol muy activo (para algunos activista) del Ministerio Público. El Poder Judicial, tildado de pasivo en ciertas materias, no ha dado evidencias de deterioro, por el contrario, se ve a sus máximas autoridades en búsqueda de posicionamiento institucional vigoroso, lo que también ha sido comentado.

El Tribunal Constitucional, por su parte, ha reafirmado su ingrata –pero necesaria– labor de hacer cumplir la Ley Fundamental. No obstante, en los últimos fallos, su posición ha sido más bien deferente con las mayorías de turno en proyectos de ley tan importantes como la reforma al sistema electoral y la reforma educacional, sin entorpecer el camino de estas modificaciones.
La Contraloría, luego de la gestión impecable de su máxima autoridad, se posiciona probablemente en uno de los mejores momentos de su historia, como un órgano modernizado y preparado para hacer un cambio de mando sin traumas, consciente de los grandes desafíos que tiene por delante, especialmente en materia de corrupción.

Finalmente el Banco Central, las Fuerzas Armadas y el resto de los entes públicos, siguen en su día a día por el camino institucional: funcionando –con problemas, deficiencias, excesos, omisiones–. Lo anterior muestra que si somos capaces de entender que queremos un “gobierno de leyes y no de hombres” –definición por excelencia de una sociedad libre compuesta por seres imperfectos sometida al imperio del Derecho y no al despotismo– también debemos distinguir cuando hay “crisis de hombres” y no “crisis de leyes”.

Con todo, las tormentas no se enfrentan con pura solidez. Es cierto que el edificio debe estar bien fundado para resistir la tempestad, pero igualmente debe combinar esa robustez con flexibilidad y adaptabilidad, de manera de no hacer resistencia innecesaria a las fuerzas de los tiempos. Así, si la institucionalidad chilena logra sortear esta crisis con mediano éxito constituirá –paradójicamente– la mejor evidencia de su fortaleza, ya que es precisamente en las épocas de remezones donde se prueban la verdadera firmeza y adaptabilidad de su diseño.

“Lo que no te mata, te fortalece”, dice el filósofo alemán, pero ello requiere un esfuerzo de magnanimidad, generosidad y mucho sentido común. ¿Saldremos robustecidos de la crisis actual? Quién sabe. Quizá llegó el momento de que Chile se deje sorprender por la vida.  •••

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