Políticamente correcto - Revista Capital

Opinión

Políticamente correcto

No se trata de si la actual crisis se puede arreglar o no, sino de cómo se resuelve, en especial porque hoy todo progresa ante la atenta mirada de la ciudadanía.

-

Por varios meses los chilenos hemos sido testigos de un triste espectáculo que parecía nunca se presentaría en la cartelera nacional: el de la elite política y de negocios horquillada por el Poder Judicial, imputada de irregularidades e infracciones legales.
Quizás un poco cansada de los recovecos que está teniendo el culebrón (aunque todo indica que sólo hemos visto el tráiler), la opinión pública aún sigue atenta cada episodio de esta temporada de escándalos, ya no con el afán de sorprenderse con tal o cual escena, sino que en la expectativa de conocer el desenlace y, simplificando, saber qué ocurre con los buenos y los malos de la película.

Y he ahí lo sustantivo del asunto. Todo lo que está desarrollándose tiene una profunda significación, una que va más allá de dejar en evidencia cosas que muchos decían saber o presumir respecto de nuestra vida política, y que tiene que ver con las señales que se envían al conjunto de la sociedad.

La forma en que procedan tanto la justicia como las otras instituciones involucradas, cómo sean tratados y cómo se comporten cada uno de los ilustres protagonistas de esta(s) trama(s), será una información socialmente potente, que puede marcar un punto de inflexión.

Es efectivo que el cuadro que se ha conformado reúne todos los ingredientes para ser catalogado de crisis. Y es cierto que el sentido común y el instinto política instan a un adecuado manejo de crisis. Pero, cuidado, aquello no puede hacerse al costo de dañar aún más el sentido de la vida en sociedad.

El valor presente de los flujos futuros del malestar social permiten visualizar que resolver el dilema y salir de la actual encrucijada no puede (y, por supuesto, no se debe) hacerse a cualquier costo. Mucho se ha hablado ya de la era de la indignación ciudadana y de la crisis de las naciones de ingreso medio como para añadirle al caldo el ingrediente de la irritación ante un eventual abuso por parte de los representantes de la democracia.

El discurso de la lucha contra la desigualdad de oportunidades, que con distintas estrategias de desembarque todos predican, terminará siendo un mal chiste si no se deja claramente establecido que en el país hay igualdad ante la ley. No se trata de plantear talibanismos, por supuesto, sino de instar a reconocer errores y delitos (si es que los hay) y aceptar las responsabilidades. De lo contrario, es decir si no se predica con el ejemplo, vaya que costará convocar al respeto de las reglas al conjunto de los ciudadanos.

Ése es el asunto medular de toda esta cuestión. No se trata de si la actual crisis se puede arreglar o no, sino de cómo se resuelve, en especial porque hoy todo progresa ante la atenta mirada de una ciudadanía, que si bien puede ser convocada al pragmatismo, no tiene un pelo de tonta.

Comparte este artículo:
  • Cargando