Opinión

Se corrió el tupido velo

Chile está cansado. Los últimos acontecimientos –de naturaleza humana– han sido un azote.

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Por Martín Rodríguez
Director ejecutivo de Feedback

Nuestras bases institucionales han sido infiltradas por intereses espurios y ya dan un poquitín de pudor. Además, la noticia cruzó las fronteras y nuestra pulcra imagen país ha quedado algo trizada; el qué dirán de nosotros es algo que nos duele. No es bueno el cuadro. Las instituciones chirrían y las máquinas de rendimiento –la eficiencia, la productividad y el emprendimiento– puestas en marcha hace tres décadas comienzan a sumar más fracasos que éxitos.

Con suerte esperaremos otros 20 años por una educación de calidad; el gobierno de Piñera nos mostró que la seguridad pública no se resuelve con voluntarismo; tampoco aparece la fórmula para revertir la baja de la productividad; los acuerdos limítrofes parecen perder vigencia y los empresarios chilenos venden sus firmas a los extranjeros; la energía escasea y la inversión minera se traslada a Perú.

Pareciera que ya no somos ni tan ejemplares ni tan winners.

Eso sí, fuimos los primeros de la región en apostar por una sociedad moderna, hiperactiva, entregada al trabajo, inspirada en el esfuerzo individual y devota de la maximización. Fuimos los jaguares: hubo un momento en que nada parecía imposible; y alcanzar el pleno desarrollo era inminente.

La tarea de la elite fue la de asegurar que a todos se les abrirían las carreteras del desarrollo. Las clases emergentes entraron raudas a la cancha y se sacrificaron, desfilaron como peregrinos tras el progreso y en dos décadas conformaron las amplias capas medias que constituyen el 70% de la población. Pero la elite, dueña de sí misma, llevó el imperativo del rendimiento a niveles de aceleración que inevitablemente dejaron rezagados en el camino. Así, se crearon dos mundos: el de los que ejercen el poder y el de los comunes y corrientes.

Los esfuerzos por reducir esa brecha tienen una larga data. Lavín patentó resolver los problemas reales de la gente y casi gana. Bachelet I puso el tema de la protección social y voló. Piñera anunció el yes, we can en formato aspiracional y ganó. Pero para los comunes y corrientes nada cambiaba y el dique terminó por ceder: la gente salió a la calle en contra del abuso de poder y las tres reformas estructurales se abrieron camino.

Llevaba el país un año de cambios cuando de imprevisto se corrió el tupido velo. Fue un poco obsceno lo que se vio, todos tenían las manos embarradas. Según recientes estudios de opinión cualitativos a sectores medios, las personas se sienten reafirmadas con esta develación. Lo que antes era suposición, ahora es certeza. Lo que antes se percibía, ahora es verdad.  Se ha corrido el velo y la verdad ya no la tiene la elite. La verdad está del lado de las personas comunes y corrientes. Ahora saben cuál es la manera de hacer las cosas de la máquina que los ha dejado atrás.

Ya no es sólo pérdida de confianza, también es la pérdida de respeto hacia los que ejercen poder. Las personas ahora perciben que los poderosos son tales, no por ser mejores y haberse ganado su lugar. Ellos son los saboteadores del sistema, por esos las cosas no ocurren, por eso estamos como estamos, totalmente estancados. En el fondo, las personas ahora ven que los poderosos son comunes y corrientes, como yo.

En este marco, la demanda por redistribución del poder va más allá de que los ciudadanos sean tomados en cuenta. Demandan que se les deje usar su propio poder, en el marco de un nuevo relacionamiento o participación.  Jorge Errázuriz, desde su cómoda butaca, lo decía recientemente: “Prefiero este ambiente de transparencia, en que el poder está en la gente. Aquí todos vamos a tener que aprender que las cosas se hacen de otra manera”.

Desde la relación con los proyectos de inversión, las comunidades quieren usar su poder para generar algún sentido de futuro para sus vidas y sus territorios. Los proyectos son oportunidades para compartir visiones de futuro y establecer consensos para alcanzarlas, y no sólo para obtener un catálogo de beneficios que compense los impactos de la instalación de un determinado proyecto.

Desde la política, es clave correr, de una vez por todas, ese tupido velo para recuperar la legitimidad y participación. Avanzar en una develación más estructural, superar los casos parciales (Penta, SQM o cualquiera) y alcanzar acuerdos significativos que ritualicen una nueva etapa. Los casos aislados, por el contrario, seguirán siendo carne para los Yerko Puchento, no para los líderes que se espera del país.

Hoy estamos en un escenario subóptimo para todos. La agenda público-privada está detenida. Y nuestra economía del rendimiento no logra salir de su depresión. No encontrar la salida a esta situación, a este estancamiento, es lo que nos tiene cansados. •••

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