Opinión

La evolución del Vaticano

A fines del 2014, el Papa Francisco declaró que la teoría de la evolución no contradecía la creencia cristiana en la creación, sino por el contrario, requería de un creador divino que la pusiera en marcha a través de un acto supremo de amor. ¿Qué ha cambiado en la mirada de la iglesia en este tema?

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Los medios de comunicación corrieron a amplificar la noticia, sugiriendo algunos que la milenaria disputa entre ciencia y religión habría llegado a su fin. Los titulares se multiplicaron, destacando que el Sumo Pontífice descartaba que Dios fuera “un mago con una varita mágica”, al mismo tiempo que aceptaba la idea del Big Bang como origen del universo. ¿Son realmente revolucionarias las palabras de Bergoglio? ¿Podemos decir que su pontificado marca un cambio radical respecto de la posición que frente a estos mismos temas tenían sus antecesores? No necesariamente. Frente a los magníficos desafíos del descubrimiento de Darwin, la doctrina católica también ha evolucionado, lentamente, a través de pequeños cambios graduales.

La publicación de El origen de las especies (1859) y luego El origen del hombre (1871) fue un terremoto para aquellas denominaciones religiosas apegadas a una interpretación literal de la Biblia. No así para la Iglesia Católica. Si bien en algunos círculos conservadores la entonces hipótesis de Darwin fue recibida con indignación y desconfianza –pues su materialismo tácito presagiaba corrupción moral e incluso comunismo– la mayoría de los pensadores católicos optó por la prudencia. Desde entonces, varios esfuerzos se hicieron para compatibilizar intelectualmente una teoría científica que explicaba la biodiversidad, poniendo de cabeza el tradicional argumento del diseño y sin recurrir a recursos explicativos sobrenaturales, con la necesidad teológica de una especie particularmente creada a imagen y semejanza divina.

El primer hito que estableció una posición del Vaticano fue la encíclica Humani Generis (1950). En ella, el papa Pío XII sugiere que los católicos pueden aceptar la evolución en lo que respecta a la dimensión física, pero no a la espiritual, pues las almas humanas deben ser creadas directamente por Dios. En cualquier caso, Pío XII advertía que la última palabra no estaba dicha respecto a la suficiencia científica del darwinismo. Es decir, no había problema si los católicos decidían ponerla en tela de juicio. Un leve giro toma la Iglesia Católica con Juan Pablo II, que en 1996 declara que la teoría de la evolución por selección natural es “más que una hipótesis”. El papa polaco reconoce que a esas alturas nos encontramos con toneladas de información, investigaciones consistentes y descubrimientos que prueban las predicciones establecidas por la síntesis moderna del darwinismo, que incluye esta vez las maravillas de la genética. Si al católico realmente le importa la verdad, parecía decir Wojtyla, entonces no le quedan buenas razones para dudar que nuestra especie está emparentada con todas las formas de vida que habitan el planeta –muy especialmente con los grandes simios– a través de una sensacional y larguísima historia evolutiva cuyo mecanismo de tracción es puramente natural. Ya no se trata de una teoría plausible, sino de un hecho probado.

Prácticamente no hay voces católicas que abracen el tipo de creacionismo duro que practican los grupos evangélicos norteamericanos (aquéllos que afirman que la Tierra tiene aproximadamente 6.000 años en lugar de 4,6 billones y que Dios habría hecho el mundo en seis días tal como lo cuenta el Génesis). Sin embargo, a mediados de los 90 surgió en Estados Unidos una versión creacionista bastante más sofisticada: la teoría del diseño inteligente. A grandes rasgos, sus partidarios no disputan los datos incontrovertibles de la geología ni desconocen que las especies han macroevolucionado durante el tiempo. Tampoco que tenemos ancestros comunes con otros animales. Pero sí sostienen que la mutación gradual por selección natural no es capaz de explicar la complejidad irreducible de ciertos organismos. En estos casos se haría patente la intervención de un gran planificador inteligente, el mismo que sintonizó finamente las leyes cósmicas para que la especie humana hiciera su aparición en gloria y majestad en este remoto planeta. Aunque no hay mención expresa al dios abrahámico, no es difícil especular que esta inteligencia omnipotente se le parece. ¿Abrazaron los católicos este creacionismo light con aspiraciones de pedigrí científico?

Algunos se vieron tentados a hacerlo. Una de sus voces más autorizadas, el cardenal austríaco Christoph Schönborn, escribió en 2005 una columna de opinión en el New York Times, donde parecía endosar la idea de un diseño divino en la organización de la vida. Muchos vieron en la tesis de Schönborn un retroceso respecto de la aceptación de la teoría de la evolución de que no sólo incluye el dato evidente de que los fenotipos cambian a través del tiempo, sino además postula que el mecanismo de cambio no tiene nada que ver con un diseño predefinido. Al interior del catolicismo se levantaron voces –como la del jesuita y astrónomo vaticano George Coyne o la del respetado biólogo Kenneth Miller– que cuestionaron duramente el estatus científico de la teoría del diseño inteligente. Argumentaron, además, que la religión no debe buscar espacio para Dios en las lagunas aún no explicadas por la ciencia, pues esa estrategia les reventará en la cara cada vez que la ciencia encuentre la pieza faltante –lo que tarde o temprano suele suceder–. Por lo mismo, aunque todavía no sepamos exactamente cómo se originó la vida (cómo pasamos de la materia inanimada a las primeras células acuáticas), no parece tácticamente acertado poner todas las fichas de la hipótesis de Dios en esa jugada.

Benedicto XVI nunca fue lo suficientemente claro a la hora de quitarle piso a la teoría del diseño inteligente. En cambio, no desaprovechó oportunidad para disparar contra el naturalismo doctrinario que –según él– muchos darwinistas exhiben, ése que se atribuye la capacidad de explicar la totalidad de los fenómenos de la realidad espacio-temporal a partir de procesos materiales puramente físicos, químicos y biológicos que prescinden de la idea de Dios. Es decir, un tipo de naturalismo filosófico que implica necesariamente una posición atea. Pero, además, Ratzinger se opuso a las ambiciones intelectuales expansivas del neodarwinismo, aquéllas que intentan aplicar el modelo de la selección natural para interpretar la existencia del lenguaje, de la moral e incluso de la misma religión como adaptación o subproducto evolutivo. En efecto, tanto el naturalismo filosófico como la lectura de la religiosidad como mero artefacto ventajoso para el éxito de la especie ponen en riesgo varios de los dogmas centrales del cristianismo.

Últimamente, la reclamación de Benedicto XVI se concentraba en la necesidad católica de reconocer la presencia de un Logos sobrenatural y preoriginario que le diera sentido a un sistema cósmico que, de otra manera, estaría abandonado al azar y la falta de propósito. Así inauguró su pontificado: “No somos un producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el resultado de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es deseado, cada uno de nosotros es amado, cada uno de nosotros es necesario”. Es la teoría que se conoce como evolución teísta y pareciera ser la posición actual del Vaticano al respecto. No niega los descubrimientos de la ciencia respecto al ancestro común y tampoco contradice que el motor principal de la evolución sea la selección natural. Pero agrega que el mecanismo evolucionario fue querido y eventualmente guiado por el Dios cristiano, que de alguna manera imprimió en su creación los códigos necesarios para que la biodiversidad se desarrollase en forma naturalmente autosuficiente.

Esto le permite efectivamente a los católicos sostener que no tienen inconvenientes con la evolución, lo que por cierto los deja en una mejor posición que sus pares evangélicos, testigos de Jehová o musulmanes, que todavía construyen su discurso teológico a partir de la negación de la evidencia. Sin embargo, no elimina todas las tensiones. Una teoría naturalista autosuficiente no requiere hipótesis sobrenaturales. Toda adición metafísica corre por cuenta de la fe. Existe cierto consenso entre los especialistas en que si pudiésemos retroceder la película de la evolución hacia un punto en el pasado y echarla a correr de nuevo, los resultados serían muy distintos. Muy probablemente, los seres humanos no existiríamos. ¿Cómo conciliar esta tesis con la doctrina cristiana que pone a la humanidad en el centro del amor de un Dios que siempre estuvo pensando en nuestra aparición?

En resumen, el papa Francisco no ha dicho nada extraordinario. La teoría del Big Bang fue inventada por un religioso y estuvo a punto de ser ratificada como dogma por el mismísmo Pío XII. La idea de contar con un origen preciso del universo siempre fue bien recibida por aquéllos que creen en una poderosa creación divina ex nihilo. Respecto de los elementos básicos de la teoría de la evolución –descendencia con modificaciones, ancestro común y selección natural– sabemos desde los años cincuenta (o al menos desde Juan Pablo II) que no es incompatible con la doctrina vaticana. Por supuesto, la abrumadora mayoría de la comunidad científica rechazaría el agregado: la sencilla explicación de Darwin no requiere ningún creador sobrenatural ni demanda necesariamente la presencia de un diseñador, como señala el actual pontífice. En ese punto, el desacuerdo sigue tan abierto como antes. •••

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