Opinión

Caso Penta y las paradojas de la transparencia

En el momento de la verdad, todo se hace transparente a los ojos ciudadanos. Pero la desconfianza sigue aumentando. Mientras más se sabe, se percibe que es más lo que puede estar todavía oculto.

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Martín Rodríguez
Director ejecutivo de Feedback

Los últimos episodios de los que hemos sido testigos han sido un verdadero exceso de exposición. La escenificación pública del caso Penta y las peculiaridades de las cosas que se están viendo han terminado por saturar.

La institucionalidad democrática ya venía por un largo túnel con las luces tintineando, hasta que de la nada se nos apareció de frente un objeto con las luces altas y quedamos como encandilados: por más que abramos los ojos no podemos ver nada. Una realidad política fosforescente que se come toda la agenda nos ha golpeado de lleno.

Y en todo este ir y venir, no faltan las paradojas.

Primera paradoja: la suma de hechos que vienen sistemáticamente afectando a la clase política es tan grande que ya no hay novedad. Es tan obsceno lo que ha venido ocurriendo, que llega a ser vacío de un nuevo sentido.

Por un lado, la elite se pregunta si todo esto va a afectar electoralmente a la UDI. Pero la ciudadanía se cuestiona si ya no hemos tocado fondo.

Por ahora, la respuesta a la última pregunta es que no. Desde su intimidad, lo que a las personas les resuena es que todo esto no son más que cosas que ya sabíamos y que sólo por una casualidad se han conocido.

No estamos como en España, con dos grandes partidos y un ex rey  genuflectados pidiendo perdón. Y la clase política sabe que no estamos como en España. Todavía nos queda institucionalidad, se dicen, y por lo tanto, lo que queda es salir jugando.

La estrategia ha sido poner por delante el lema de la transparencia, la cual se expone desde distintas esferas. El Gobierno ha dejado en claro que no habrá acuerdo político, dando a entender que todo lo que se tenga que saber se sabrá. Los de la UDI empujan para que la mancha que los afecta avance para demostrar que todos están tocados por las mismas prácticas.

Para algunos, la transparencia es sacar adelante el proyecto de ley para el financiamiento público de la política; para otros, la transparencia es el acto de devolver la mano, esperando que surja entre cuatro paredes un nuevo Longueira y, de ese modo, zafar de un nuevo momento crítico y de debilidad de nuestra democracia.

Pero la ciudadanía está más que nunca desconfiada. Lo que percibe es que estamos frente al intento de controlar de una nueva manera prácticas que eran sabidas, pero que habían permanecido ocultas. Por eso, los escenarios son subóptimos para todos los sectores políticos. Para el Gobierno será muy difícil instalar que el fin del binominal favorece a las personas, porque al aumentar el número de los parlamentarios el sistema será más representativo, o bien que es bueno que sea el Estado el que financie la política.

Para la UDI, la cosa no será menos difícil: lograr validar lo que se hizo porque no es más que lo que todos hacen. Así las cosas, será muy difícil que el Gobierno suba en las encuestas a propósito de esta coyuntura, y que la UDI caiga sustancialmente en las próximas elecciones.

Lo que es común a todos es el lenguaje positivizado. Unos dejan que la información fluya y los otros agregan más información.

Corren tiempos de hipervisibilidad, de hiperinformación. Todo es transparente: los juicios orales, el contenido de los correos electrónicos, las grabaciones de las conversaciones, los montos de los honorarios, los destinatarios de las boletas. En fin, todo se sabe. Es como si viviéramos el momento de la verdad: todo se hace transparente a los ojos ciudadanos. Pero la desconfianza sigue aumentando. Mientras más se sabe, se percibe que es más lo que puede estar todavía oculto.

Segunda paradoja: mientras más transparencia más desconfianza.

En palabras de Byung-Chul Han –filósofo de moda y referente sobre las complejidades de las sociedades contemporáneas– el ejercicio de transparentar con información no engendra verdad, la hiperinformación no inyecta ninguna luz en la oscuridad. Es decir, la transparencia no es verdad, más bien es testimonio de su ausencia.

Sin duda que estamos frente a una transparencia forzosa. Por una parte, sí es verdad que todos tienen algo de tejado de vidrio y, por otra, sí es extremo lo que borbotea del caso Penta.

En este escenario, la novedad habría sido una acción conjunta para abordar esta situación. Ésta habría estado en que se hubiera hecho algo para definitivamente recuperar la confianza. La falta de consenso –de cara al país– para salir de esta situación le resta legitimidad a las miradas de futuro que la política ofrece. No nos sorprendamos, entonces, si la curva de confianza en las instituciones sigue descendiendo por el acantilado.•••

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  • Jaime I

    El Gobierno……..dando a entender que todo lo que se tenga que saber se sabrá.

    Así sera también para el caso DAVALOS/Compagon???? A pasar de las “conexiones” de los implicados? Serán también imputados algún dia?

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