Opinión

A cien años de la Primera Guerra Mundial

El caso de Chile y su vinculación con el conflicto iniciado en 1914 es interesante de estudiar desde la perspectiva de la Historia Global.

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Director del Centro de Estudios de Historia Política Universidad Adolfo Ibáñez

I Guerra Mundial

La conmemoración de los cien años del estallido de la Primera Guerra Mundial ha suscitado todo tipo de análisis, publicaciones, conferencias, seminarios y un largo etcétera. Permítaseme en este espacio, entonces, referirme de manera somera y lo menos engorrosa posible a cuáles creo son algunas de las claves interpretativas que pueden ayudar al lector a comprender este largo y complejo fenómeno. Tan complejo, que sus consecuencias sobrepasaron por lejos las fronteras europeas.

Mientras que a lo largo del siglo XX los historiadores presentaron explicaciones supuestamente “totales” de la Primera Guerra Mundial mediante la conexión forzada de fenómenos muchas veces distintos entre sí, me atrevería a decir que últimamente la denominada Historia Global se ha tomado –para bien, según lo veo– las interpretaciones sobre este tipo de acontecimientos. A diferencia, por ejemplo, de la Historia Atlántica de mediados del siglo XX (a la Robert Palmer), el objetivo de la Historia Global no es insertar a “centros” y “periferias” en un modelo interpretativo, como si lo acontecido en Europa resonara inevitablemente y de la misma forma en Sudamérica o África. Por el contrario, para los cultores de la Historia Global las diferencias entre los grupos de poder son tanto o más relevantes que sus semejanzas. Y esto pues –estudiar el pasado desde una perspectiva global– obliga a fijar la atención en la coexistencia de intereses disímiles, y muchas veces contradictorios, que contienen todos los procesos históricos por el simple hecho de ser protagonizados por seres humanos.

Una de la razones de la neutralidad inicial del presidente de Chile, Juan Luis Sanfuentes, fue que entrometerse en el conflicto armado abriría las puertas a “cualquier nación a inmiscuirse en la cuestión del Pacífico”.

El caso de Chile y su vinculación con lo que, mucho después, se conocería como Primera Guerra Mundial (sólo cuando ocurre una “Segunda” puede hablarse de una “Primera”) es interesante de estudiar desde la perspectiva de la Historia Global. En 1917, el presidente chileno Juan Luis Sanfuentes recibió una visita del embajador de Estados Unidos, en la cual se le instó a apoyar a los aliados. Sanfuentes, no obstante, optó por la neutralidad, por lo menos mientras Alemania no declarara formalmente la guerra a Chile. Las dos razones de Sanfuentes para justificar su actuar son interesantes y dicen mucho de cómo comenzaba a funcionar un sistema político cada vez más internacionalizado. La primera de ellas decía relación con el gasto innecesario que significaría entrar en una guerra ajena, perdiendo contratos económicos con los países no aliados. La otra, quizás más importante, obedecía a cuestiones de soberanía política: entrometerse en el conflicto armado abriría las puertas a “cualquier nación a inmiscuirse en la cuestión del Pacífico”, lo que, en el pensar de La Moneda, rompería “el derecho a resolver por nosotros mismos nuestros asuntos, sin intervención de nadie”. Es decir, Sanfuentes utilizó un argumento nacionalista (y, en cierta medida, también latinoamericanista, pues buscó el apoyo de su par argentino, Hipólito Irigoyen) para dar cuenta de un problema obviamente internacional. El problema es que lo “internacional” no era –ni es– necesariamente sinónimo de complicidad o subordinación política. Chile tenía intereses particulares y es claro que –al menos como lo veía Sanfuentes y la coalición gobernante– éstos chocaban con los objetivos norteamericanos.

La posición de Chile ante la Gran Guerra dice mucho tanto del funcionamiento del sistema internacional desde principios del siglo XX, como de la evolución de la historiografía. A pesar de la obvia supremacía ideológica de EE.UU., hoy ningún historiador podría señalar seriamente que, durante el siglo XX, la intervención norteamericana en Sudamérica u otros lugares “periféricos” no estuvo sujeta a complicaciones y vaivenes impensados. Y es que el mundo ha funcionado siempre desde y para intereses muy distintos, como queda de manifiesto con el ejemplo de Sanfuentes. Si nos negáramos a aceptar que incluso los más “poderosos” muchas veces se ven compelidos a negociar con los más “pequeños”, estaríamos cayendo irremediablemente en el mismo tipo de análisis historiográficos publicados durante la Guerra Fría, cuando el mundo se dividía en compartimentos estancos. La globalización –material e historiográfica– es más compleja y menos maniquea que eso. La globalización, en realidad, es una acumulación de intenciones y afanes disímiles sujetos a todo menos a simplismos interpretativos. Eventos como el centenario de la Primera Guerra Mundial son, en ese sentido (y de la misma forma como ocurrió con los bicentenarios de las independencias americanas), una oportunidad para enriquecer el conocimiento historiográfico, hoy más que nunca alejado de las explicaciones monolíticas. •••

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