Opinión

La Segunda Tercera Vía

¿Habrá otra oportunidad para las corrientes de centro izquierda que en los 90 tuvieron su apogeo? La tendrán, sólo si entienden las nuevas relaciones entre mercado y estado en tiempos de cambio.

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Ver el reencuentro de los líderes de la Tercera Vía en Cartagena de Indias fue curiosamente reconfortante. Era volver al mundo de los 90, un lugar en que internet estaba en su infancia, el 11 se septiembre se refería a eventos en Chile y no en Nueva York, se mantenía cierta estabilidad autoritaria en el Medio Oriente, y las crisis financieras eran cosas que ocurrían en lugares como Tailandia o Rusia, pero no en Inglaterra o Estados Unidos. Líderes como Tony Blair, Bill Clinton y Ricardo Lagos buscaban darle forma a una izquierda en un mundo unipolar.

La reunión más reciente de estos ex presidentes de la ex Tercera Vía, más Felipe González y el anfitrión Juan Manuel Santos, estuvo enfocada en el proceso de paz colombiano, y en el tipo de Estado que se podría construir una vez resuelto el conflicto en ese país. Pero al enfatizar conceptos como las colaboraciones público-privadas, uno se pregunta ¿cómo se vería una Tercera Vía casi dos décadas después de que Anthony Giddens la propusiera? ¿Habrá una segunda oportunidad para esta tendencia?

En aquellos años en que comenzó la corriente, en varios países de Europa, desde el Reino Unido hasta Alemania, en los EE.UU., en Canadá, Chile y Brasil, se había dejado de lado el apego ideológico al neoliberalismo en pos de una combinación entre economía de mercado y política social. Los líderes recién mencionados y otros, pudieron validar una izquierda que había dejado de lado los dogmas del pasado, pero también apuntaba a modernizar un neoliberalismo voraz.

La Tercera Vía captó bien un momento, y tuvo cierto éxito. En general, los gobiernos que se identificaban con esta ideología lograron buenos récords de crecimiento económico. Estados Unidos relanzó su capacidad innovadora en ciencia y tecnología. En el Reino Unido, ciudades como Londres se transformaron en centros cosmopolitas de creatividad y de negocios. Chile vio grandes avances en la modernización en varias dimensiones, desde lo cultural hasta la infraestructura. Brasil amplió su red de apoyo social con políticas públicas transformadoras y al mismo tiempo enterró al fantasma de la hiperinflación.

El éxito de la Tercera Vía, combinado con la crisis financiera, pudo haber enterrado el neoliberalismo. En una cumbre progresista organizada por Michelle Bachelet en 2009, la centroizquierda pensó que había ganado la discusión. Era el capitalismo el que estaba en entredicho, no la izquierda. Curiosamente, fue la Tercera Vía la que se vio golpeada por la debacle, y el capitalismo y sus representantes –los bancos– sobrevivieron y siguieron prosperando. Los ciudadanos asociaron a los gobiernos de centroizquierda, su poca regulación y gasto público, con los excesos que llevaron al derrumbe financiero.  Si bien las protestas de los Indignados apuntaban su ira hacia los banqueros, los banqueros lograron que fueran los gobiernos –muchos socialdemócratas– los que se llevaran la peor parte de la furia. No hay que ir más allá de las recientes elecciones del Parlamento Europeo para observar cómo partidos y candidatos populistas y de extrema derecha han logrado capturar el voto de protesta. No hubo Tercera Vía que aguantara.

El debate sobre educación que actualmente se está dando en Chile es indispensable pero insuficiente. La discusión real no es ni de modelos ni de financiamiento, sino de currículum.

¿Qué pasó? Por un lado, la Tercera Vía nunca logró desmarcarse del neoliberalismo. Más que reemplazarlo, lo suavizó. Para algunos, fue poco más que el  “Neoliberalismo con Rostro Humano”. En la práctica, esto significó que el sector privado siguió siendo extremadamente desregulado, con los efectos que se evidenciaron con la crisis. El crecimiento fue subsidiado por la deuda pública y privada, y el efecto político fue que muchos partidos de izquierda parecieron abandonar algunos principios básicos. Los ciudadanos concluyeron que la Tercera Vía no velaba por el bien común.

La izquierda tradicional ubica al Estado al centro del bien común, mientras la derecha típica no cree que el crecimiento del aparato estatal sirva para garantizar el bienestar general. La Segunda Tercera Vía, en cambio, entiende que el bien común no es el espacio exclusivo del Estado, y debe invitar al sector privado a contribuir, creando los incentivos necesarios. La competencia y la productividad son conceptos asociados con el mercado, pero en realidad son elementos claves para ampliar la prosperidad de la sociedad. No es casualidad que tal vez los ejemplos más exitosos de colaboración público-privada han sido los proyectos de infraestructura. En esos casos, queda bastante claro que el resultado final es algo que contribuye hacia el bien de todos.

Para que la Segunda Tercera Vía pueda volver a ganarse la confianza de los ciudadanos, es necesario que se reencuentre con los conceptos básicos como el progresismo, la inclusión, la protección social y la productividad. El Estado en este nuevo concepto entiende que está inserto en la economía global donde el capital no respeta las fronteras, pero donde las regulaciones sí deben ser respetadas. Debe reconocer que es el sector privado el que crea y mantiene el empleo,  pero que como todos los mercados, el mercado laboral es imperfecto. Los trabajadores requieren protección. Debe hacer lo que el mercado no puede, pero eso no implica solamente regulación. Es evidente que, si bien la ciencia y la innovación pueden ser lideradas desde el sector privado, dependen de la preparación que ofrece un sistema de educación y de condiciones adecuadas de promoción y fomento.

En la medida que los requisitos básicos como infraestructura se van cumpliendo, en el siglo XXI el bien común pasa, mayormente, por la ciencia y la tecnología, y éstas, por la educación. En este sentido, la discusión que actualmente se está dando en Chile es indispensable, pero insuficiente. El debate real sobre educación no es ni de modelos ni de financiamiento, sino de currículum. En la sociedad del conocimiento, el riesgo no es solamente tener un país segregado entre los que cuentan con niveles adecuados de educación y los que no. Otro peligro es que el sistema educativo no sea suficientemente ágil para adaptarse a los nuevos desafíos.

Tal vez es ahí donde la Segunda Tercera Vía tiene su gran oportunidad. Mientras la izquierda busca volver para atrás y la derecha busca que todo se mantenga igual, la Segunda Tercera Vía se hace cargo del cambio, no lo ve como amenaza, y diseña políticas públicas que aseguran que el país, y sus ciudadanos, sean parte de un mundo, y un mercado, en continuo proceso de transformación. •••

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