Opinión

Lagos en Chicago

Algunos sectores de la Nueva Mayoría buscan borrar con el codo lo que hicieron con las manos durante cuatro gobiernos consecutivos.

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Es interesante el caso de los ex presidentes latinoamericanos. En México abandonan prácticamente por completo la actividad política una vez que su sexenio concluye. En otras partes del continente, la reelección –inmediata o no– ha permitido que antiguos presidentes continúen activos en el tiempo; los casos de Menem y Fujimori son sintomáticos. En el Chile post-dictatorial, en tanto, encontramos de todo: desde los que abandonaron para siempre sus aspiraciones presidenciales, los que infructuosamente intentaron retornar al poder, y los que lograron la reelección.

Ricardo Lagos cabe dentro del primer grupo, aunque, como sabemos, por razones ajenas a su voluntad. Sus aspiraciones presidenciales luego del primer gobierno de Bachelet eran un secreto a voces en la antigua Concertación; y si no fue candidato en 2009, se debió a que sus propios partidarios lo desestimaron como opción y no precisamente a una decisión propia. Lo anterior, sin embargo, no ha impedido que Lagos sea un actor relevante, no tanto en la política nacional como en la internacional. Lagos y sus asesores, en efecto, parecen haber ideado la estrategia de que el legado del ex presidente debe defenderse sobre todo fuera de las fronteras chilenas, dejando así la idea y la imagen del estadista que está por sobre los gobiernos de turno. Nada mejor para conseguir este fin que el uso de los espacios académicos.

En mi condición de expositor en la reunión anual de la Latin American Studies Association (LASA) realizada a fines de mayo en la ciudad de Chicago, me tocó presenciar la estrategia de Lagos. Nunca lo había oído en persona, aun cuando recuerdo desde pequeño su timbre aleccionador, su gran capacidad oratoria y la defensa vehemente de sus convicciones. Invitado por el Kellogg Institute de la Universidad de Notre Dame a dar una charla sobre la vida y obra de Guillermo O’Donell, uno de los científicos sociales latinoamericanos más reconocidos de las últimas décadas, Lagos se refirió a algunas de las obras más sobresalientes del homenajeado, contó cómo se habían conocidos y explicitó lo mucho que lo admiraba en términos intelectuales. Más rápido que tarde, empero, Lagos aprovechó el estrado para dar curso a su programa internacional. Entre los temas que tocó, y que poco tenían que ver con O’Donell, resaltan dos: el primero dice relación con la transición a la democracia en Chile y cómo ella, de acuerdo con Lagos, debe comprenderse en la actualidad. El segundo, con el proceso de investigación y judicialización de los casos de derechos humanos en nuestro país.

Para Lagos, la transición a la democracia en Chile fue un proceso exitoso, en el que las aspiraciones reformistas se acomodaron de forma fluida con la realidad post-dictatorial. Lagos defendió en Chicago el tránsito sinuoso pero progresivo de la transición, comentando sus aciertos y dejando la sensación de que la moderación de sus líderes –Patricio Aylwin a la cabeza– era lo que se requería en ese minuto y circunstancia. Con todo, de tanto insistir en el ánimo progresivo de la transición, terminó cayendo en la típica trampa de los análisis ex post facto. Como si el presente que vivimos no hubiera sido en gran parte construido por él mismo, Lagos se movió de su postura “autocomplaciente” a una mucho más crítica del modelo concertacionista. La “democracia del siglo XXI” ha alcanzando la madurez suficiente, nos dijo, para dejar el pasado y encarrilarse en la senda de los cambios profundos, esos mismos que la Concertación de los años noventa no introdujo. Frases como “la derecha piensa en consumidores; la centroizquierda en ciudadanos” dicen mucho del Lagos del siglo XXI y del maniqueísmo de algunos sectores de la Nueva Mayoría que, con la ventaja de mirar las cosas desde el presente, buscan borrar con el codo lo que hicieron con las manos durante cuatro gobiernos consecutivos.

El otro tema tocado por Lagos en Chicago fue, en mi opinión, más atractivo e importante que su visión –justificatoria y crítica al mismo tiempo– de la transición. Y esto porque su impresión sobre los juicios de derechos humanos es mucho más real, menos actuada y, al final de cuentas, más política que la exculpación por los errores de la Concertación de los noventa. Con realismo, Lagos separó tajantemente la investigación de los abusos cometidos por la dictadura de la resolución judicial de los mismos. Acertadamente, propuso que una cosa es intentar buscar la verdad política de lo que ocurrió en los setenta y ochenta en nuestro país (para eso están las comisiones de derechos humanos), y otra muy distinta que los presidentes juzguen a aquellos que merecen ser juzgados. El poder Ejecutivo puede crear consciencia sobre el tema; sin embargo, no está en condiciones de juzgar y está bien que así sea. Es el Poder Judicial al que le corresponde penalizar a los implicados y culpables. De otra forma la separación de poderes no sería más que una farsa, de la misma forma como lo era durante los años de Pinochet. Así, si el Poder Judicial es atolondrado y retrógrado, de seguro no es misión del Ejecutivo cambiarlo ni modernizarlo.

La relevancia de este último tema me hizo pensar que la interpretación binaria de la transición presentada por Lagos durante largos pasajes de su intervención es más el resultado de una imagen internacional en construcción (y, por tanto, feble) que el producto de una reflexión política profunda. Aun así, a Lagos todavía le quedan destellos de lucidez y realismo cuando deja los lugares comunes y se adentra en la complejidad de la política. Cuando ello ocurre no cabe duda que vale la pena oírlo, aunque sea en Chicago y en inglés.  •••

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