Opinión

Una abdicación, una elección y una lección

Las reformas políticas que hay que llevar a cabo no serían, como señala la oposición, una respuesta a presiones populistas, sino un paso importante para desactivarlas.

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En pocos meses se conmemoran los cien años del comienzo de la Primera Guerra Mundial. A pesar de que sería necesaria otra guerra para terminar de impulsar definitivamente al Viejo Continente hacia la modernidad, fue el conflicto de 1914 el que comenzó a enterrar a las estructuras e instituciones políticas del siglo anterior. Tal vez el símbolo más importante de esa trasformación fue la caída de los viejos imperios –alemán, ruso, austro-húngaro y turco – y de sus correspondientes zares, káiseres y sultanes. Guardando las diferencias, no es casualidad, que cien años más tarde, las transformaciones y crisis que vive Europa den pie, una vez más, a la caída de monarquías. Solamente en el último año y medio han abdicado los reyes de Bélgica, Noruega y España, más la renuncia del “rey” del Vaticano en febrero de 2013. En este sentido, la abdicación de Juan Carlos es más que una anécdota en la historia de España. Es un hito en un proceso de transformación, cuyos resultados aún son muy difíciles de predecir.

Que la noticia desde Madrid haya sido precedida por elecciones europeas en que varios partidos de ultra derecha, nacionalistas y xenófobos, hayan aumentado sustancialmente su voto, tampoco es casualidad. Partidos como Amanecer Dorado en Grecia, el Frente Nacional en Francia y Jobbik en Hungría –  o el UKIP en el Reino Unido, que fue el partido más votado por los británicos en los comicios recientes– son sintomáticos de la desafección de la ciudadanía europea con la política tradicional.
En este sentido, no hay que confundir las cosas. No es que los europeos se han puesto más conservadores y han optado por la derecha, o que los europeos ya no ven la relevancia de sus monarquías. Tanto el giro hacia la derecha populista como la dimisión de monarcas representan la inhabilidad que han demostrado las instituciones democráticas tradicionales de adaptarse a nuevos tiempos. En el caso de las monarquías, obviamente es chocante que un rey de un país que sufre de un 25% de desempleo viaje a cazar elefantes. Pero el tema de fondo no es el rol de la monarquía en la democracia liberal, sino el rol de la democracia liberal en un mundo cada vez más alterado. Mucho más que el monarca, el blanco de la ira es la democracia misma, y su incapacidad de responder a las nuevas demandas sociales.

En el caso europeo, esas demandas obviamente surgen de la larga crisis económica. En Chile, el origen de las demandas sociales es otro, pero las consecuencias son similares. Lo que nos enseña Europa es que, si bien es poco probable que la incapacidad de las instituciones de responder a tiempo y adecuadamente a las nuevas demandas sociales lleven a algún tipo de quiebre, sí puede inspirar la apariencia de nuevos actores políticos y de índole más populista.

Entendido así, las reformas políticas que hay que llevar a cabo no serían, como señala la oposición, una respuesta a presiones populistas, sino un paso importante para desactivarlas. Eso lo entiende el actual Gobierno. Pero ¿hasta qué punto hay que “escuchar”?

La derecha tradicional, aquí y en Europa, ha cometido el error de pensar que las protestas son motivadas por algo ajeno a problemas concretos que exigen soluciones reales. La tozudez ideológica no le ha permitido avanzar más allá de un modelo que, a todas vistas, ha llegado a un punto de agotamiento. Por su parte, la izquierda tradicional, aquí y en Europa, ha cometido el error de subirse con demasiada rapidez al carro. Temiendo ser llevada por la ola, adoptó discursos de recambio que, al final del día, le han traído poco rendimiento electoral. La culpa, la flojera intelectual y el idealismo también han jugado un rol.

El reinado de Felipe VI será como el gobierno de Michelle Bachelet. Ambos saben que representan oportunidades –tal vez las últimas– de renovar la política en respuesta a fuertes demandas sociales, y así evitar que los sistemas políticos que representan terminen tan enterrados como los antiguos imperios europeos. Después de todo Felipe es Borbón, y algo sabe de lo mal que puede terminar un reinado impopular. •••

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