Opinión

Perder la oportunidad

El gobierno tuvo mucho tiempo para lograr un preacuerdo por la reforma tributaria. No se hizo y el resultado está a la vista. Ojalá no pase lo mismo con el cambio al binominal.

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Por Robert Funk
Doctor en Ciencia Política. Director del Centro de Estudios de Opinión Pública de la Universidad de Chile

Observar la agenda de reformas políticas del actual Gobierno, o más bien el proceso político que la acompaña, hace recordar la frase de Abba Eban, que comentó, seguramente en alguna de las infinitas negociaciones de paz en el Medio Oriente, que sus contrapartes en las negociaciones “nunca perdían la oportunidad para perder una oportunidad”.
El Gobierno estimó que en las últimas elecciones presidenciales obtuvo un respaldo popular suficientemente fuerte como para introducir una ambiciosa agenda de reformas políticas y económicas. Dejando de lado si ese análisis es correcto, lo cierto es que desde que asumió el poder, la Presidenta Michelle Bachelet ha avanzado con bastante rapidez en la implementación de su programa de gobierno. No cabe duda que la Nueva Mayoría ha dejado atrás la timidez que marcó –a veces con razón, a veces no– los primeros cuatro gobiernos de la Concertación.

Bachelet también ha considerado, y puede que en esto tenga la verdad de su parte, que una de las causas del desencanto generalizado, tanto en Chile como en el extranjero, ha sido la incapacidad o falta de voluntad por parte de la clase política por cumplir con su palabra o con responder a las demandas ciudadanas.

Se aproxima esa fecha simbólica de los primeros 100 días y la Presidenta logró la aprobación del voto para los chilenos en el exterior, le ha dado suma urgencia al proyecto de Acuerdo de Vida en Pareja, presentó la reforma tributaria y el proyecto para cambiar el sistema binominal.

La rapidez con que se pudo avanzar en estas materias evidenciaba un trabajo previo, de diseño y técnico, por parte de grupos cercanos a Bachelet. La evidencia es que no hicieron –por lo menos en lo que corresponde a la reforma tributaria– la pega política paralela. Confiados en el respaldo ciudadano no estimaron necesario consultar con grupos empresariales, inversionistas o expertos que pudieran tener visiones técnicas distintas a su grupo de economistas afines. Se perdió una oportunidad para acordar una gran e importante reforma y se optó por la rapidez y por ganar unos puntos políticos con la base política del Gobierno. Es una opción legítima, pero la reacción, tanto doméstica como externa, deja en claro que tal vez no ha sido una opción muy atinada.

Luego, para intentar apagar el incendio de críticas que había surgido por el tema tributario, el Gobierno adelantó la presentación de la reforma al binominal. Otra gran oportunidad. La introducción de la reforma al sistema electoral fue una estrategia magistral. No solamente se dieron señales de estar preparados y de haber diseñado un proyecto que contaba con un respaldo bastante transversal, sino que se logró un golpe comunicacional que, efectivamente, pudo destronar el ruido que había causado la reforma tributaria.

Dejando de lado sus implicancias comunicacionales, en sus contenidos la reforma propuesta es una ocasión para cambiar un sistema electoral que ha sido, desde su imposición en los últimos días del régimen de Pinochet, uno de los impedimentos claves para la profundización de la calidad de la democracia en este país. A estas alturas el binominal ni siquiera cumple con uno de sus objetivos básicos, que es fortalecer la gobernabilidad y la estabilidad política. El intento de reemplazar un Chile de tres tercios con un sistema dividido en dos grandes bloques fue un rotundo fracaso. Hoy los clivajes políticos son más complejos que nunca. La apuesta oficialista refleja ese dinamismo y pluralismo sin caer en los peores vicios de un sistema proporcional.

Para no perder otra oportunidad, la reforma al binominal requiere algunos elementos adicionales, que dicen relación tanto con el sistema electoral mismo como con el régimen político en general. Respecto de lo primero, llama la atención el redistritaje que, al ampliar tanto el tamaño de las circunscripciones senatoriales, aumenta la barrera de entrada para candidaturas pequeñas y los costos de hacer campaña para todos. Al mismo tiempo, la lógica de mantener dos Cámaras responde a que tengan distintos sistemas  de representación (una poblacional y territorial). La reforma no logra resolver ese problema presente en el actual sistema, y, de hecho, lo profundiza. Tampoco se establece una fórmula que establezca la sucesión en el evento de la renuncia, muerte, o incapacidad de cumplir funciones, como ha ocurrido hace poco en el caso de la ex senadora Ximena Rincón.

En cuanto al régimen político, corremos el riesgo de que la ciudadanía estime que la representación no mejore mucho una vez enmendado el sistema, porque las potestades de los diputados y senadores simplemente no les permiten cumplir cabalmente con la tarea de representación. Aunque no corresponde necesariamente en esta etapa volver al debate sobre parlamentarismo, sí se pueden re-equilibrar los poderes entre el Ejecutivo y el Parlamento, de manera de corregir el hiperpresidencialismo que ha regido desde 1980.

Existe algo de consenso en que el país requiere cambios en materia política económica para lo que la Presidenta llama este “nuevo ciclo”. Pero la reacción a la reforma tributaria demuestra que sigue siendo necesario acordar el tipo de cambio que se lleva a cabo. Esto impacta no solamente en la calidad democrática, sino también en  asegurar que las ideas lleguen a buen puerto. Es precisamente porque los tiempos están para el cambio, que no están para permitir otra oportunidad perdida.  •••

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