Opinión

Get with the program

Es cierto que el Programa comienza a parecer dogma, pero mirado desde la otra vereda puede ser una importante herramienta de contención de las presiones sociales.

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Por Robert Funk
Doctor en Ciencia Política. Director del Centro de Estudios de Opinión Pública de la Universidad de Chile

La reacción de la oposición a la reforma tributaria se ha destacado por histrionismo, exageración y falta de argumentación sólida. El resultado ha sido un tremendo e innecesario error político. Argumentar que el alza en impuesto a la venta de una segunda vivienda le afecta a la clase media es no entender la realidad de lo que hoy se denomina clase media en Chile. Lo más curioso es que la pataleta no es necesaria: podríamos, y deberíamos, tener una discusión seria sobre lo que la reforma tributaria hace y lo que no hace. Si uno de los objetivos es avanzar hacia un sistema menos regresivo, por ejemplo, ¿tiene sentido, seguir dependiendo tanto del IVA? En la discusión que se viene, como en muchas, el Gobierno se verá presionado desde la izquierda y desde la derecha. ¿Cómo podrá aguantar las presiones?

Una estrategia que tuvo el gobierno fue cooptar –perdón, incorporar– a buena parte de la izquierda. Esto ha tenido cierto éxito. Es cosa de ver cómo se bajaron algunos sectores sociales vinculados con el Partido Comunista de la “Marcha de todas las Marchas”.

Otra estrategia es el programa de gobierno, que en poco tiempo ha adquirido dimensiones casi míticas. El programa se ha convertido en El Programa. Efectivamente, las referencias a El Programa son frecuentes. Casi la mitad del primer discurso que dio la Presidenta desde La Moneda el 11 de marzo estuvo dedicada a cómo “vamos a llevar adelante el programa de gobierno que hemos comprometido con ustedes”. Algunos observan esto con cierta alarma. Ven las referencias a El Programa como equivalentes al trato que tuvo en China el Libro Rojo de Mao o la forma en que Hugo Chávez sacaba el librito de su Constitución Bolivariana en los programas Aló Presidente.

Es verdad que el apego a El Programa comienza a parecer dogma, y si existen sectores a los cuales no les apetecen las propuestas indicadas, tal apego puede parecerles incluso peligroso. Considerado desde la otra vereda, sin embargo, El Programa se convierte en todo lo contrario –no un Plan de Cuatro Años diseñado por un Comité Central, sino una importante herramienta de contención de las presiones sociales.

Mirado de esta forma, hay que revisar El Programa tanto por lo que no se incluye como por lo que se indica. Cuando un Guillermo Teillier se auto-otorga el papel de intérprete de lo que piensa la Presidenta, anunciando que Bachelet no ha descartado la idea de la asamblea constituyente, el Gobierno puede apoyarse en la misma lógica: no está en El Programa. Cuando algunos diputados optan por arreglar los problemas de desigualdad que adolece el país a través de una reducción de la dieta parlamentaria, a pesar de que esa dieta financia una serie de servicios de apoyo que en otros sistemas son financiados centralmente, la Presidenta puede destacar las medidas de El Programa que apuntan a reducir la desigualdad en asuntos de educación, género, tributación y otros. Cuando la calle trata de transformar las demandas por mejorar la calidad de la educación superior en demandas por estatizar la misma, El Programa servirá de un cortafuegos.

Hasta el momento no se ha apreciado esta característica esencial de la estrategia de la Presidenta Bachelet, pero en la medida que se hagan más evidentes los síntomas de la aplanadorititis que sufre una parte de la Nueva Mayoría, los mismos sectores que hoy se espantan por los sueños que alenta El Programa, se alegrarán por su pragmatismo. •••

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  • Pablo Retamal

    Que tal si utilizamos el español como lengua oficial? Gracias, p.

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