Opinión

“El nuevo ciclo”: ¿de qué hablamos?

No se trata simplemente de una cuña introducida desde el oficialismo para facilitarse las cosas. Si las cosas no se hacen bien arriesga convertirse el día de mañana en una retórica vacía.

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Por Ricardo Solari
Analista político

La idea de “nuevo ciclo” es una propuesta para comprender y orientar el momento político que se vive. Está empezando a circular profusamente y, como es esperable, ha sido objeto de diversas interpretaciones. Algunas más moderadas y otras que apuestan por sacarle un filo más agudo. Por supuesto, al calor del juego, se la puede descalificar como un fraseo ocurrente para vestir de sentido un despliegue de poder. Desde la frialdad del analista, se lo puede reducir a una mera denominación útil instalada por operadores políticos para orientarse en el tiempo. Tiene, sin embargo, fuerza suficiente como para despertar interés polémico desde múltiples posiciones de enunciación. Desde ya, entonces, podemos rescatar su valor como tópico, como espacio común para dialogar sobre un tiempo que se deslinda respecto del pasado.

Ciertamente, el concepto de “nuevo ciclo” no es una mera descripción. Apunta, ante todo, al desafío de articulación entre, al menos, tres elementos básicos: las transformaciones socioculturales ya acontecidas en la sociedad chilena, los marcos institucionales vigentes y el estilo de los actores políticos y sociales. En cierto modo, la transición a la democracia constituyó una solución ante un desafío semejante. Estos componentes esenciales de la vida nacional vienen mostrando fracturas ya desde el primer gobierno de la Presidenta Bachelet, cuando estalló la llamada “revolución pingüina”. Por ello, es posible incluso interpretar el triunfo de la Alianza en la presidencial del 2009 como parte de este resquebrajamiento. Prueba de ello es que, durante la administración de Piñera, las movilizaciones sociales no hicieron más que intensificarse y multiplicarse.

Dicho lo anterior, evidentemente es un error suponer que resolver positivamente el desafío que presenta el “nuevo ciclo” recae únicamente sobre el actual Gobierno o sobre el bloque político que respalda a Michelle Bachelet. Y no se trata simplemente de apelar a una retórica de buena crianza sobre las negativas consecuencias para el país que acarrearía  un mal desempeño del actual Gobierno. Lo que se juega va más allá del éxito o fracaso de un programa en particular. Se trata de establecer condiciones para que la institucionalidad política vuelva a operar con legitimidad ante la ciudadanía. Sólo desde este ángulo, el “nuevo ciclo” no invita solamente a generar una nueva carta fundamental, una que nos represente a todos. Supone, además, transformaciones  importantes en el sistema electoral, en el sistema de los partidos y, lo que es quizás más complejo, en las prácticas de la cultura política chilena.

Es obvio que nada de esto puede imponerlo al país un núcleo político por investido, empoderado y hábil que sea. Consensos y acuerdos pertenecen necesariamente a este nuevo ciclo como pertenecen a cualquier proceso democrático de transformación. “Pasar aplanadoras” es lo que hace una dictadura para instalar transformaciones a contrapelo de la voluntad popular. Huelga decir que no es el modo en que se puede avanzar sustantivamente en el nuevo ciclo político. Su desarrollo fructuoso se parece más a lo que una venerable tradición de pensadores post-revolucionarios entendía como un proceso de cambio profundo que se impone por la autoridad irresistible de las tendencias y sentidos sociales.

El ritmo y orden de cambios como éstos serán, ciertamente, materia de disputa. Nadie que entienda seriamente de qué estamos hablando puede proyectar un proceso límpido y mecánico. Es muy probable que haya muchas sorpresas en el camino. De hecho, ya las ha habido. Las prematuras renuncias de autoridades son parte de este tiempo extraordinario de ajuste entre las expectativas ciudadanas y la acción política. Sería un error tomarlo como argumento para negar la validez del diagnóstico contenido en el concepto de “nuevo ciclo”. Las lógicas de conformación de los equipos de gobierno ha estado sujeta a verificación por los vientos sociales desde la administración de Piñera. Recordemos nada más el naufragio del “gobierno de excelencia” en la marea de los conflictos de interés.

Quienes adherimos y apoyamos al gobierno de la Presidenta Bachelet, consideramos, además, que es un error tomar estas revocaciones como una señal de debilidad o torpeza. La sensibilidad y entereza para reconocer errores y potenciales fuentes de conflicto en un escenario político delicado, dándoles una pronta solución, muestra un Gobierno centrado en lo esencial del sentido democrático-ciudadano que lo puso en el poder.

En suma, el “nuevo ciclo”  ya lo he expresado en otra ocasión  no es un concepto puramente descriptivo de un estado de cosas. Está cargado de esperanza y sentido de futuro. No se trata simplemente de una cuña introducida desde el oficialismo para facilitarse las cosas. Si las cosas no se hacen bien arriesga, por tanto, convertirse el día de mañana en una retórica vacía e irritante destinada a mantener en vilo un pequeño negocio fracasado.

Quienes se aproximan a la cosa pública con seriedad notan que el gobierno de la Presidenta Bachelet lleva adelante las transformaciones que el país necesita desde un incuestionable acervo de experiencia en gobernanza y dando señales cotidianas claras sobre su sentido de responsabilidad en estas materias. Su fracaso sólo podrá enrarecer el clima político y social, porque los desafíos que ahora tenemos entre manos seguirán estando vigentes. Y en ese caso, nos internaremos en territorios muy difíciles de mapear en la actualidad. •••

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