Opinión

Las reformas y el nuevo ciclo

Un verdadero relato debiera ser el norte que determine lo que uno quiere hacer con el poder. En ese sentido, hablar de modernización institucional ofrece una respuesta más contundente y completa a las demandas sociales de hoy.

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Por Robert Funk
Analista político

Durante los primeros años del gobierno del ex Presidente Sebastián Piñera tanto se comentó la falta de un “relato” que al final eso se convirtió en su relato. La cuestión surgió, en parte, en comparación al cuatrienio de Michelle Bachelet, durante el cual hubo –eventualmente– un relato bastante claro. Desde las salas cunas hasta el estímulo de $40 mil millones para apaciguar los efectos de la crisis financiera, el relato del primer gobierno de Bachelet estuvo manifiestamente centrado en la idea de la protección.

En la campaña electoral y el período de instalación del segundo gobierno de Bachelet ha sido más difícil identificar una línea conductora. Su programa de gobierno intentó enmarcar las propuestas dentro de una lucha contra la desigualdad, pero la necesidad de responder a demandas sociales hizo que el énfasis real del programa –y de los pronunciamientos públicos de la candidata y sus representantes– se pusiera en tres grandes promesas en torno a la educación, los cambios constitucionales y una reforma tributaria. En su discurso desde el balcón de La Moneda el día de su inauguración, la Presidenta volvió a hablar de desigualdad, pero ahí también siguió dando la impresión de que todo gira en torno a los tres grandes compromisos.

¿Cuál es la línea conductora?

Pareciera que se está tratando de cuadrar el círculo; de enmarcar las tres grandes reformas como ejes centrales de la lucha contra la desigualdad. La idea no es totalmente descabellada. La educación es clave para asegurar acceso y oportunidad, la política tributaria es una herramienta que hasta el momento se ha subutilizado en Chile para corregir desigualdades (en esta materia Chile tiene uno de los peores resultados entre los países de la OCDE), y una nueva Constitución debe contener definiciones básicas en cuanto a la igualdad económica y social.

El problema es que las tres grandes reformas son respuestas específicas a las demandas sociales, por lo que pareciera que el relato de la desigualdad es una forma de empaquetar o darle forma a esas tres políticas. Un verdadero relato, sin embargo, debiera ser el norte que determina lo que uno quiere hacer con el poder.

La Presidenta Bachelet podría hacer un pequeño giro en su relato, y volver a un tema mencionado varias veces en su programa de gobierno: el nuevo ciclo. Con esto, Bachelet construiría la épica de su segundo gobierno como una de reforma y modernización política. Tal como la Concertación logró ajustarse al escenario político post-transicional, las reformas prometidas pueden ser presentadas como parte de una agenda destinada a que Chile dé un paso hacia una nueva etapa en su desarrollo. Insertar los tres pilares programáticos dentro de un relato más amplio de modernización institucional tiene tres ventajas.

Primero, hablar de modernización institucional ofrece una respuesta más contundente y completa a las demandas sociales que han surgido durante estos años. Si se ha exigido algo, es una institucionalidad acorde con los tiempos: con una clase media aspiracional pero estancada, endeudada y subempleada; una juventud socialmente comprometida y conectada, pero políticamente frustrada.

Segundo, un discurso de modernización le permitiría al nuevo gobierno incluir otras políticas bajo el mismo paraguas, incluyendo algunos ya anunciados (nuevas políticas en cuanto a género y pueblos originarios) y algunos pendientes (modernización de la Cancillería, política energética, etc).

Y finalmente, el relato de modernización institucional incluye el elemento –también ya mencionado en el programa de gobierno– de gradualidad. Aquí no habrá un discurso revolucionario –con todo lo revolucionaria que podría llegar a ser, por ejemplo, una verdadera reforma tributaria. Se trata de un ajuste a la actual realidad del país. Una Constitución diseñada por un régimen militar, que llegó al poder en un período de Guerra Fría, no tiene sentido para un país globalizado cuyo destino de exportaciones más importante es una China controlada por un Partido Comunista.

Otro mundo, otra institucionalidad. Nuevo ciclo. •••

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