Opinión

Los herederos

A los herederos les va mejor no porque sean mejores, sino porque son herederos. Lo que este estudio enseña al mostrar los vínculos entre las élites y ciertas instituciones educativas, es cuán compleja es la economía material y simbólica de la desigualdad y con cuánta ingenuidad y simpleza quiere hacérsele frente hoy día en Chile.

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Por Carlos Peña
Rector de la UDP
Columnista de El Mercurio

El estudio de Seminarium Head Hunting, del que se da cuenta en estas páginas, confirma los resultados de otros múltiples (como, por ejemplo, los de Santa Cruz y Guzmán, Nosotros somos la elite, 2008; del PNUD, El Poder: ¿para qué y para quién?, 2004; y de Joignant, A. Notables, tecnócratas y mandarines. Elementos de sociología de las élites en Chile, 2011, entre otros): la elite chilena es endogámica, tiende a reproducirse a sí misma, y el principal lugar donde esa reproducción se realiza, es el sistema educativo.
¿Algo para sorprenderse? Por supuesto que no.
Es cosa de mirar lo que ha sucedido desde el año 2011 en adelante (el reclamo creciente por igualdad que se tomó las calles y la agenda pública) para saber que en Chile las posiciones más altas en la escala invisible del prestigio y del poder se asignan no en base al mérito o el rendimiento, sino en base a cualidades adscritas o heredadas por las personas. Las elites empresariales no serían un puñado de gente esforzada y talentosa que disfruta de su esfuerzo y de su dedicación, sino un grupo de personas favorecidas por el azar natural, por la cuna en que vinieron a este mundo.
El estudio da ocasión, sin embargo, para subrayar un par de cosas de interés.
Es de esperar, ante todo, que los miembros de la élite, luego de dar un vistazo a estos datos y leer esta revista, corrijan su percepción, y modifiquen el relato que gustan esparcir acerca de sí mismos. Porque lo que estos datos insinúan es que el monopolio de la fortuna y de la virtud no es fruto del merecimiento personal, sino que un resultado de las reglas invisibles con que se reproduce el privilegio.
Lo anterior es especialmente relevante cuando se atiende a las bases que hacen legítimo al capitalismo.
Ocurre que el mercado capitalista se legitima a través de una extendida ideología del esfuerzo personal. Un habitante de una sociedad capitalista, es socializado en la idea que en ella las oportunidades y los recursos se distribuyen y se asignan en base al esfuerzo personal y no, en cambio, en base al origen o a la cuna. Ésta es la profunda fuerza moral que esgrime el capitalismo: que en él la suerte de la vida depende ante todo de la disposición al esfuerzo que cada uno posea. Y ésa fue también la dimensión que halagó Marx en el Manifiesto comunista: la destrucción de todas las relaciones sociales previas fundadas en la tradición para sustituirlas por la autonomía individual.
Lo que este estudio (y otros) ponen de manifiesto, en cambio, es que entre nosotros ese relato no es más que un disfraz: no es cierto que las posiciones sociales se distribuyan al compás del esfuerzo y del mérito, sino que se asignan predominantemente en base a factores que escapan de la voluntad de las personas, cualidades meramente adscritas. En otras palabras, lo que muestran estos estudios es que la ideología del esfuerzo personal y el trabajo empeñoso (la narrativa del emprendimiento) no es más que una legitimación ex post de una sociedad que premia más el privilegio que el esfuerzo.
Por supuesto todas las sociedades (incluso las campeonas de la igualdad, como es el caso de Francia o los adalides del esfuerzo personal, como es el caso de EE.UU.) tienden a la reproducción del privilegio; pero suelen hacerlo admitiendo, al mismo tiempo, una importante circulación o renovación de las élites. Este proceso en Chile parece detenido. El fenómeno no es sólo un asunto de justicia, sino que también atinge a la propia permanencia y viabilidad de la modernización capitalista. Una modernización como la que ha experimentado la sociedad chilena no puede sostenerse sin que la ideología del esfuerzo personal que ella esgrime, cuente con experiencias que la hagan plausible. Así las clases empresariales, que adhieren y disfrutan de la modernización capitalista, debieran ser las primeras preocupadas en conferir plausibilidad a los ideales del esfuerzo personal.
Pero no es el caso.
Los últimos años han puesto de manifiesto que en Chile los ideales del esfuerzo personal no lo esgrimen los capitalistas, sino los jóvenes. Es una de las paradojas de Chile: los jóvenes parecen ser los únicos que se toman en serio al capitalismo y le exigen ponerse a la altura de los ideales que reclama para legitimarse.
Junto a lo anterior, el estudio también pone de manifiesto el papel que cumplen las instituciones educativas en la reproducción de las élites. El análisis de Seminarium Head Hunting muestra que la élite empresarial chilena proviene de un puñado de colegios, de apenas dos universidades, una estatal y otra privada y que, en el futuro es probable que el peso de las instituciones privadas se acreciente.
¿Qué significado tiene ese hecho para el debate que se lleva adelante hoy día en Chile?
Desde luego, el estudio recuerda una verdad mil veces repetida en la literatura: el sistema educativo tiende a reproducir las condiciones de origen de los niños que se incorporan a él. Como sugirió alguna vez Bourdieu, algunas instituciones educativas cumplen el papel del demonio de Maxwell. Maxwell intentó explicar cómo en el mundo físico era posible evitar la segunda ley de la termodinámica, el principio de entropía que hace que si se mezclan partículas calientes con partículas frías, la diferencia tienda a desaparecer. El científico imaginó entonces un demonio que, en el mundo físico, era capaz de detectar las partículas más rápidas y calientes y separarlas de las más lentas y más frías, evitando así la entropía. Pierre Bourdieu sugirió que las sociedades eran dirigidas por un demonio parecido al de Maxwell: sólo que en este caso el demonio eran las instituciones educativas que con sus complejos procesos de selección (que van desde la capacidad de pago hasta el origen familiar, la adscripción religiosa o las redes sociales a las que se pertenece) logra identificar a los niños y jóvenes más dotados por la fortuna de capital cultural y de habitus, esa compleja suma de disposiciones hacia el estudio y el éxito que se incorpora a la naturaleza del individuo bajo la forma de sentido del gusto, modales y autoconciencia.
A los herederos les va mejor no porque sean mejores, sino porque son herederos.
Lo que este estudio enseña al mostrar los vínculos entre las élites y ciertas instituciones educativas, es cuán compleja es la economía material y simbólica de la desigualdad y con cuánta ingenuidad y simpleza quiere hacérsele frente hoy día en Chile. •••

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