Opinión

El Piñera político del futuro

Parece inevitable que se perfile como candidato a la presidencia el 2017. En medio del desorden de la derecha, su voz va a pesar respecto de qué ceder y qué pelear, aunque sea a regañadientes para buena parte de sus aliados.

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Es innegable que la curva de apoyo a Piñera y la aprobación a la gestión del Gobierno han revertido definitivamente su tendencia a la baja. Según la encuesta Adimark, el Presidente habría logrado recuperarse de la caída invernal, alcanzando un 45% de aprobación en diciembre. Confirmaría así una trayectoria de repunte aparentemente iniciada en abril del 2012, cuando, según el mismo instrumento, tocó fondo con un 26% de aprobación. Correspondientemente, el rechazo ha menguado, bajando a un 41% e invirtiendo la relación con el apoyo por primera vez desde diciembre del 2010.
Aparte del clima, ¿qué ha cambiado respecto de los meses anteriores? Los indicadores socioeconómicos no han variado y, de hecho, se ha iniciado una desaceleración económica. El desempeño por áreas tampoco ha mostrado algún adelanto sobresaliente. La sensación de derrota en La Haya se hace creciente (aunque la gestión en Relaciones Exteriores es lo mejor evaluado). El controvertido estilo de comunicaciones del Presidente no se ha corregido. No logró conseguir la continuidad de la derecha en La Moneda y el oficialismo atraviesa la crisis más grave de los últimos cincuenta años.
Por si fuera poco, en estas últimas semanas se han desatado un par de incidentes que serían lapidarios según los propios criterios que se impuso inicialmente su oferta política. La instalación “al revés” del puente levadizo sobre el río Cau-Cau, si bien un asunto menor y solucionable, es un episodio muy sintomático del destino del “gobierno de excelencia”, ya liquidado tras sucesivas ineptitudes, entre las cuales se destacan, como fracasos mayores, el bochorno del último Censo y el fracaso en la lucha contra la delincuencia. Por otro lado, el caso “Cascadas”, un grave escándalo financiero que, aunque lo tiene como personaje secundario respecto de los verdaderos protagonistas (los controladores de SQM), dejó en evidencia que Piñera nunca resolvió la confusa relación entre sus negocios y la política concreta.
Si a todo lo anterior sumamos la seguidilla inédita de incendios forestales que se han desatado en lo que va de este verano, Piñera debería estar algo “quemado”. ¿Por qué sube, preguntamos nuevamente, su popularidad? Una respuesta posible es que, en los últimos meses, la gestión del Presidente ha hecho una diferencia decisiva respecto del resto de su mandato en un ámbito que la derecha ha subvalorado: dar señales indisputables de compromiso con la democracia en su sentido substantivo.
Tras la repolitización de la sociedad chilena, que se inició el 2011 con las movilizaciones de los estudiantes, es claro que el discurso y el estilo de la derecha entraron en creciente aislamiento social y cultural. La última elección fue elocuente y la señal de alarma se ha dejado sentir con fuerza. El espectáculo que está dando la derecha post-elecciones no es más que una continuación del accidentado desempeño previo.
En esa coyuntura, la actitud que tomó Piñera durante septiembre sintonizó con el juicio mayoritario que se hizo sentir durante las efemérides. Dispuso el traslado de los criminales a Punta Peuco, habló sobre los “cómplices civiles” de Pinochet y marcó sus diferencias con la candidata de su coalición. El veredicto de la opinión pública fue inapelable: las causas del Golpe son controvertibles, pero lo que vino después sólo puede ser objeto de la más irrestricta condena. No hay excusas ni matices. Fue una masacre de adversarios políticos, no una guerra. El apoyo a Pinochet en el plebiscito deslegitima cualquier pretensión de liderar a la nación en el futuro. No hay páginas que dar vuelta, la historia debe ser integrada a nuestra existencia presente.
Por segunda vez en su biografía política presidencial, luego del rescate minero, Piñera se comportó claramente como un estadista. Se conectó con la historia republicana e hizo una jugada que, a todas luces, no le reportaba ningún beneficio personal. Tomó un riesgo, pero un riesgo político. No es casual que los atributos del Presidente con mayor alza en la percepción pública durante la primavera fueron “autoridad” y “confianza”.
Estos gestos han sido modestos, ciertamente, pero suficientes para perfilarlo como un referente lúcido sobre los derroteros que debe seguir la derecha en el futuro. Y ella está requerida con urgencia de faros, porque la política mecánica de la transición, diseñada a su medida, se está terminando. El estilo business as usual está quedando obsoleto. Es necesario construir discursos que convoquen a la ciudadanía y es inadmisible el miedo a jugar con la cancha nivelada. Michelle Bachelet fue elegida para conducir transformaciones perceptibles.
En este escenario, el sistema político se abre a un nuevo ciclo y los desafíos implican generar cambios en áreas sensibles, especialmente para la derecha. Aferrarse a las viejas fórmulas podrá contener estos cambios durante un rato, pero a la larga significará marginación total frente a una sociedad que marcha hacia otros rumbos. En medio del desorden e incertidumbre, es natural que los juicios de Piñera pesen a la hora de determinar respecto de qué ceder y qué pelear. Aunque sea a regañadientes para buena parte de sus aliados.
Parece inevitable, desde este punto de vista, que Piñera se perfile como candidato a la presidencia el 2017. Aunque no es evidente que una rotación de esa naturaleza sea signo de la buena salud de la democracia chilena, lo peor que podría suceder es que el retorno de Piñera esté motivado por ambiciones personales que se abran paso a cuchillo. Debería ser efecto de una autoridad y liderazgo maduros. Para ello, Piñera no puede ponerse a especular con cuotas de poder personales ni operar aquellas jugadas maestras, a las que nos tiene acostumbrados. Su acción debería servir, con toda la transparencia que le sea posible, a objetivos claros y de largo plazo: modificar en un sentido profundo a esta derecha conservadora en los valores, coqueta con el autoritarismo y entusiasta de los privilegios en lo socioeconómico. Ésa sería una transformación que el país agradecería. •••

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