Opinión

Prensa y transparencia

En Chile, los medios se escudan en eufemismos para no declarar explícitamente sus fines políticos y económicos.

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La transparencia es un arma de doble filo. Por un lado, contar con un sistema político-económico que permita a los ciudadanos conocer cuánto y en qué se gastan los recursos públicos es una condición básica de una democracia representativa, sobre todo en países como Chile donde las riquezas son escasas, mas los intereses corporativos relativamente altos. Pero, por otro lado, los gobiernos e instituciones privadas necesitan un grado de “privacidad” para que su actuar sea efectivo. Ningún país anda por la vida contando sus secretos de Estado (y todos los tienen), pues hacerlo sería señal de debilidad y, en el largo plazo, de inseguridad institucional. Lo mismo ocurre con las empresas que buscan resguardarse de la competencia.

Ahora bien, cada vez me convenzo más de que la sociedad chilena debería ser más transparente en un área en particular: las comunicaciones. Por mucho tiempo se ha sostenido que la prensa (entendida ésta como un espacio escrito, radial y televisivo) debe mostrar el mayor grado de “imparcialidad” al momento de mostrar, contar o analizar una noticia o reportaje. Hacerlo, se sostiene, es señal de que los intereses de la ciudadanía están protegidos, como si los canales de comunicación hubieran sido creados para salvaguardar la libertad y seguridad de los individuos. Sin embargo, todos sabemos que la imparcialidad de los medios no es tal y que, por el contrario, todos sus agentes tienen (y está bien que así sea) objetivos claros y fines precisos que cumplir.

Lamentablemente, el no aceptar esta verdad semi-escondida ha dado pie a que los medios se escuden en eufemismos para no declarar explícitamente sus fines políticos y económicos. En efecto, a diferencia de lo que ocurre en otras parte del mundo, en Chile los medios se han resistido a expresar públicamente a quién y por qué apoyan cuando se avecina una elección o una negociación importante en el Congreso, con la consecuente pérdida de credibilidad de periodistas, editores y reporteros. Pocos podrían dudar que El Mercurio, ha apoyado históricamente a la centroderecha chilena; pocos podrían poner en duda, al mismo tiempo, el derecho de este diario a hacerlo. Lo que sí es dable dudar es de la supuesta efectividad de la imparcialidad de El Mercurio, si consideramos que lo implícito puede muchas veces ser más contraproducente para la democracia que lo que se expresa fuerte y claramente.

Lo mismo podríamos decir de algunos medios en la vereda opuesta. El Mostrador, por ejemplo, es claramente un medio de centroizquierda que defiende los intereses actuales de la Nueva Mayoría. No obstante, por lo menos en lo que respecta a esta última contienda electoral, nunca encontré una declaración explícita a favor de Bachelet, sino sólo defensas indirectas a su programa y ataques bastante destemplados al de su antagonista. Por lo demás, muchas veces El Mostrador simplemente hace copy-paste de lo que otros medios han publicado (extractos enteros de las columnas de Carlos Peña en El Mercurio son los más asiduos), aunque en general les agregan un título y una cierta manipulación al significado real de lo sostenido por los autores originales. Esto, como se ve, es igualmente poco transparente que lo que ocurre con los informativos de derecha: en ambos casos, y en aras de la imparcialidad, se camufla lo que debería ser diáfano y público.

Esta situación no es del todo nueva. Baste recordar a El Mercurio de los años 70 (o al del período de la dictadura) y a El Clarín, ferviente partidario de Allende y la UP. No se trata de retornar al tono burdo y descarnado de muchas publicaciones de esa época. Más bien, lo que requerimos es que nuestras comunicaciones sean más transparentes y que la imparcialidad no sea vista como un fin en sí misma. Habría sido interesante, en ese sentido, que los diarios chilenos hubieran aclarado expresamente sus preferencias en esta elección y evitar, de ese modo, la constante sospecha de la ciudadanía.

Un buen ejemplo a seguir es la revista inglesa The Economist, la cual en la última elección presidencial norteamericana apoyó públicamente a Obama. Y lo más interesante de todo es que lo hizo luego de un análisis concienzudo sobre el actual Presidente estadounidense y su rival de entonces, Mitt Romney. Es decir, un medio liberal (nadie podría sostener que The Economist es izquierdista) se decidió por un candidato de centroizquierda y lo hizo público; sin eufemismos ni medias tintas. Ésa es la buena transparencia. •••

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