Opinión

La mudanza del modelo

¿Está en discusión el modelo? Sí, está en discusión. Hace rato.

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Los que quieren conservar intacta la construcción socioeconómica de Estado mínimo y mercados desregulados, creado bajo el amparo del gobierno de Pinochet, no se han enterado que esa ingeniera está en firme retirada y hoy sólo resiste por la fuerza de algunos cercos institucionales.

Este proceso no comenzó ahora. Sólo que fue acelerado por los movimientos estudiantiles del 2011 y se puso en el centro de la discusión en la última elección, a propósito del dilema entre continuidad y cambio. Hace muchos años que la herencia socioeconómica de la dictadura está en permanente revisión. Ejemplos de aquello son las reformas tributarias y el pilar solidario del sistema de pensiones. Lo que pasa es que se ha profundizado, desde los últimos comicios presidenciales y parlamentarios, el mandato ciudadano para construir una relación más depurada, mejor dirigida, entre democracia y mercado, entre política y economía; ecuación que a la mayoría de los connacionales le parece crucial para poder construir una convivencia posible y darle fuelle a la suprema finalidad de toda sociedad: vivir mejor.

En general, las grandes aspiraciones de los chilenos pasan por una mayor provisión de bienes públicos. Seguridad ciudadana, salud oportuna, mejores pensiones, educación gratuita y de calidad. Y podemos seguir agregando temas. La idea del mercado que todo lo resuelve nadie la cree y no concursa con éxito en la política democrática.

El planteo de alzar impuestos, contra la teoría general que señala que aquello es altamente impopular, fue apoyada por los candidatos que obtuvieron el 75 % de la votación en la primera vuelta presidencial. La fantasía de la desregulación fue carcomida una y otra vez por los abusos de agentes económicos coludidos o derechamente tramposos, que arrasaron, cuando tuvieron la oportunidad, con consumidores, usuarios, clientes y accionistas minoritarios.

La fe pública ha sido defrauda tantas veces, que cualquiera cándida idea de autorregulación ni siquiera consigue el respaldo de sus antiguos promotores. La cantidad de iniciativas de “buenas practicas” y la superposición de comités para ese efecto que promueve nuestra remecida Bolsa de Comercio, sigue con retraso los casos controvertidos de los que la opinión pública se entera cada tanto.

Pero lo que puede tranquilizar a los inquietos, a los que viven, o a veces profitan de la incertidumbre, es que es difícil encontrar en América Latina un país en donde la preocupación del sistema político por los equilibrios macroeconómicos sea más sólida. Los gastos fiscales sin financiamiento son reprobados transversalmente. A su vez, la creación de empleos es un factor clave en la consideración de cualquier enfoque de derrota de la pobreza y la desigualdad.

La inflación es una ficción impensable para trabajadores y empleadores. El crecimiento económico se ha vuelto una meta exigible para quienes gobiernan, independientemente de su signo político. La idea de protección social, por su parte, no es contrapuesta a la visión mayoritaria de las familias, de que su progreso se consigue en primer lugar por el propio esfuerzo. Por tanto, no estamos en presencia de una sociedad de ciudadanos chupasangres del Estado, sino de un grupo respetable de personas que perciben que el capital ha tenido demasiadas ventajas y que los que viven de su trabajo padecen demasiadas asimetrías en su capacidad de negociación salarial, que las oportunidades urbanas están segregadas, que la educación que reciben depende del ingreso de sus familias, etc. La voz de la calle y las urnas ha sido contundente. La gente quiere cambios. Y los quiere de verdad. Pero en paz. Con gobernabilidad. Con respeto por las minorías y en pluralismo.

También hay un cambio paradigmático respecto a la construcción de las soluciones. El ideal tecnocrático ha sido desplazado por la firme convicción de que las políticas públicas no consultadas con las comunidades no tienen buen destino. Lo mismo pasa con los grandes proyectos, y con las intervenciones urbanas significativas. De igual modo, vivimos una sociedad con una profunda convicción de autonomía respecto de sus opciones personales. Nadie está disponible a que le marquen la pauta desde el púlpito o desde el Parlamento. La vocación de libertad de los ciudadanos es cada día más marcada y aquello no tiene vuelta atrás.

La triple combinación de exigencia de bienes públicos y de más Estado, de espacio para el emprendimiento personal y de autonomía en relación a sus opciones de vida, marca a los chilenos modernos. Estos ciudadanos están muy lejos de la República neoliberal, del predominio de la versión del integrismo católico para vivir sus vidas y del paternalismo estatista para construir su futuro.

De la construcción original del “modelo” instalado a poco de apagadas las llamas de La Moneda hay, y habrá, cada vez menos. Porque de lo que se trata es de lo siguiente: que las reglas de convivencia que nos gobiernen sean construidas en libertad. Y que por eso sean legítimas y perdurables. Asimismo que no otorguen primicia por origen socioeconómico a ningún compatriota. Ésas son las únicas credenciales que nos pueden conducir al el desarrollo. •••

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