Opinión

El Compromiso de Viera-Gallo

El Compromiso, obra recientemente publicada por José Antonio Viera-Gallo, tiene muchas cualidades que merecen destacarse. En primer lugar, resalta lo que podemos denominar como el “dilema generacional”.

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Es prácticamente un lugar común decir que todas las generaciones se enfrentan a sus padres y que la originalidad de sus proyectos es inherente a su ímpetu juvenil. No obstante, pocos toman en consideración que las generaciones no son compartimentos estancos monolíticos, sino el resultado de una multiplicidad heterogénea de ideas, aspiraciones y propósitos. Lo único que en verdad une a los miembros de una generación, en otras palabas, es la edad, lo que en términos interpretativos no dice mucho. Digo esto, pues uno de los aciertos de José Antonio Viera-Gallo en su libro es que no se apropia del discurso generacional para dar forma y legitimar sus argumentos. A pesar de que en algunos pasajes encontramos referencias generacionales al Che Guevara, Fidel Castro, Mayo del 68 y The Beatles, el hecho de que estos cuatro disímiles personajes o eventos sean considerados partes consustanciales del tiempo vital del autor demuestra cuán amplios y diversos eran los gustos e intereses de los contemporáneos de Viera-Gallo.

Éste es un punto importante para comprender por qué, cuando se analiza el tránsito de los grupos de izquierda en el siglo XX, es mejor hacerlo considerando la pluralidad de posibilidades y las luchas y diferencias internas, incluso al interior del marxismo. Tengo mis dudas de que el marxismo pueda catalogarse como una religión monocromática y a sus seguidores como creyentes acríticos. Las izquierdas chilenas compartían muchos elementos, pero también tenían diferencias estructurales entre ellas. No es correcto, pues, señalar que Viera-Gallo haya pertenecido a “la generación chilena de izquierda”. Si así lo hiciéramos, perderíamos de vista los conflictos internos que Allende debió enfrentar con socialistas, miristas, democratacristianos y, en una menor medida, comunistas a lo largo de la UP. Viera-Gallo no tiene temor en afirmar que las izquierdas chilenas cometieron errores que explican la caída de Allende, y que podrían resumirse en que, aunque las elites creyeran tener herramientas suficientes para producir un cambio mayor en la sociedad chilena, no es claro que el ambiente fuera el más propicio para inocular dicho cambio. Esto no exculpa, claro está, ni a las derechas ni a los militares de cuanto aconteció en el país entre 1973 y 1988. Más bien, introduce una alerta en el lector desprevenido, demasiado acostumbrado a dividir al mundo occidental de forma maniquea, como si los aliados fueran siempre aliados y los enemigos siempre enemigos.

La transición a la democracia a principios de los años noventa fue exitosa en gran medida porque sus actores –aliados y rivales– comprendieron que la lógica de la Guerra Fría podía acarrear más problemas que soluciones y que, por tanto, alcanzar la paz cívica era responsabilidad de un espectro amplio y transversal. El paso del autor desde el marxismo más militante (¿Gramsciano?) a la socialdemocracia de tipo europeo es prueba inequívoca de que Estado y mercado pueden trabajar al unísono y, juntos, vencer las aporías del neoliberalismo más recalcitrante y del izquierdismo más sofocante. A su vez, que los sectores más abiertos del liberalismo chileno se hayan abierto desde la década de 1990 a aceptar que el crecimiento económico no garantiza por sí solo el bienestar social, demuestra que las derechas en Chile también han evolucionado hacia una suerte de socialdemocracia liberal en la que al Estado se le ve como un garante de la libertad individual.

Otro aspecto importante de este libro dice relación con el compromiso –palabra que sirve de título para esta obra– tomado a lo largo de su vida por el autor con la democracia y los derechos humanos. Para Viera-Gallo, qué duda cabe, la democracia debe ser concebida en términos representativos, no asambleístas ni directos. A lo largo de estas páginas encontramos una defensa de lo que se llama “democracia liberal”; de ahí que una de las cualidades más sobresalientes de la carrera política de Viera-Gallo haya sido –y continúe siendo– su indiscutible capacidad negociadora. Apelar a la transversalidad es, de hecho, la estrategia preferida del autor. Y no sólo por pragmatismo, sino, más importante, porque está convencido de que la política representativa importa y que se debe hacer lo posible por recuperar su valor.

Concluyo haciendo una pequeña mención a uno de los principios básicos de la democracia: los derechos humanos. Si Viera-Gallo está en lo correcto (y obviamente creo que lo está) y la gobernabilidad depende de la legitimidad de los regímenes políticos, puede decirse que no hay nada más ilegítimo y reprochable que violar los derechos humanos en nombre de un bien superior. Lo hizo Hitler, lo hizo Stalin y lo hizo Pinochet. Los opositores a este último vivieron el exilio, la tortura y la muerte. Sin embargo, algunos sectores de las derechas chilenas y ciertamente muchos contrincantes de Pinochet, en especial los que se empaparon en el exilio de los beneficios de la “democracia liberal”, desarrollaron un apego a los derechos humanos que, hasta los años ochenta, no era habitual en Chile. Vale la pena creer que las nuevas generaciones políticas (ojo con el plural) seguirán este ejemplo y se avocarán de lleno al servicio público, buscando medios correctos para fines esperanzadores. •••

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