Opinión

La gobernabilidad de Michelle Bachelet

¿Cómo combinar deberes y derechos de manera armónica? Esta interrogante señala una de las dimensiones más acuciantes de la gobernabilidad futura.

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El desafío de un gobierno de la centroizquierda en Chile se refiere a responder razonablemente al conjunto de expectativas y demandas que hoy expresa la ciudadanía. Como indica el programa de Bachelet, el “nuevo ciclo” alude a construir un conjunto de políticas  a lo menos en tres áreas neurálgicas: reforma a la educación, asegurando gratuidad paulatina, fin del lucro y mayores niveles de calidad; reforma tributaria y reforma integral a la Constitución.

Es posible destacar los nudos en que se especifican estos desafíos. Un primer punto se refiere a la existencia de una ciudadanía mucho más exigente y demandante. La capacidad de control y de procesamiento de los conflictos y demandas a través de los partidos es, en la actualidad, menor que en anteriores administraciones. Se encuentran debilitados los antiguos vasos comunicantes de las tiendas partidarias con la sociedad organizada. Los movimientos sociales que han surgido en tiempos recientes y los amplios y variados grupos de presión territoriales y “temáticos” sostienen una autonomía de las orgánicas partidarias y, aún más, sospechan explícitamente de ellos. Esta constatación indica que la relación entre el nuevo gobierno con la sociedad organizada requerirá de mucha perseverancia y creatividad de parte del Ejecutivo. Pero digamos de inmediato que ésa es una fortaleza de Michelle Bachelet.

Habrá que conducir racionalmente un amplio cuadro de expectativas de la ciudadanía, en los más distintos ámbitos, que pudiera querer materializarlas “todas ahora”. En los últimos años se ha establecido en Chile una cultura de derechos que resulta del todo razonable, a la luz de las enormes asimetrías que existen en todos los campos. Sin embargo, no hay caminos cortos para las políticas graduales que vayan resolviendo agravios y demandas en el curso del tiempo que, a su vez, deben estar también presididas de deberes en la más elemental ética de la responsabilidad. ¿Cómo combinar deberes y derechos de manera armónica? Esta interrogante señala otra dimensión acuciante de la gobernabilidad futura. Aquí, la cuestión básica consistirá en apelar a la corresponsabilidad de la sociedad con los desafíos planteados y en la presentación cruda de las restricciones (materiales, políticas, institucionales, de contexto internacional) que en todos los campos, una nación como Chile enfrenta.

En segundo lugar, también está la novedad de la propia gestión política del nuevo gobierno. Muchos pensaron que después de la derrota de la elección presidencial del 2009, esta coalición se rompería en mil pedazos. Pero no sólo sobrevivió, sino además, se reinventó, ganó las últimas municipales, sacó adelante una primaria presidencial muy exitosa, y acompaña a Bachelet hacia una nueva presidencia. Ahora debería gobernar con un amplio espectro de partidos que conforman la Nueva Mayoría y que incluye al Partido Comunista. Esto significa elaborar al interior del Ejecutivo un “nuevo” centro de gravedad  que tome decisiones de modo eficaz y autónomo. En el pasado aquello fue denominado “partido transversal”. Es altamente probable que las autoridades gubernamentales que expresen esta “Nueva Mayoría” en el gobierno quieran tener protagonismo en las decisiones más álgidas. Seamos claros: el proceso de toma de decisiones de una coalición de esta amplitud siempre será de alta complejidad. Aquí no hay nada más que la reedición de un viejo desafío.

En tercer lugar, en las administraciones anteriores la ortodoxia indicaba que el centro del poder radicaba en el pacto basal entre la Democracia Cristiana y el Partido Socialista. Sin embargo, ahora aquello no es del todo claro. La Nueva Mayoría en el gobierno tendrá que forjar su propia elite política y un centro de toma de decisiones que deberá incluir a más actores. Si el centro de gravedad se desplaza del Partido Socialista “hacia la izquierda”, supondrá persuadir respecto de las ventajas del gradualismo y del reformismo socialdemócrata. Las decisiones de un gobierno al final del día son autónomas y nunca satisfacen todos los intereses de una vez. Esta afirmación lleva a reflexionar que, pulsando a la sociedad, surgirá naturalmente una “hoja de ruta” que fije prioridades y establezca un sentido de pausa y orden estratégico.

En cuarto lugar, será fundamental el rol de liderazgo máximo del gobierno. Ante un mar de fondo exigente y a ratos incierto, la presidencia tendrá un papel preponderante para fijar el rumbo, resolver contiendas, y acompasar a una coalición heterogénea, junto a una ciudadanía que estará a la espera que se resuelvan temas largamente acariciados. El asunto riesgoso de esta dimensión es que se transforme en un mecanismo permanente la intervención decisoria del liderazgo máximo de la coalición –Bachelet– ante la incapacidad de la resolución colectiva en el sistema político. Ello puede dar pábulo a que se ponga en el centro a todo evento a la  figura presidencial, con todos los riesgos que aquello supone. Enfrentar este dilema no será posible sin poner en marcha la postergada agenda de reformas que permiten el fortalecimiento de las instituciones partidarias y parlamentarias, con el objeto de acerar nuestra democracia deliberativa. Son muchos desafíos, nada fáciles, pero tampoco imposibles. •••

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