Opinión

La personalización de la política chilena

Estamos ante un proceso de personalización de la derecha chilena, de la misma forma como ha ocurrido en la centroizquierda desde que Bachelet alcanzara la presidencia en 2006.

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Hace unas semanas asistí al encuentro de historiadores más importante de Argentina, el cual, como suele pasar cuando viajamos, me hizo pensar en Chile desde una perspectiva que, hasta entonces, no había considerado. El día de mi llegada a Mendoza ocurrió un diálogo sumamente interesante entre colegas y amigos argentinos y chilenos. Nada sorprendente, la conversación giró en torno a Juan Domingo Perón, una figura de la cual todos los argentinos saben y hablan con propiedad. Existen diferencias, claro está, entre aquéllos que lo apoyan y los que son denominados como Gorilas (opositores al Peronismo). Sin embargo, al menos esa noche parecía que los argentinos que nos acompañaban compartían el diagnóstico de que, a diferencia de la política chilena, la trasandina se ha caracterizado en general por descansar en líderes poderosos y por la consiguiente debilidad de las instituciones supra personales.

No cabe duda de que en Argentina, Perón y sus émulos son omnipresentes y que no hay nadie que se les compare por estos lados (ni siquiera Carlos Ibáñez del Campo). Con todo, en momentos en que el resultado de la elección chilena de noviembre/diciembre ya está más o menos decidido y que los seguidores de Bachelet parecen estar más preocupados de Piñera versión 2017 que de Matthei, me parece que estamos ante una crisis de la tan mentada “excepcionalidad institucional chilena” y que el personalismo de la política nacional está más presente que nunca.

Si hasta el año 2005 muchos sostenían que Ricardo Lagos era el líder indiscutido de la centroizquierda, la popularidad de Michelle Bachelet, tanto durante la última parte de su gobierno como durante su ostracismo voluntario en Nueva York, relegó para siempre al ex Presidente a un segundo o tercer lugar. Y ello, Bachelet lo logró apelando a sus cualidades personales más que a un discurso aferrado en la institucionalidad. Sus llamados a la ciudadanía (todavía nadie me ha logrado explicar qué entienden sus adláteres por ciudadanía) han sido realizados, en general, a través de una apelación directa al pueblo; es decir, Bachelet se ha alejado (a veces se ha escondido) de los mecanismos partidarios con el fin de construir una relación directa con los gobernados.

Eso es lo que hicieron (o intentaron hacer) Perón y una larga lista de líderes occidentales y orientales en el largo siglo XX.
Aunque lo anterior no quiere decir que Bachelet se haya transformado en una populista al estilo de Perón, cabe preguntarse si la incapacidad de la Nueva Mayoría de construir nuevos liderazgos no es acaso señal de que estamos ante un ejemplo más del personalismo crónico de nuestra región. La sola existencia del Bachelitismo como una fuerza política que nace, ejecuta y compite por el poder desde y para Bachelet, demuestra lo débil de su institucionalidad y pone en entredicho la mera existencia de un proyecto político de largo alcance.

Ahora bien, el diagnóstico en la vereda de al frente no es muy alentador tampoco. Con su triunfo en 2010, Sebastián Piñera se superpuso al legado del Pinochetismo y logró instalarse en la primera magistratura, como el primer presidente de centroderecha en décadas en ser elegido democráticamente. Esto dio a su gobierno una clara aura de legitimidad y lo distanció de los políticos de su coalición que poco y nada tenían para mostrar en dicha materia. Pero también ha forzado últimamente a que las elites de derecha lo vean como el único capaz de alcanzar y mantener el poder. Aun cuando lo anterior no es completamente culpa de Piñera (mal que bien, la escandalosa subida y bajada de candidados presidenciales de mediados de este año denotó cuán débil es la institucionalidad de los partidos de derecha cuando se trata de alcanzar la presidencia), él y su grupo de asesores más cercano no han hecho mayores esfuerzos en expandir el Piñerismo ni menos en incentivar el auge de nuevos liderazgos que se salgan de su corto y estrecho elenco de preferidos y delfines. De ese modo, cada vez es más difícil hablar de una centroderecha anclada en principios sólidos. Estamos, en efecto, ante un proceso de personalización de la derecha chilena, de la misma forma como ha ocurrido en la centroizquierda desde que Bachelet alcanzara la presidencia en 2006.

Propuse esta tesis ante mis amigos argentinos. Me miraron con algo de recelo y esceptismo, pero creo haber percibido en ellos una suerte de alivio al no ser los “únicos” en la región con dichos problemas. Consuelo o no, es tiempo de preguntarse si éste es el camino que queremos seguir. En lo que a mí respecta, tengo mis dudas de que la mejor forma de profundizar la democracia sea mediante la creación de liderazgos supra partidistas y personalistas. Es de esperar que Bachelet y Piñera comprendan que las reeleciones no son para siempre y que, más temprano que tarde, los electores terminan pasando la cuenta a los todopoderosos. •••

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