Opinión

Matthei en manos de Murphy

Lo que ocurre con la derecha es una crisis derivada de un cambio de época en Chile, donde muchas de las bases de su identidad son cuestionadas por la opinión pública y por muchos de sus propios dirigentes. En ese escenario, la candidata de la Alianza tiene poco margen de acción.

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Dos caras de una misma moneda. Diputada, senadora, ministra de Estado, candidata presidencial. Ninguna  mujer en la historia de Chile registra esa trayectoria.

La persona que provoca más rechazo en una larga lista de políticos nacionales según la última encuesta del CEP. Protagonista de varios de los episodios más tristemente polémicos de nuestra vida pública de los últimos 20 años. Récord legislativo cercano a cero en su gestión ministerial.

Todo puede empeorar

En la conversación cotidiana sobre el curso de las próximas elecciones hay dos temas habituales. Y ambos nefastos para Matthei. El primero, si  Bachelet gana o no en primera vuelta. El otro, si Parisi llegará a superar a Matthei y terminará  segundo el 17 de noviembre. Estos juicios nacen a partir de la apreciación de desfonde de  la candidatura de la Alianza.

La situación no puede ser peor. Pero hay que ser justos: esta candidatura nació de forma absolutamente singular. El candidato natural, Laurence Golborne, renuncia a su postulación malherida por el fuego amigo. Luego se instala la primaria del sector donde se impone Pablo Longueira, la que se desarrolla en un ambiente tan conservador y autocomplaciente que empieza a cimentar las bases de una maciza derrota por la total incapacidad del bloque de empatizar con los nuevos electores y los segmentos independientes y de centro. Luego Longueira sale de escena por sus dificultades de salud, y allí en medio del vacío y por el rechazode la mitad más grande de la coalición, la UDI, de aceptar al siguiente candidato natural, Andrés Allamand,  emerge desde el gabinete la candidatura de la hija del general.

Los 40 años y la maldición del Sí

Posteriormente viene la conmemoración de los 40 años del golpe de 1973, efeméride que impone por casi definición un duro cuestionamiento al mundo político que representa  Matthei, que se extiende  incluso a su entorno familiar y  de manera atenuada, a su propia conducta personal en el cierre de ese periodo. Además y con lo que nadie contaba en la coyuntura, fue con el agresivo desmarque del Presidente de la tradición pinochetista que domina el sector. La calificación  de “cómplices pasivos” a los civiles de que colaboraron con la dictadura,  provocó el efecto de una bomba de neutrones al interior del oficialismo. Luego, vino el siguiente reproche presidencial en el contexto de la celebración de los 25 años del triunfo del No, por el voto de Sí de Mathei en aquel acontecimiento histórico y finalmente la inasistencia de RN a modo de berrinche, al lanzamiento del programa de la abanderada, en rechazo a la influencia excesiva de la UDI en la campaña, cerrándose así un septiembre negro donde no aparece nadie, ni gobierno ni partidos, cuidando la candidatura.

Más tarde sobrevienen los pronósticos agoreros; primero del presidente de RN, Carlos Larraín, que siendo justos viene presagiando malas noticias desde las elecciones municipales de octubre pasado, y finalmente del  presidente de la UDI, Patricio Melero, quien ya se adelantó a endosarle  a Piñera la responsabilidad de un eventual fracaso. Tal acumulación de malas vibraciones efectivamente deja pocos motivos para el  optimismo en el comando de Evelyn.

Una crisis genuina y profunda

Convengamos que Matthei no ha cometido mayores desaciertos en su desempeño como candidata. Pero no puede cambiar su biografía, ni la génesis de su nominación, ni la fortaleza de su contendiente Bachelet, ni la curiosa personalidad del Presidente, quien además encabeza un gobierno de escasa popularidad, lo que provoca que la palabra continuidad no emocione a nadie.
Carentes del incentivo que provee volver a gobernar, sabedores que esta administración será un paréntesis en la historia reciente, a treinta días de unas elecciones que van a perder en toda la línea, no se adaptan todavía al nuevo escenario. Y se nota.

Lo que ocurre con la derecha es una crisis derivada de un cambio de época en Chile, donde muchas de las bases de su identidad son cuestionadas por la opinión pública y por muchos de sus propios dirigentes. Es una crisis política, estratégica, programática, valórica. Y aunque toda crisis esconde una oportunidad de crecimiento, en el momento no están definidos ni los lugares ni los mecanismos para hacer el debate e institucionalizarlo sin destruir gravemente el espacio político que comparten.
Lo que viene va a ser duro. Tendrán que ser oposición, pero viviendo el ajuste de cuentas por la derrota y la brevedad de este veranito de San Juan que han representado estos cuatro años. Finalmente deberán hacer el ingrato ejercicio de confirmar, rechazar o disputar el liderazgo que Sebastián Piñera intentará imponer para encabezar la oposición a Michelle Bachelet de cara a las  elecciones  presidenciales de 2017.

Algo mucho más grave le ocurrió a la izquierda en 1973. Y sobrevivió para contarlo.

Entretanto Evelyn Matthei –por lo menos hasta el 17 de noviembre– tendrá  que seguir poniendo la cara. Hay expectación por escuchar sus comentarios el día siguiente de esa jornada que no se visualiza gloriosa. •••

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